El Gaseosa

Recuerdo mi primera vez en un partido de la fase del KO de la Champions, el Bernabéu lleno, Capello en el banquillo y el Bayern de Munich enfrente. Era el partido de ida de octavos de final, la primera vez siempre es inolvidable y da mucho respeto. Aquel partido lo acabó ganando el Madrid, a la vez que empezó a perder la eliminatoria encajando un gol en el descuento. El autor de aquel gol fue Van Bommel, exjugador blaugrana, que lo celebró con unos cuantos cortes de mangas hacia la grada blanca, se ve que en Barcelona le enseñaron los mismos valores que a Piqué. Aquello despertó la furia en el público, fue en ese momento cuando emergió la figura de El Gaseosa, un socio abonado que se sentaba cerca mía por aquella época, el hombre parecía conocer a fondo a la familia entera de Van Bommel, pues no paraba de mandarles recuerdos histéricamente. “De esta nos vamos a acordar en Alemania, me cago en la puta” nos decía a los aficionados de alrededor el buen señor. Y vaya que si nos acordamos, a los diez segundos de comenzar el partido en Munich Roy Makaay ya nos estaba haciendo las maletas para volver a casa. Eran los años de la maldición de octavos en Chamartín, los años en los que compartí no poca gloria y muchas penas con El Gaseosa.

El Gaseosa tenía pinta de tipo duro, llevaba el pelo muy corto, un pendiente en la oreja izquierda y vestía casi siempre chaqueta de cuero. Vivía el fútbol de manera muy intensa, fuese el rival que fuese, él no podía parar de gritar improperios durante todo el partido. Su vocabulario era riquísimo en tacos, no he visto a nadie insultar mejor en mi vida. Pero si algo le caracterizaba de verdad era su pasión por Robinho, se le alegraba la cara cada vez que el brasileño tocaba el balón mientras señalaba animadamente: “mirad como burbujea”. Para él ver a Robinho era como ver el anuncio de las burbujas de Freixenet. Tal era su emoción cuando veía jugar al diez madridista que un día ya no pudo contenerse más y le gritó: “¡Vamos coca cola!” A partir de ese momento el fútbol en el Bernabéu nunca volvió a ser igual. Robinho empezó a recibir diferentes motes en todos los partidos; a veces era casera, otras fanta y en ocasiones incluso sprite, pero siempre era alguna bebida con gas. El ingenio de El Gaseosa no sólo le servía para insultar, sino también para carbonatar a un jugador y ganarse un apodo.

Después de caer en Champions a Capello no le quedó más remedio que la epopeya de ganar la Liga. Aquel final de temporada no apto para cardíacos lo viví yo con el madridista más histérico de todo el estadio sentado detrás, como si esa Liga no nos proporcionara ya suficiente histeria a todos. Recuerdo en especial, como todos los que vivimos ese partido, el gol de Higuaín al Espanyol en el último suspiro. Las gradas del Bernabéu temblaban, literalmente, y todo el estadio se fundió en una masa de gente abrazada que saltaba de arriba abajo. Yo lloraba desconsoladamente, porque no llorar con aquel gol, después de habernos ido palmando 1-3 al descanso, era de no tener corazón. Y fue en medio de ese abrazo multitudinario cuando me di cuenta de que El Gaseosa, con toda su mala leche y su pinta de tipo duro, tenía un corazoncito como el mío. Entre todas las cosas bonitas que rodean el fútbol también se encuentran los lazos entre las personas, es muy poderoso el vínculo que se puede forjar entre desconocidos que se ven cada dos fines de semana para compartir su pasión.

La temporada siguiente volvimos a ganar la Liga y volvimos a caer en octavos, esta vez contra la Roma y con Schuster en el banquillo, la maldición ya se estaba cebando con nosotros. De los seis años que duró el mal fario, yo viví los cuatro últimos con El Gaseosa. Caer en octavos era algo entendible si tu verdugo era el Bayern o aquel Arsenal de Henry, pero que te echara la Roma o el decadente Liverpool de Benítez era la mayor de las desgracias. Después de aquella famosa frase del chorreo y del baño que nos cayó en Anfiled, todavía tuvimos que soportar la mayor de las calamidades, a Pellegrini en el banquillo. Del chileno se puede decir que dejó huella en el madridismo, sobre todo en el Alcorconazo. A partir de esa infame eliminación yo empecé a ver a El Gaseosa capaz de saltar al césped a estrangular a un par de jugadores, o al propio entrenador. Eran los años de la dictadura de Guardiola, los madridistas empezábamos a tener la urgente necesidad de ganar La Décima para paliar nuestro dolor, además aquel año la final era en el Bernabéu, todo parecía predispuesto para coronar el sueño. Pero el Madrid se quedó en octavos otra vez y el sueño se convirtió en pesadilla, parecía que nada ni nadie podría evitar que el Barça ganara una Champions en nuestro estadio, hasta apareció aquel mercenario de Setúbal. El sueño lo acabó coronando Mourinho junto a su Inter, tal y como rezaba el tifo neroazurro antes de la final: “E ora insieme coroniamo il sogno”. El portugués no se ganó el banquillo blanco por ganar la Champions, sino por apear al Barça en semifinales y librarnos del mal. Mou llegó a Chamartín y la maldición de octavos se esfumó, volvíamos a estar en la lucha por el trono, pero por diversas circunstancias nunca llegamos a reinar bajo el mando del portugués.

En mi vida viví el fútbol tanto como en esa odisea que fueron los años de Mourinho en Madrid, ganar se había convertido en una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Tal era la intensidad que se palpaba en aquella etapa que cualquier aficionado medio del Bernabéu parecía El Gaseosa, así que El Gaseosa se convirtió en la versión madridista de Tano Pasman (aquel aficionado de River que gritaba furiosamente al televisor mientras su equipo descendía). La fiebre del Mourinhismo nos llevó a celebrar un Copa del Rey como una Champions y a ganar la gloriosa Liga de los récords, pero La Décima seguía sin llegar. Mourinho, como todos los grandes héroes de la Historia, también acabó cayendo. El Gaseosa había soportado a mi lado la maldición de octavos, el Alcorconazo y el Irunazo en Copa, el 2-6, el arbitraje de Stark en las semifinales de Champions, e incluso la marcha de su amado Robinho, pero la caída del portugués fue demasiado para él. Todos los que vivimos al pie del cañón los años de Mou tuvimos que reinventar nuestra forma de vivir el fútbol tras su paso, El Gaseosa lo hizo dejando de ir al estadio a ver los partidos.

Fue en aquellos años de la maldición de octavos, entre muchas lágrimas y noches sin dormir, cuando aprendí que cada eliminatoria de Champions había que vivirla como si fuera la última. Fue en esos locos años de Mourinho cuando aprendí a saborear la dulzura de pasar de eliminatoria mientras la mitad se quedan por el camino. Y fueron los madridistas como El Gaseosa los que me enseñaron, año tras año, en la desolación de la eliminación, a nunca perder la esperanza de ganar la Copa de Europa: “Tranquilo chaval, el año que viene la ganamos” me decían habitualmente a la salida del Bernabéu mientras me daban un par de palmaditas en la espalda. A veces el año que viene tarda en llegar muchos años, por eso tenemos que saborear cada trocito del camino que lleva a ganar la Champions. La última vez que vi a El Gaseosa fue en las semifinales del año de La Décima, ante la sorpresa general de todos los abonados de la zona nos espetó: “Yo no me voy de aquí sin ganar la Copa de Europa”.

 

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El Señor Duodécima

Faltaba poco más de una hora para que empezara el partido en Cardiff cuando yo me dirigía a encontrar mi asiento en el Millennium Stadium, siempre es bueno saber dónde te va a dar el próximo ataque al corazón. Enfile la fila veintiuno como si fuera la milla verde, estaba seguro de que de ahí no volvería con vida, agaché la cabeza hasta llegar a mi asiento, que según creo recordar era el dieciocho, pero con todo lo que pasó en las horas siguientes uno ya no puede estar seguro de nada, porque también estaba seguro yo de ser la persona más acojonada en todo Gales, pero ni ese hueco me había guardado la historia. Al llegar a mi asiento lo primero que hice es no levantar la cabeza, a ver si por mirar mucho le iban a dar un gol de ventaja a la Juve, así que mi vista se fijó en él, un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, con barba, con la cabeza agachada y las manos en la cara. Un hombre hecho y derecho que estaba absolutamente cagado, un hombre al que quise como si fuera de mi familia, un hombre como cualquier otro hombre al fin y al cabo, pero a mi lado. Era él, era el señor que marcaría mi viaje a Cardiff, era el Señor Duodécima.

Mi primera reacción al llegar a mi sitio fue intentar cambiárselo a mi madre, porque en mi entrada ponía claramente que me correspondía el asiento diecisiete, no el dieciocho. A ver si después de haberme puesto los calzoncillos de la suerte, la camiseta de la suerte, la bufanda de la suerte, las deportivas de la suerte y haber cumplido con todos los rituales correspondientes a una final, a ver si después de todo la íbamos a perder por no sentarme en mi sitio, no me podía arriesgar, obviamente. Por el contrario, mi madre sí decidió retar a Don Fútbol, me dijo seriamente que ella se quedaba en el asiento diecisiete porque estaba más cerca de la salida y le venía mejor para salir a fumar, y a una madre siempre hay que obedecerla. Así que se fue a fumar y ahí me quedé yo, a falta de una hora para el arranque de la final, sentado al lado de un señor que no levantaba la cabeza ni separaba las manos de su cara, por lo que tomé una decisión trascendental, agaché la cabeza y me tapé la cara con las manos, era importante sufrir en compañía aunque fuera callados.

No hay nada más eterno que los minutos previos a una final de Copa de Europa. El Señor Duodécima y yo nos estábamos haciendo compañeros en silencio, cruzábamos miradas de vez en cuando pero nunca palabras. Saltó el Madrid a calentar y nos pusimos a gritar como posesos nuestros cánticos, la otra opción era llorar pero creí que era demasiado pronto para eso. Entre cántico y cántico conseguimos llegar vivos al concierto previo a la final, de reojo veía como el Señor Duodécima se movía mucho, así que pensé que le gustaría Black Eyed Peas y se había puesto a bailar, luego giré la cabeza y me di cuenta de que no bailaba, sino que temblaba. Al ver aquel panorama no tuve más remedio que ponerme a temblar con él, juntar las manos y rezar a cualquier dios educado, porque lo único que salía de mi boca era: ” por favor, por favor, por favor”. A mí ya me empezaba a parecer muy cruel que ese hombre se pudiera ir de Gales sin ver ganar a su equipo, recurrir a la ayuda divina era lo mínimo que podía hacer. Un “por favor” puede abrir muchas puertas me dijo alguien alguna vez.

Sonó el himno de la Champions e Ian Rush salío a presentar el trofeo sobre el césped, Cristiano inmediatamente se dio la vuelta, el Señor Duodécima y yo también lo teníamos claro, mirar la Copa antes del partido trae mala suerte, así que nos miramos mutuamente, pero eso resultó muy incómodo, rápidamente puse mi atención en otra parte de la grada. El comienzo del partido desató los siete infiernos, Keylor tuvo que descender del cielo para evitar el apocalipsis que traían los pies Pjanic. Mi compañero y yo al ver aquella mano santa volvimos a cruzar miradas, miradas de pánico, y resoplamos de alivio. Ya no había vuelta atrás, no es que la final fuera una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Aquellos primeros minutos de terror nos hicieron dar la espalda más de una vez al campo y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento como si todo fuera una pesadilla. Mis piernas temblaban y mi madre intentaba calmar la situación, pero el problema es que las piernas del Señor Duodécima también temblaban y nadie le calmaba a él. Por suerte apareció Cristiano para calmarnos a todos, sobre todo a los juventinos. Ese fue el momento en el que abracé al Señor Duodécima por primera vez, porque el fútbol también es abrazarse con todo el mundo y las finales tratan especialmente de eso.

Todo era tan bonito que de repente se hizo el silencio, la imagen se congeló en una chilena de Mandzukic y el balón entró a cámara lenta en la portería del Madrid. Fue un momento terrorífico, espantoso, en cuestión de segundos la Champions se alejó cientos de kilómetros, marcarle otro gol a Buffon parecía una proeza imposible. El ánimo había caído, en la grada nos habíamos quedado helados, menos mal que llegó el descanso para salvarnos. A esas alturas de la final ya era inevitable, el Señor Duodécima y yo teníamos que hablar. Mi madre se fue a fumar y nos dejó a solas, el ambiente era el propicio, sacamos el entrenador que lleva todo español dentro y tuvimos una charla táctica. No podíamos cambiar el partido, pero teníamos que desahogarnos de alguna forma.

La segunda parte es Historia, literalmente. El Real Madrid salió e hizo un Real Madrid, ganar a toda costa. El gol de Casemiro volvió a desatar la pasión y el madridismo se volvió a fundir en un abrazo. Buffon ya no parecía tan imbatible. Luego apareció Cristiano otra vez y nos hizo entrar en trance, todos nos agarrábamos fuertemente mientras brotaban lágrimas de felicidad y nos estrujábamos con los de delante, con los de atrás, con los de la izquierda y con los de la derecha, más o menos como cuando hay que dar la paz en misa pero a lo bestia, no podía quedar ningún madridista sin un mínimo de cuatro o cinco abrazos por gol. Todo parecía encarrilado, pero el Señor Duodécima y yo no lo veíamos tan claro, quedaban más de veinte minutos y cada minuto que pasaba hacía más largo el siguiente. Mi colega ya no soportaba la tensión y se sentaba cada cierto tiempo para recuperar la posición con la que le conocí y luego volver a ponerse de pie y gritar. Yo en cambio ya no era capaz de estarme quieto, daba continuos mini-pasos y me giraba hacia la grada de vez en cuando mientras algún aficionado intentaba calmarme diciendo que ya estaba todo hecho, “este no conoce el contragafe” pensaba yo.

La victoria era tan evidente que Kroos abandonó el campo agitando los puños en alto en señal de victoria, lo cual nos excitó fuertemente a los madridistas. A partir de ese momento me permití empezar a celebrar la victoria tímidamente, pero no fue hasta que marcó Asensio cuando el éxtasis se apoderó de mí, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa. Abracé fuertemente a mi madre, pero enseguida note que me faltaba algo y sabía exactamente lo que era. Mire al Señor Duodécima, que estaba saltando sin parar, y le hice un gesto con la mano para que se uniera a nuestro abrazo. Ahí estábamos los tres, fundidos en un abrazo digno de convertirse en un precioso cuadro. Pitó el árbitro el final y los madridistas nos empezamos a congratular efusívamente entre nosotros como si hubiéramos ganado una guerra, porque era exactamente lo que habíamos hecho.

Los jugadores del Madrid no habían subido al podio cuando me dispuse a pedirle una foto a mi compañero, pero antes de que pudiera pronunciar palabra el Señor Duodécima me dijo que se tenía que ir, que su bus salía en cuarenta minutos, así que intercambiamos un par de palmadas en la espalda y vi como lentamente subía las escaleras. Cuando los jugadores del Madrid subieron al podio volví a mirar a las escaleras, la idea de que el Señor Duodécima se fuera sin ver como levantábamos la copa me parecía terrible, pero ahí estaba él, al final de las escaleras, expectante. Cuando por fin Sergio Ramos levantó el trofeo me volví a girar para ver si lo había visto, pero el hombre ya no estaba. Y así es como se fue el Señor Duodécima, el hombre que no podía ni mirar hacia el campo, el hombre con el que conquisté Europa.

Mourinho vuelve a ser campeón

Mourinho vuelve a ser campeón

Mourinho en la previa a la final de la Capital One Cup dijo que no esperaba que se repitiera el 5-3 del anterior encuentro contra los Spurs, porque decir que le iba a dar una lección magistral tácticamente a Pochettino sonaba demasiado prepotente. Así que el portugués llegó a Wembley con aires de estrella de rock y se marcó un “I am The Special One” y plantó a Zouma de mediocentro defensivo, recordando a aquella gloriosa final de Copa del Rey en Valencia en la que Pepe desarrollo la misma función. El resto fue un tablero de ajedrez en el que Zouma se comió demasiado pronto a Kane y a Eriksen, en el cual la leyenda de un verdadero capitán y Diego Costa, derribando a los defensas como si fueran peones, hicieron todo lo demás.

Mou volvía a levantar un título con la facilidad con la que meten los niños goles en el patio del recreo, con la facilidad y con la felicidad. Abrazó fraternalmente a Rui Faria agradeciéndole la fidelidad de tantos años a él y a una manera de trabajar, el abrazo de dos sufridores, el abrazo de dos ganadores que no serían nada el uno sin el otro. El entrenador, en un claro acto de egocentrismo, se encargó de que los  jugadores del filial Brown y Christensen también levantaran la Copa antes de hacerlo él. Y otra vez Mourinho elevó un título al cielo de Wembley haciendo temblar al fútbol de toda Europa, ha vuelto.

A José le pagan por ganar títulos, no por jugar bien, eso se lo deja a entrenadores como Paco Jémez que probablemente no olerá un título en su vida. Puede que el Chelsea ayer no ganara de la forma más vistosa pero ganó y bien ganado, en ningún momento hubo duda de que la Capital One se teñiría de blue. Su capacidad ganadora es tal que sale a un título cada 35 partidos dirigidos, lo que lógicamente levanta odios hacia su figura por todo el planeta.

Lineker decía sobre Mou en twitter: “Congratulations to Chelsea. Mourinho is so darn good that he’s won the Premier League and the league Cup on the same day”. Aprovechando también para mofarse del pinchazo del City. José Jr subía una foto a Instagram de la celebración comentando “This is what a real club looks like”. No sabemos si iba con segundas, lo que sabemos es que el Chelsea es un club que trabaja seriamente y que a Mourinho si le dejas trabajar bien, triunfa. Llegó el primero de muchos.

Don Alfredo

Don Alfredo

Yo nunca vi jugar a Alfredo Di Stéfano, ni si quiera he visto un partido entero suyo, sin embargo sé que es el mejor jugador en la historia del Real Madrid y quién sabe si también de la historia del fútbol. Yo nunca vi jugar a Don Alfredo, pero crecí escuchando fantásticas historias sobre aquel Madrid de las cinco Copas de Europa, sobre “el Madrid de Di Stéfano”, así lo llamaba mi querida abuela y así es como recuerdan muchos a ese equipo de leyenda. La Saeta, un jugador que marcó época incluso cuando su época ya había terminado.

Di Stéfano llega a Chamartín en 1953, cuando el Real Madrid todavía no era el club más importante del mundo y ni por asomo el mejor. ¿Se acuerdan de cuando el Real Madrid no era el mejor? No, claro que no, y eso es por culpa de Don Alfredo. Llega a un equipo cuyos logros son 2 Ligas y 9 Copas de España. Ayer dejaba a un equipo con 32 Ligas de las cuales el ganó 8, 19 Copas de España de las cuales ganó 1 y 10 Copas de Europa que hacen que su equipo reine en el mundo entero, de las cuales el ganó 5 de manera consecutiva, marcando en todas las finales. Di Stéfano aterrizó en un equipo cualquiera y lo hizo el equipo más grande del mundo y en eso, por más que pasen los años, nadie le podrá superar.

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“Alfredo Di Stéfano es el Real Madrid y el Real Madrid es Alfredo Di Stéfano” decía ayer el presidente y no hay mejor frase para corroborarlo que una del propio jugador: “Ser segundo es ser el primero de los últimos”. La ambición de un hombre, la gloria de un club. Así es como se forjó la leyenda, el Real Madrid quería ganar y Alfredo era un ganador. Ahora son los jugadores que quieren ganar los que vienen al Madrid, el club más ganador que ha existido.

“Soy una mezcla de Zidane, Messi y Cristiano, y guapo como Beckham” así se definía Don Alfredo. Una cosa está clara, y es que los más grandes de todos los tiempos estaban de acuerdo en que él fue el más grande. Pelé lo definía como el jugador más completo de la historia, Maradona decía de él que era el maestro de maestros. Otra cosa está clara, y es que La Saeta revolucionó la forma de entender el fútbol y así se lo han reconocido clubes de todo el mundo en las últimas horas a través de las redes sociales.

La imagen del madridismo estaba reflejada en las lágrimas del presidente Florentino, mucho dolor y mucha pena. Tras estar tocando el cielo hace poco más de un mes, a perder al mayor estandarte del club. Es difícil de imaginar que en la presentación de los futuros jugadores del equipo no vaya a ser Don Alfredo quien les dé la camiseta, que ya no vaya a estar más en el palco del Bernabéu viendo los partidos, o que cuando todos nos volvamos histéricos por alguna derrota aparezca de refilón en la prensa respondiendo “cortita y al pie”, como a él le gustaba, poniendo a todos en su sitio.

Di Stéfano llegó a un Real Madrid que no reinaba ni en España y lo ha dejado reinando en el mundo entero. El último partido que vio del equipo de su vida fue la consecución de La Décima, la última imagen que se lleva de aquí es la de su Real Madrid en lo más alto, como él.

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DEP Don Alfredo Di Stéfano (1926-2014)

Y nada más, Hala Madrid.

Nunca he sentido más paz interior que cuando vi a Don Sergio Ramos García elevarse por encima del cielo de Portugal para cabecear el balón de La Décima. Yo sabía que ese balón iba dentro, Da Luz entera lo sabía, los niños Serbios lo sabían, el madridismo universal lo sabía. A partir de ahí todo fue locura y gloria. Ese grito de gol que sale desde lo más profundo de tu alma, esa euforia que hace que te abraces con todo el mundo a tu alrededor, les beses y les digas que los amas. Eso fue La Décima, un cabezazo de DSRG y amor, mucho amor.

Minuto 93 de partido, el Real Madrid acaba de ganar la Champions tan solo empatando el partido. Toda Da Luz lo sabía, los indios lloraban y los vikingos afilaban las hachas, solo era cuestión de tiempo. Y al final fue Gareth Bale el que decidió decapitar la mentira del cholismo de una vez por todas, minutos más tarde Marcelo y Cristiano Ronaldo la descuartizaban. Por tan solo 91 millones, el “Príncipe de Gales” como coreaba Da Luz, acabó con la mentira del tiki-taka y del cholismo en una misma temporada.

Tenía que ser en Portugal, tenía que ser en Lisboa, tenía que ser en Da Luz. Tenía que ser en la tierra de Cristiano, en la casa de Coentrao, y Mourinho tenía que estar presente. Tenía que ser en el descuento, tenía que ser luchando hasta el final, creyendo hasta el final, porque eso es el Real Madrid. “El Madrid del clan portugués” decían, pues ese equipo, el Madrid de Carletto, se coronó rey de reyes en Lisboa.

Años y años esperando este momento, nadie la merecía más que nosotros y por fin está aquí, por fin vuelve a casa. Europa es blanca, el mundo es blanco, el universo es blanco. Y que digan lo que quieran los haters, pero ya nadie nos puede arrebatar nuestras diez Copas de Europa. Somos el equipo más grande del mundo y así será para siempre.

Ha sido un viaje largo de doce años donde hemos reído, hemos llorado, hemos celebrado títulos y hemos caído un centenar de veces. Pero al final todo eso da igual, porque hemos ganado La Décima, y después de La Décima no hay nada. A partir de ahora solo habrá felicidad, gloria, amor y dicatadura blanca hasta el fin de los tiempos.

La conquista de Europa se gestó en nuestras casas delante de la tele, en los estadios, en los bares y sobre todo en twitter. Los años de madridismo salvaje que hemos vivido con el pajarito azul han obtenido su recompensa, lo más grande de este viaje hacia el dominio de Europa quedará para siempre ahí dentro.

Al empezar la temporada, tras la derrota en Liga contra el Atleti, alguien me dijo esto: “Tras ganar La Séptima no sabía como sentirme, no sabía que hacer. Iba andando por la calle o por el metro y no sabía comportame. ¿Cómo se deben comportar los campeones de Europa?” Pues a mí estos días me pasa lo mismo, no sé que hacer, ni como comportarme, ni qué escribir. Solo sé que la vida es blanca y bella.

“Ahí fue hijo, ahí fue donde toda Europa cayó a los pies del Real Madrid” eso les contarán los padres a sus niños cuando pasen cerca de Da Luz.

El Real Madrid es el equipo más grande del mundo porque no tiene límites ni fronteras. El Real Madrid es gloria para todos. El Real Madrid es el mejor equipo del mundo y lo será hasta que @van_palomaain lo diga.

Infierno sí pero, ¿para quién?

El Real Madrid debutaba ayer en Champions League en un ambiente hostil como son siempre los campos de Turquía. Justo antes del comienzo del partido se desplegó un gran tifo (que me recordó bastante a uno hecho por los Ultras Sur en un Real Madrid-Atleti) en uno de los fondos del Ali Sami Yen , mientras los aficionados turcos alentaban a los suyos antes de empezar la batalla. Parecía que íbamos a revivir ese ambiente infernal que hubo en nuestra última visita a Turquía hace unos meses, pero la afición turca, al igual su equipo, se vino abajo con el paso de los minutos.

Al empezar el partido y encenderse el “infierno”, en un balón aéreo sin apenas peligro, Ramos no escuchó el grito de “mía” de Iker y chocó contra el portero provocándole una lesión en las costillas, cosa que no le impidió hacer una buena parada a un disparo lejano de Felipe Melo. Aunque minutos más tarde Casillas tenía que ser sustituido por Diego López por el dolor provocado por el golpe. Nada más salir, Diego se tuvo que disfrazar de “Súper López”para evitar con dos paradones que los turcos se adelantaran en el marcador. Hay quien dice que Diego “se las encuentra” y no les falta razón, Diego encuentra el balón cada vez que se  tira a su busca.

El Galatasaray salió con un hambre voraz de victoria impulsado por su afición, comiéndose al Real Madrid sobre el campo. Los jugadores del equipo blanco, ayer de azul, no daban pie con bola, hasta que Di María decidió demostrarnos que nos habíamos quedado con el jugador adecuado, con un pase largo increíble hacia Isco, que bajó el balón con un extraordinario control con el pecho que le dejaba sólo ante el portero, para acto seguido enamorar a todo madridista con su definición y adelantar a su equipo.

En la segunda mitad con el equipo turco tocado psicológicamente tras la lesión de Drogba justo antes del descanso por un choque con Pepe, el Madrid decidió apagar el infierno. Benzema, que ayer volvía a ser un gato salvaje, decidió callarle la boca a todos esos haters que le quieren fuera del Madrid, haciendo el 0-2 tras un gran pase de Di María. A partir de ese momento fue un partido plácido para los merengues. Cristiano haría los dos siguientes goles, tras dos sendas jugadas enrevesadas dentro del área donde el balón le caería a los pies, teniendo solamente que empujarlo. El estadio turco se empezaba a vaciar, eso ya no era un infierno, salvo para los jugadores turcos que veían como les pasaban por encima.

Eran los minutos de showtime para el Madrid y CR7 lo sabía, luciéndose con una gran asistencia a Karim para hacer el 0-5. Ancelotti dio entrada a Bale para continuar con la fiesta madridista. El galés dejó un poco de su esencia con un par de sprints por la banda y un buen tiro lejano que paró el portero. El Galatasaray hizo el gol de la honra, tras un despiste en el marcaje de Pepe. El partido tocaba a su fin y Cristiano quería llevarse otro balón más a casa, así que hizo lo que sólo los elegidos pueden hacer, driblando a dos defensores  en menos de un palmo, fusilando con su zurda la portería de Muslera, haciendo así el 1-6 definitivo.

El Real Madrid empieza la conquista de Europa arrasando Constantinopla, que tiemble el resto, llegaremos a Lisboa.