El Niño Decimotercera

El peso de la derrota sobre los hombros de un madridista sólo es equiparable a la gloria de sus victorias. Dicen las malas lenguas que ser del Real Madrid es fácil, pero lo realmente fácil es celebrar lo que otros equipos dejan de ganar, o hacer del fracaso una seña de identidad. Los madridistas sólo podemos complacernos en nuestras conquistas, cualquier título logrado por otro equipo es un título perdido.

La histeria siempre acompaña a las derrotas del Real Madrid, ya venga del madridismo o del antimadridismo, siempre hay alguien que se encarga de hacer cundir el pánico. Sin ir más lejos, el pasado diciembre, justo un día antes de Nochebuena, parecía que había llegado el Apocalipsis a Chamartín con Messi siendo uno de los jinetes, el Barça había goleado en el Bernabéu y certificado que los blancos estaban muertos en Liga. Las calles aledañas al estadio parecían un funeral, el eterno rival nos había pasado por encima en nuestra propia casa y sólo se podía respirar dolor y pena a la salida del estadio, el Real Madrid había sido enterrado por enésima vez. Yo abandonaba el Bernabeú junto a mi madre en medio de tan desolador ambiente, caminábamos por Concha Espina intentando hacer humor de la situación, reír por no llorar, cuando nuestra atención se centró en quien sólo podía llorar. Un niño, de unos diez años de edad, caminaba muy firmemente de la mano de su padre mientras lloraba desconsolado. “Mira, así eras tú de pequeño” comentó mi madre, lo cual era falso, pues yo era mucho más escandaloso. Le respondí que seguía siendo igual, pero que ya no podía ponerme a llorar en medio de la calle, por muchas ganas que tuviera, porque debía conservar un mínimo de dignidad, lo cual hizo bastante gracia a las personas que andaban cerca nuestra y no pudieron evitar escucharnos, pero mi comentario era totalmente sincero.

Hay derrotas del Real Madrid que te desgarran el corazón, que te dejan “K.O” semanas y te roban la ilusión. Perder es la mayor de las miserias para los madridistas, tengan la edad que tengan. Pero en la derrota a veces no queda más remedio que dar un paso al frente, levantarte, sacudirte el polvo y prepararte para el siguiente desafío. Yo, que tantas veces había sido ese niño que abandonaba el Bernabéu entre llantos, sabía exactamente el paso que debía dar, me acerqué al muchacho y le dije: “Tranquilo chaval, que vamos a ganar la Champions. Vamos a ganar la tercera seguida, nadie lo ha hecho antes. La vamos a ganar, ya lo verás”. El padre me miró con cara de agradecimiento mientras el chico, obviamente, siguió llorando, cuando tu equipo ha sido vapuleado pocas palabras pueden consolarte. Ni siquiera pensé lo que dije, lo solté sin más, probablemente pensando en frío hubiera dicho otra cosa, pero los madridistas debemos mantener siempre la ilusión de ganar otra Copa de Europa, la ilusión no trata de racionalidad. Luego me di cuenta de la gran responsabilidad que llevaban aquellas palabras, los sueños de un niño estaban ligados a ellas y eso era un tema muy serio, se trataba de su felicidad, ni el Madrid ni yo nos podíamos permitir defraudarle de nuevo. Hay cosas como los Reyes Magos o el Real Madrid en las que hay que creer sin más, aunque sólo sea por la ilusión de los niños.

En la agónica odisea que fue traer la decimotercera Copa de Europa al Bernabéu no pude hacer otra cosa que acordarme de aquel chaval en cada paso hacia el título. Al Madrid no le quedó más remedio que hacer honor al nombre de la competición y noquear a los campeones que se iban cruzando en su camino. Primero llegó el campeón francés el día de San Valentín, el PSG comprobó que nadie estaba más enamorado de la Champions League que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un niño que iba a dormir muy dulcemente. Luego apareció la Juventus, que resistió como las cucarachas el ataque nuclear en forma de chilena de Cristiano Ronaldo en Turín, el campeón italiano se plantó en Chamartín como si la radiación le hubiese dado superpoderes, pero comprobó que nadie resiste más que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un chaval que seguía soñando. El Bayern era todo lo que separaba al Madrid de una nueva final, el campeón alemán asedió sin descanso con todas sus armas el área de Keylor Navas durante 180 inacabables minutos, pero comprobó el poder del arma secreta del Real Madrid, Karim Benzema. Aquella noche pensé en que había un muchacho que al día siguiente iría al colegio vistiendo orgulloso la camiseta de su equipo. Los días previos a la final fueron insoportables como lo son siempre los días previos a una final de Champions, sólo pensar en la posibilidad de la derrota hacía que aquellas palabras pesaran como a veces pesa el mundo entero. Cuando Sergio Ramos levantó en Kiev la Champions no pude hacer otra cosa que gritar y festejar desenfrenadamente, el Real Madrid había vuelto a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo tenía la certeza de que aquella noche había un niño que era completamente feliz.

El Real Madrid, como los viejos rockeros o la mala hierba, nunca muere. La dificultad del madridismo reside precisamente en forjar sus conquistas a partir del dolor más profundo de sus fracasos, en levantarse aunque haya seis metros de tierra por encima. Eso no es fácil, eso es grandeza.

 

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El Gaseosa

Recuerdo mi primera vez en un partido de la fase del KO de la Champions, el Bernabéu lleno, Capello en el banquillo y el Bayern de Munich enfrente. Era el partido de ida de octavos de final, la primera vez siempre es inolvidable y da mucho respeto. Aquel partido lo acabó ganando el Madrid, a la vez que empezó a perder la eliminatoria encajando un gol en el descuento. El autor de aquel gol fue Van Bommel, exjugador blaugrana, que lo celebró con unos cuantos cortes de mangas hacia la grada blanca, se ve que en Barcelona le enseñaron los mismos valores que a Piqué. Aquello despertó la furia en el público, fue en ese momento cuando emergió la figura de El Gaseosa, un socio abonado que se sentaba cerca mía por aquella época, el hombre parecía conocer a fondo a la familia entera de Van Bommel, pues no paraba de mandarles recuerdos histéricamente. “De esta nos vamos a acordar en Alemania, me cago en la puta” nos decía a los aficionados de alrededor el buen señor. Y vaya que si nos acordamos, a los diez segundos de comenzar el partido en Munich Roy Makaay ya nos estaba haciendo las maletas para volver a casa. Eran los años de la maldición de octavos en Chamartín, los años en los que compartí no poca gloria y muchas penas con El Gaseosa.

El Gaseosa tenía pinta de tipo duro, llevaba el pelo muy corto, un pendiente en la oreja izquierda y vestía casi siempre chaqueta de cuero. Vivía el fútbol de manera muy intensa, fuese el rival que fuese, él no podía parar de gritar improperios durante todo el partido. Su vocabulario era riquísimo en tacos, no he visto a nadie insultar mejor en mi vida. Pero si algo le caracterizaba de verdad era su pasión por Robinho, se le alegraba la cara cada vez que el brasileño tocaba el balón mientras señalaba animadamente: “mirad como burbujea”. Para él ver a Robinho era como ver el anuncio de las burbujas de Freixenet. Tal era su emoción cuando veía jugar al diez madridista que un día ya no pudo contenerse más y le gritó: “¡Vamos coca cola!” A partir de ese momento el fútbol en el Bernabéu nunca volvió a ser igual. Robinho empezó a recibir diferentes motes en todos los partidos; a veces era casera, otras fanta y en ocasiones incluso sprite, pero siempre era alguna bebida con gas. El ingenio de El Gaseosa no sólo le servía para insultar, sino también para carbonatar a un jugador y ganarse un apodo.

Después de caer en Champions a Capello no le quedó más remedio que la epopeya de ganar la Liga. Aquel final de temporada no apto para cardíacos lo viví yo con el madridista más histérico de todo el estadio sentado detrás, como si esa Liga no nos proporcionara ya suficiente histeria a todos. Recuerdo en especial, como todos los que vivimos ese partido, el gol de Higuaín al Espanyol en el último suspiro. Las gradas del Bernabéu temblaban, literalmente, y todo el estadio se fundió en una masa de gente abrazada que saltaba de arriba abajo. Yo lloraba desconsoladamente, porque no llorar con aquel gol, después de habernos ido palmando 1-3 al descanso, era de no tener corazón. Y fue en medio de ese abrazo multitudinario cuando me di cuenta de que El Gaseosa, con toda su mala leche y su pinta de tipo duro, tenía un corazoncito como el mío. Entre todas las cosas bonitas que rodean el fútbol también se encuentran los lazos entre las personas, es muy poderoso el vínculo que se puede forjar entre desconocidos que se ven cada dos fines de semana para compartir su pasión.

La temporada siguiente volvimos a ganar la Liga y volvimos a caer en octavos, esta vez contra la Roma y con Schuster en el banquillo, la maldición ya se estaba cebando con nosotros. De los seis años que duró el mal fario, yo viví los cuatro últimos con El Gaseosa. Caer en octavos era algo entendible si tu verdugo era el Bayern o aquel Arsenal de Henry, pero que te echara la Roma o el decadente Liverpool de Benítez era la mayor de las desgracias. Después de aquella famosa frase del chorreo y del baño que nos cayó en Anfiled, todavía tuvimos que soportar la mayor de las calamidades, a Pellegrini en el banquillo. Del chileno se puede decir que dejó huella en el madridismo, sobre todo en el Alcorconazo. A partir de esa infame eliminación yo empecé a ver a El Gaseosa capaz de saltar al césped a estrangular a un par de jugadores, o al propio entrenador. Eran los años de la dictadura de Guardiola, los madridistas empezábamos a tener la urgente necesidad de ganar La Décima para paliar nuestro dolor, además aquel año la final era en el Bernabéu, todo parecía predispuesto para coronar el sueño. Pero el Madrid se quedó en octavos otra vez y el sueño se convirtió en pesadilla, parecía que nada ni nadie podría evitar que el Barça ganara una Champions en nuestro estadio, hasta apareció aquel mercenario de Setúbal. El sueño lo acabó coronando Mourinho junto a su Inter, tal y como rezaba el tifo neroazurro antes de la final: “E ora insieme coroniamo il sogno”. El portugués no se ganó el banquillo blanco por ganar la Champions, sino por apear al Barça en semifinales y librarnos del mal. Mou llegó a Chamartín y la maldición de octavos se esfumó, volvíamos a estar en la lucha por el trono, pero por diversas circunstancias nunca llegamos a reinar bajo el mando del portugués.

En mi vida viví el fútbol tanto como en esa odisea que fueron los años de Mourinho en Madrid, ganar se había convertido en una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Tal era la intensidad que se palpaba en aquella etapa que cualquier aficionado medio del Bernabéu parecía El Gaseosa, así que El Gaseosa se convirtió en la versión madridista de Tano Pasman (aquel aficionado de River que gritaba furiosamente al televisor mientras su equipo descendía). La fiebre del Mourinhismo nos llevó a celebrar un Copa del Rey como una Champions y a ganar la gloriosa Liga de los récords, pero La Décima seguía sin llegar. Mourinho, como todos los grandes héroes de la Historia, también acabó cayendo. El Gaseosa había soportado a mi lado la maldición de octavos, el Alcorconazo y el Irunazo en Copa, el 2-6, el arbitraje de Stark en las semifinales de Champions, e incluso la marcha de su amado Robinho, pero la caída del portugués fue demasiado para él. Todos los que vivimos al pie del cañón los años de Mou tuvimos que reinventar nuestra forma de vivir el fútbol tras su paso, El Gaseosa lo hizo dejando de ir al estadio a ver los partidos.

Fue en aquellos años de la maldición de octavos, entre muchas lágrimas y noches sin dormir, cuando aprendí que cada eliminatoria de Champions había que vivirla como si fuera la última. Fue en esos locos años de Mourinho cuando aprendí a saborear la dulzura de pasar de eliminatoria mientras la mitad se quedan por el camino. Y fueron los madridistas como El Gaseosa los que me enseñaron, año tras año, en la desolación de la eliminación, a nunca perder la esperanza de ganar la Copa de Europa: “Tranquilo chaval, el año que viene la ganamos” me decían habitualmente a la salida del Bernabéu mientras me daban un par de palmaditas en la espalda. A veces el año que viene tarda en llegar muchos años, por eso tenemos que saborear cada trocito del camino que lleva a ganar la Champions. La última vez que vi a El Gaseosa fue en las semifinales del año de La Décima, ante la sorpresa general de todos los abonados de la zona nos espetó: “Yo no me voy de aquí sin ganar la Copa de Europa”.

 

Penaltis

Algunas noches, sin remedio, me acuesto pensando en aquella fatídica tanda de penaltis contra el Bayern en las semifinales de Champions del 2012. Aún recuerdo el silencio sepulcral del Bernabéu mientras el disparo de Ramos ponía rumbo a la estratosfera, hay heridas que nunca se cierran. Recuerdo el silencio y el azul del respaldo de mi asiento, porque eso es todo lo que me atreví a ver de aquella tanda, ante la atronadora falta de sonido miré desconsolado a mi madre: “a las nubes hijo, lo ha mandado a las nubes”. Después de aquellas lapidarias palabras mis lágrimas empezaron a saltar como los pasajeros del Titanic, sin esperanza alguna. Schweinsteiger (sí, he copiado y pegado el nombre) dio el tiro de gracia, La Décima se haría esperar, otra vez. Anteriormente Iker, cuyo nombre fue coreado por todo el estadio nada más finalizar la prórroga, paró sendos penaltis a Kroos y a Lahm, porque antes de su época de villano fue héroe, y de los que hacía soñar, pero los sueños a menudo se ven truncados por culpa de algún alemán. Caí derrotado en mi asiento y juré venganza mientras la fiesta alemana se apoderaba del Bernabéu, saboreando la siempre asquerosa sensación de perder la oportunidad de ganar la Copa de Europa, sensación satisfactoria solamente para el aficionado colchonero. La venganza llegó un par de temporadas después, pero siempre me quedará la espinita de no haber visto al mejor entrenador de Europa ganar la Champions con el mejor equipo de Europa. Aquella tanda me pilló a la vez que el amor adolescente, en cuestión de días mis sueños se vieron truncados, mi héroe derrotado y mi corazón roto.

Las primeras tandas de penaltis de las que tengo conciencia son las que tuvo que disputar España en el Mundial de Corea y Japón en 2002, con Casillas, otra vez, como protagonista. Se presentó España, tras una fase de grupos perfecta, en octavos de final contra la Irlanda de Robbie Keane. El delantero irlandés tuvo la gracia de empatar el partido en el último minuto y mandarlo a la prórroga, luego no tuvimos otra opción que sufrir una horripilante tanda de penaltis. Pasamos nosotros por fallar menos y Casillas se erigió como el Santo de España, siendo el culpable de dos de los tres penaltis errados por los irlandeses. La selección avanzaba a cuartos y todo el país empezó a colgar ajos de la puerta; a evitar andar cerca de gatos negros; a tirarse sal por encima del hombro al derramarse el salero y a besar el pan cuando se caía, pero ni así. De aquel partido de lo que más se acuerdan los españoles es de la madre del árbitro. El trío arbitral le hizo a España lo que Robert Redford y Paul Newman le hicieron a Robert Shaw en El Golpe, prepararon el escenario y nos robaron sin compasión. Ni haciendo veinte goles hubiera evitado la selección la tanda de penaltis, porque ninguno hubiera subido al marcador. Esta vez Iker fue humano, Joaquín erró, Corea metió los cinco y en este país asumimos que era imposible pasar de cuartos. Por aquel entonces yo era un niño sin conciencia futbolística y no sufrí mucho por la eliminación, pero los rituales supersticiosos cada vez que juega mi equipo ya no me los quita nadie.

Corría el año 2008, el canal Cuatro había adquirido los derechos de emisión de la Eurocopa de Austria y Suiza y decidió copiar el eslogan con el que el Real Madrid ganó la Liga de Capello: “Juntos podemos”, pero eliminaron la primera palabra. El lema de Cuatro se fue convirtiendo en el lema nacional a medida que España ganaba sus primeros partidos. Tras hacer pleno de victorias en la fase de grupos nos volvíamos a enfrentar a la maldición de cuartos, delante teníamos muchos años de supersticiones y a la todopoderosa Italia de Buffon, Pirlo y compañía, que venían de ser campeones del mundo, pero esta vez teníamos un mantra. Los dos mejores porteros del momento frente a frente, Casillas y Buffon mantuvieron un duelo titánico que condenó el partido a los penaltis, era imposible ver goles de otra forma. Hay situaciones en la vida que uno debe afrontar de frente y a pecho descubierto, por lo que decidí dar la espalda a la televisión cada vez que un jugador español se dirigía al punto fatídico. En Iker, por aquel entonces, confiaba plenamente y no estaba dispuesto a perderme sus milagros. La fórmula daba resultado, España metió los tres primeros y Casillas evitó que Italia hiciera lo mismo parándole uno a De Rossi, así que me tomé la libertad de ver a Güiza tirar el cuarto y, para mi desgracia, lo falló. El partido lo vi en casa de un vecino rodeado de amigos y familiares, que al instante me lanzaron miradas acusadoras, evidentemente se dieron cuenta de que el fallo no fue de Güiza, sino mío. Me sentí por unos minutos como se debió sentir Cardeñosa en el Mundial del 78, culpable de todos los males del país, luego Iker apareció para remediar mi error y aquel sentimiento pasó a Di Natale. Fàbregas metió el quinto y yo, obviamente, no lo vi. España acabó con la maldición de cuartos en el Prater de Viena, donde días más tarde ganaría su segunda Eurocopa. “Podemos”, por aquel entonces, no tenía nada que ver con Pablo Iglesias, sino con el sueño de unos cuantos millones de españoles de ver a su país hacer algo bien mientras se iba económicamente a la mierda. Más tarde Obama copiaría el lema de la selección para adaptarlo a su campaña en la carrera por la Casa Blanca. Años después también le plagiaron el eslogan al presidente de Estados Unidos para fundar otro partido definitivo de la izquierda española. Por lo tanto, se puede decir que el mundo gira alrededor del Real Madrid, pero esa es otra historia. Lo que queda claro es que Podemos nació de penalti.

La selección volvió a pasar por el punto fatídico en el verano de 2012 para ganar su tercera Eurocopa, fue en la semifinal en Donetsk, contra Portugal. Casillas, en pleno proceso de envilecimiento, paró uno, otro lo salvó su idilio con los postes. Ramos marcó a lo Panenka el penalti que meses antes debió marcarle al Bayern. Cesc, por tradición, marcó el quinto y España jugó y ganó su tercera final consecutiva. Aquella semifinal la vi en casa con parsimonia, vi con frialdad todos y cada uno de los lanzamientos, aquella selección ya no era la de todos, sino la de los jardineros de Guardiola. Aquel equipo nacional, comandado por un ingrato marqués, parecía haberle declarado una especie de guerra fría al Real Madrid por no haber cedido ante la dictadura del tiki-taka. En la vida siempre hubo prioridades y los triunfos de la selección pasaron a ser algo agridulces.

Era una calurosa mañana de mayo, yo intuí lo que se me venía encima, así que decidí emborracharme desde bien temprano para paliar los nervios. Empecé bebiendo con la familia, luego con los amigos y luego con los amigos y la familia, pero no sirvió para nada. Al sonar el pitido inicial parecía que me había tomado seis litros de Red Bull en lugar de cerveza, la final de la Champions había arrancado en Milán. Mi corazón aquel día perdió años de vida, pero logró aguantar los 120 minutos de igualdad que obligaron decidir al campeón desde el punto fatídico. Aún me pongo nervioso cuando veo las imágenes de Lucas Vázquez caminando hacia uno de los fondos de San Siro. Me temblaba todo el cuerpo, pero no había excusa, había llegado el momento de afrontar una tanda de penaltis como un hombre, ya no era un niño, esta vez tendría que quedarme frente al televisor, o eso pensaba yo hasta que Lucas Vázquez, el muy cabrón, porque no tiene otro nombre, empezó a hacer malabares con el balón mientras se dirigía a lanzar el primer penalti. Yo al borde del infarto y aquel tipo haciendo malabares, obviamente no pude seguir mirando. Pasé media tanda de penaltis arrodillado en las escaleras, rezando. Sólo entraba en el salón cuando el bullicio me indicaba que habíamos marcado, gritaba un poco y me quedaba a ver si llegaba el fallo rival. Parecía que por justicia divina esta vez sería el Atleti quien saliera agónicamente campeón, pero no todo es lo que parece y al final resultó que Dios es del Real Madrid. Juanfran la mandó al palo, Cristiano la metió y yo, por supuesto, no lo vi. Tras escuchar el orgásmico estruendo de la victoria supe que ya nada más tenía importancia, todo daba igual, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo lo sentí en lo más profundo de mi corazón. El resto fue locura, felicidad y gloria. Aquella final me pilló en la veintena, con ilusiones y objetivos que cumplir. Algunas mañanas, sin remedio, me levanto pensando en aquellos malabares de Lucas Vázquez en Milán, y sonrío, de repente todo está al alcance de la mano, porque hay alegrías que nunca se acaban.

El Señor Duodécima

Faltaba poco más de una hora para que empezara el partido en Cardiff cuando yo me dirigía a encontrar mi asiento en el Millennium Stadium, siempre es bueno saber dónde te va a dar el próximo ataque al corazón. Enfile la fila veintiuno como si fuera la milla verde, estaba seguro de que de ahí no volvería con vida, agaché la cabeza hasta llegar a mi asiento, que según creo recordar era el dieciocho, pero con todo lo que pasó en las horas siguientes uno ya no puede estar seguro de nada, porque también estaba seguro yo de ser la persona más acojonada en todo Gales, pero ni ese hueco me había guardado la historia. Al llegar a mi asiento lo primero que hice fue no levantar la cabeza, a ver si por mirar mucho le iban a dar un gol de ventaja a la Juve, así que mi vista se fijó en él, un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, con barba, con la cabeza agachada y las manos en la cara. Un hombre hecho y derecho que estaba absolutamente cagado, un hombre al que quise como si fuera de mi familia, un hombre como cualquier otro hombre al fin y al cabo, pero a mi lado. Era él, era el señor que marcaría mi viaje a Cardiff, era el Señor Duodécima.

Mi primera reacción al llegar a mi sitio fue intentar cambiárselo a mi madre, porque en mi entrada ponía claramente que me correspondía el asiento diecisiete, no el dieciocho. A ver si después de haberme puesto los calzoncillos de la suerte, la camiseta de la suerte, la bufanda de la suerte, las deportivas de la suerte y haber cumplido con todos los rituales correspondientes a una final, a ver si después de todo la íbamos a perder por no sentarme en mi sitio, no me podía arriesgar, obviamente. Por el contrario, mi madre sí decidió retar a Don Fútbol, me dijo seriamente que ella se quedaba en el asiento diecisiete porque estaba más cerca de la salida y le venía mejor para salir a fumar, y a una madre siempre hay que obedecerla. Así que se fue a fumar y ahí me quedé yo, a falta de una hora para el arranque de la final, sentado al lado de un señor que no levantaba la cabeza ni separaba las manos de su cara, por lo que tomé una decisión trascendental, agaché la cabeza y me tapé la cara con las manos, era importante sufrir en compañía aunque fuera callados.

No hay nada más eterno que los minutos previos a una final de Copa de Europa. El Señor Duodécima y yo nos estábamos haciendo compañeros en silencio, cruzábamos miradas de vez en cuando pero nunca palabras. Saltó el Madrid a calentar y nos pusimos a gritar como posesos nuestros cánticos, la otra opción era llorar pero creí que era demasiado pronto para eso. Entre cántico y cántico conseguimos llegar vivos al concierto previo a la final, de reojo veía como el Señor Duodécima se movía mucho, así que pensé que le gustaría Black Eyed Peas y se había puesto a bailar, luego giré la cabeza y me di cuenta de que no bailaba, sino que temblaba. Al ver aquel panorama no tuve más remedio que ponerme a temblar con él, juntar las manos y rezar a cualquier dios educado, porque lo único que salía de mi boca era: ” por favor, por favor, por favor”. A mí ya me empezaba a parecer muy cruel que ese hombre se pudiera ir de Gales sin ver ganar a su equipo, recurrir a la ayuda divina era lo mínimo que podía hacer. Un “por favor” puede abrir muchas puertas me dijo alguien alguna vez.

Sonó el himno de la Champions e Ian Rush salío a presentar el trofeo sobre el césped, Cristiano inmediatamente se dio la vuelta, el Señor Duodécima y yo también lo teníamos claro, mirar la Copa antes del partido trae mala suerte, así que nos miramos mutuamente, pero eso resultó muy incómodo, rápidamente puse mi atención en otra parte de la grada. El comienzo del partido desató los siete infiernos, Keylor tuvo que descender del cielo para evitar el apocalipsis que traían los pies Pjanic. Mi compañero y yo al ver aquella mano santa volvimos a cruzar miradas, miradas de pánico, y resoplamos de alivio. Ya no había vuelta atrás, no es que la final fuera una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Aquellos primeros minutos de terror nos hicieron dar la espalda más de una vez al campo y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento como si todo fuera una pesadilla. Mis piernas temblaban y mi madre intentaba calmar la situación, pero el problema es que las piernas del Señor Duodécima también temblaban y nadie le calmaba a él. Por suerte apareció Cristiano para calmarnos a todos, sobre todo a los juventinos. Ese fue el momento en el que abracé al Señor Duodécima por primera vez, porque el fútbol también es abrazarse con todo el mundo y las finales tratan especialmente de eso.

Todo era tan bonito que de repente se hizo el silencio, la imagen se congeló en una chilena de Mandzukic y el balón entró a cámara lenta en la portería del Madrid. Fue un momento terrorífico, espantoso, en cuestión de segundos la Champions se alejó cientos de kilómetros, marcarle otro gol a Buffon parecía una proeza imposible. El ánimo había caído, en la grada nos habíamos quedado helados, menos mal que llegó el descanso para salvarnos. A esas alturas de la final ya era inevitable, el Señor Duodécima y yo teníamos que hablar. Mi madre se fue a fumar y nos dejó a solas, el ambiente era el propicio, sacamos el entrenador que lleva todo español dentro y tuvimos una charla táctica. No podíamos cambiar el partido, pero teníamos que desahogarnos de alguna forma.

La segunda parte es Historia, literalmente. El Real Madrid salió e hizo un Real Madrid, ganar a toda costa. El gol de Casemiro volvió a desatar la pasión y el madridismo se volvió a fundir en un abrazo. Buffon ya no parecía tan imbatible. Luego apareció Cristiano otra vez y nos hizo entrar en trance, todos nos agarrábamos fuertemente mientras brotaban lágrimas de felicidad y nos estrujábamos con los de delante, con los de atrás, con los de la izquierda y con los de la derecha, más o menos como cuando hay que dar la paz en misa pero a lo bestia, no podía quedar ningún madridista sin un mínimo de cuatro o cinco abrazos por gol. Todo parecía encarrilado, pero el Señor Duodécima y yo no lo veíamos tan claro, quedaban más de veinte minutos y cada minuto que pasaba hacía más largo el siguiente. Mi colega ya no soportaba la tensión y se sentaba cada cierto tiempo para recuperar la posición con la que le conocí y luego volver a ponerse de pie y gritar. Yo en cambio ya no era capaz de estarme quieto, daba continuos mini-pasos y me giraba hacia la grada de vez en cuando mientras algún aficionado intentaba calmarme diciendo que ya estaba todo hecho, “este no conoce el contragafe” pensaba yo.

La victoria era tan evidente que Kroos abandonó el campo agitando los puños en alto en señal de victoria, lo cual nos excitó fuertemente a los madridistas. A partir de ese momento me permití empezar a celebrar la victoria tímidamente, pero no fue hasta que marcó Asensio cuando el éxtasis se apoderó de mí, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa. Abracé fuertemente a mi madre, pero enseguida note que me faltaba algo y sabía exactamente lo que era. Mire al Señor Duodécima, que estaba saltando sin parar, y le hice un gesto con la mano para que se uniera a nuestro abrazo. Ahí estábamos los tres, fundidos en un abrazo digno de convertirse en un precioso cuadro. Pitó el árbitro el final y los madridistas nos empezamos a congratular efusívamente entre nosotros como si hubiéramos ganado una guerra, porque era exactamente lo que habíamos hecho.

Los jugadores del Madrid no habían subido al podio cuando me dispuse a pedirle una foto a mi compañero, pero antes de que pudiera pronunciar palabra el Señor Duodécima me dijo que se tenía que ir, que su bus salía en cuarenta minutos, así que intercambiamos un par de palmadas en la espalda y vi como lentamente subía las escaleras. Cuando los jugadores del Madrid subieron al podio volví a mirar a las escaleras, la idea de que el Señor Duodécima se fuera sin ver como levantábamos la copa me parecía terrible, pero ahí estaba él, al final de las escaleras, expectante. Cuando por fin Sergio Ramos levantó el trofeo me volví a girar para ver si lo había visto, pero el hombre ya no estaba. Y así es como se fue el Señor Duodécima, el hombre que no podía ni mirar hacia el campo, el hombre con el que conquisté Europa.

El jodido Real Madrid

En el mundo moderno está cada vez más de moda mirar a los aficionados apasionados de los clubes de fútbol como si fueran enfermos mentales. Estamos mal vistos los hinchas que seguimos religiosamente cada partido de nuestro club. Ir al fútbol está considerado un acto retrógrado y anticultural por aquellos mismos que ven poesía en cuatro palabras mal escritas sin métrica alguna y que ni siquiera riman, aquellos que perciben arte hasta en una persona cagando. Sin embargo no son capaces de percibir el choque de civilizaciones que se produce cada vez que dos equipos de gran rivalidad se enfrentan, como dos formas diferentes de entender el fútbol, y por ende la vida, entran en conflicto dando lugar a una batalla maravillosa de once contra once mientras son observados por miles de personas con sed de victoria. Cada equipo de fútbol representa a una parte de la sociedad (y a cuatro o cinco subnormales), representa unas ideas, y nuestro club nos da la posibilidad de soñar con que nuestras ideas triunfen.

El madridismo no sólo es perseguido por los críticos del fútbol, sino también por los aficionados del resto de equipos. Se creen por ahí que lo que representamos es soberbia, prepotencia y victimismo. Se autoengañan, nos adjudican el discurso de otros como si fuera propio. El Real Madrid lo que representa a nivel mundial son las ganas inagotables de querer ser siempre el mejor, es la fe en la victoria hasta el final, por muy adversas que sean las circunstancias.

Es cierto que el Real Madrid no nos da de comer a la gran mayoría de madridistas, como nos suele decir esa gente a la que le importa un carajo el fútbol, pero hace algo mucho más importante, nos alimenta moralmente. Nos proporciona ilusión, esperanza y la ocasión de saborear la dulce victoria tras un día de mierda. El Real Madrid tiene la maravillosa fuerza de conseguir mantenerte en pie aunque tu vida sea un desastre, porque siempre te quedará esa parte de tu vida en la que pase lo que pase seguirás siendo un jodido ganador, porque eres del jodido Real Madrid. No conozco mejor sensación que la de remontar un partido en el tiempo de descuento, no sólo por el éxtasis desenfrenado que produce en la afición, sino porque un gol de la victoria en el último segundo hace sentir, al menos por un instante, que todo es posible. De repente todo está al alcance, de repente puedes lograr cualquier cosa, de repente todo parece un poco mejor aunque sólo sea por un momento, unas horas, o unos días. El gol no sólo cambia el signo del partido, también cambia el signo de la vida.

No es sólo fútbol, no sólo son veintidós hombres corriendo detrás de un balón y por supuesto el Real Madrid no es simplemente un equipo de fútbol. El fútbol nos proporciona sueños y el Real Madrid nos da la posibilidad de cumplirlos. El mundo es un lugar menos cruel y un poquito más justo después de una victoria del Real Madrid, o al menos así será siempre para mí. Queridos modernos, si no son capaces de entender esto no lo intenten más, porque jamás podrán.

 

El día que Sergio Llull me salvó

El día que Sergio Llull me salvó

Una vez una canasta de Sergio Llull me salvó la vida. La gente cree que bromeo cuando se lo cuento, se ríen, pero yo lo digo totalmente en serio. Era tal la tristeza que acarreaba y tal la oscuridad que me rodeaba que no veía ningún futuro, básicamente era todo insoportable. Yo no sé dónde habría acabado si ese balón no llega a entrar por el aro.

Un domingo de principios de febrero el Real Madrid estaba a punto de perder la final de la Copa del Rey en Málaga, y cuando todo falla y ya ni siquiera te puedes agarrar al Real Madrid es que ya no queda nada. A veces en la vida nada tiene sentido, a veces todo duele, cualquier situación se hace insufrible, cualquier cosa, una mosca volando, que te llamen por tu nombre o que no te llame nadie, ser el centro de atención o ser completamente ignorado, que te abracen o que no te abracen, da lo mismo, todas las situaciones eran igual de dolorosas, todo era sufrimiento. Y de repente, a falta de un segundo para terminar el partido, canasta de Llull, de repente victoria, por fin algo de luz, de repente todo era posible, porque eso es básicamente el Real Madrid, una fe ciega en que todo es posible hasta el último segundo. A veces en la vida también suceden cosas que nos hacen creer que somos capaces de todo, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos, necesitamos sentirlas cada cierto tiempo, aunque en la mayoría de ocasiones sea mentira.

Encestó Llull, ganó el Madrid la Copa de su Majestad y yo lo celebré aporreando las paredes de mi salón mientras gritaba cosas, seguramente despectivas, sobre un club blaugrana. Luego caí rendido en el sofá y lloré, sin pronunciar palabra, sin llanto, en silencio, simplemente dejando caer las lágrimas por mi rostro. Me sentía salvado.

The Champions

The Champions

La competición de fútbol más preciada del mundo, todos los niños sueñan con levantar la orejona, menos los del Atleti, que sueñan con perder trágicamente la final y sacar pecho de su ADN de sufridores y dramáticos perdedores. Hablo efectivamente de la Champions, título que te corona como campeón de los campeones, como rey de Europa. La UCL se disputa de febrero a mayo, teniendo su particular pretemporada de septiembre a diciembre, donde ya suena ese himno en los partidos que te hace imaginar la gloria de volver a ganarla, donde ya se pueden ver a las mejores estrellas del fútbol mundial, donde te encuentras equipos rivales con nombres impronunciables que tienen el nivel del club de tu barrio, donde el Barça empieza a marcar goles en fuera de juego y sus rivales a jugar con diez, para que luego a nadie le extrañen los favores arbitrales en el Camp Nou, o un Ovrebo en Stamford Bridge. Pero una vez acabado ese trámite de la fase de grupos y eliminados los equipos de relleno empieza la Champions.

Febrero, los dieciséis mejores clubes de Europa, eliminatorias a doble partido a machete hasta que sólo queden dos en mayo y hagan la guerra en alguna ciudad prestigiosa del continente. Eso es la verdadera Champions League, donde el Real Madrid asusta sólo con el nombre, da igual si el club está autodestruyéndose desde dentro, la amenaza de que conquisten el continente por undécima vez es aterradora. El Barcelona en abril empieza a sacar los pasamontañas y las pistolas para atracar a mano armada a toda Europa, mientras la prensa sólo habla de un juego brillante con los pies de los blaugranas, como si el resto de equipos de la historia hubieran jugado con las rodillas, también hablan de un genio llamado Messi, de un fantasma de Albacete y de Hannibal Lecter rehabilitado, que ha pasado de morder rivales a solamente abofetearlos. Entra en escena Ibrahimovic desde París, que se niega a renunciar a retirarse sin haber reinado en Europa, pero 34 años pesan mucho en esta carrera por el trono. Por estas fechas también resurge la figura de Pep Guardiola, amenazando con secuestrar todos los balones del mundo a base de pases y que no se vuelva a ver un tiro a puerta. Luego también está Casillas… Era broma, no está. Por ahí se encuentra Pellegrini, buscando la fórmula de caer eliminado, de momento no da con la tecla y tiene pesadillas viéndose jugando la final.  Siempre presentes los equipos alemanes dando guerra, como dijo Lineker: “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”. Esta frase ha variado mucho desde que la dijo, el fútbol es un deporte de once contra once excepto si juega el Barça, entonces son once contra diez. Lo de que siempre ganan los alemanes lo cambió el Real Madrid, viajó a Alemania tres veces en 2014 para eliminar a los clubes alemanes de uno en uno.

La competición de fútbol más prestigiosa del mundo se ve otra vez amenazada. Los ladrones de ese país de ahí arriba a la derecha intentan robarla de nuevo con el apoyo de la UEFA. París está hecho para la moda y el glamour, para que fluya el amor y no la guerra del fútbol. Unos hipócritas que residen en el Manzanares intentan conquistarla con el discurso de un hombre al que desearon la muerte, insultaron y se burlaron hasta que se marchó del país. Guardiola intenta dormir a todo el mundo con la posesión para poder agarrar el trofeo sin esfuerzo. Manchester sería una solución perfecta, la salvación de la competición, pero Pellegrini se niega a triunfar, no ha fracasado durante toda su vida para estropearlo ahora. Recordando a Juanan: “Sólo nos queda el Real Madrid como último bastión del mundo libre”.