El día que Sergio Llull me salvó

El día que Sergio Llull me salvó

Una vez una canasta de Sergio Llull me salvó la vida. La gente cree que bromeo cuando se lo cuento, se ríen, pero yo lo digo totalmente en serio. Era tal la tristeza que acarreaba y tal la oscuridad que me rodeaba que no veía ningún futuro, básicamente era todo insoportable. Yo no sé dónde habría acabado si ese balón no llega a entrar por el aro.

Un domingo de principios de febrero el Real Madrid estaba a punto de perder la final de la Copa del Rey en Málaga, y cuando todo falla y ya ni siquiera te puedes agarrar al Real Madrid es que ya no queda nada. A veces en la vida nada tiene sentido, a veces todo duele, cualquier situación se hace insufrible, cualquier cosa, una mosca volando, que te llamen por tu nombre o que no te llame nadie, ser el centro de atención o ser completamente ignorado, que te abracen o que no te abracen, da lo mismo, todas las situaciones eran igual de dolorosas, todo era sufrimiento. Y de repente, a falta de un segundo para terminar el partido, canasta de Llull, de repente victoria, por fin algo de luz, de repente todo era posible, porque eso es básicamente el Real Madrid, una fe ciega en que todo es posible hasta el último segundo. A veces en la vida también suceden cosas que nos hacen creer que somos capaces de todo, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos, necesitamos sentirlas cada cierto tiempo, aunque en la mayoría de ocasiones sea mentira.

Encestó Llull, ganó el Madrid la Copa de su Majestad y yo lo celebré aporreando las paredes de mi salón mientras gritaba cosas, seguramente despectivas, sobre un club blaugrana. Luego caí rendido en el sofá y lloré, sin pronunciar palabra, sin llanto, en silencio, simplemente dejando caer las lágrimas por mi rostro. Me sentía salvado.

Vamos Rafa

Vamos Rafa

Lo mejor que puedo decir de Rafael Nadal es que nunca fui un gran seguidor suyo ni demasiado aficionado al tenis, sin embargo en estos Juegos Olímpicos no he tenido otra opción que arrodillarme ante toda su grandeza. No recuerdo nada en el deporte, lejos de mi amado Real Madrid, que me llenara tanto de orgullo, que me diera tanta satisfacción en la victoria y que me devastara tan terriblemente en la derrota. Nadal ha sido tan inconmensurable estos días que emocionaba, a veces incluso provocando alguna lágrima saltarina, mientras se dedicaba a hacer lo imposible.

Quiero recordar estas Olimpiadas como las del tenis. Los juegos del maravilloso oro de Marc López y Rafa Nadal en dobles, a base de globos del barcelonés y coraje del mallorquín, tras partidos hechos para provocar ataques de corazón. Como las Olimpiadas en las que toda España sufría por llegar a cada golpe de Del Potro, todos intentábamos devolver esas bolas endiabladas con todas nuestras fuerzas y al final Nadal, de forma inexplicable, las ponía en la misma línea levantando a todo un país de sus asientos, haciéndonos gritar desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡VAMOS RAFA!”. Desde luego yo las recordaré como las olimpiadas en las que viví los partidos de tenis como vivo generalmente los partidos de mis equipos en otros deportes: fervientemente, de pie, gritándole a la tele y haciendo diferentes rituales supersticiosos cada minuto.

Nunca un oro en tenis supo tan dulce como el de nuestros dos superhéroes, nunca el quedarse sin medalla supo tanto a oro como con Nadal, porque lo que ha hecho en estos JJOO es sencillamente increíble e imposible para cualquier otra persona, llegando casi a las 24 horas de juego y disputando 11 partidos en siete días. Perdió el bronce porque su inmenso honor y su inagotable espíritu competitivo le llevaron a luchar por el oro más allá de los límites del cuerpo humano, y eso sí que vale oro. No cambiaría a un Nadal ni por todas las medallas del mundo. Como representa Rafa a España no la representa nadie, puedo decir tremendamente orgulloso que ese hombre es mi compatriota.

He visto a Phelps nadar, a Usain Bolt correr, a LeBron James encestar, a Zidane jugar, a Aaron Rodgers pasar y a Rafael Nadal hacer lo imposible, situándose ahí arriba, en el Olimpo del deporte.

Trágicas bellas palabras

Siento una intensa tristeza por todos esos artículos que en su día leí con profunda admiración y he olvidado. Simples párrafos de cuatro o cinco líneas de más calidad que muchos libros, palabras más reconfortantes que cualquier acción, a veces hasta mejores que un trago, que ahora se han evaporado. Es realmente una tragedia.

Mi gusto por la lectura empezó leyendo artículos de periódico, entrevistas, columnas de opinión, reportajes, pero no leyendo libros, esos llegarían más tarde. Y ahora, que gracias a aquellos textos soy un hombre mejor, los he olvidado como si fueran nombres de antiguos compañeros de clase, como si sólo hubieran sido conocidos de una noche de fiesta. Han dejado en mí una nublosa y gris resaca que deja entrever lo bello de las horas anteriores, pero que impide recordar lo sublime que fue la noche. Pero no sólo me ocurre con los artículos de entonces, sino también con los de ahora. Suelen aparecer sin previo aviso, es difícil encontrarlos cuando los buscas, te hacen leerlos con devoción, te cautivan con sus frases que apuntas o intentas memorizar y luego inevitablemente caen en el olvido, como un amor fugaz del que sólo han quedado las esencias.

A veces la buena escritura aparece de repente y nos salva la vida, y nosotros, como siempre, no sabemos estar a la altura.

Escribir

Últimamente todo lo que escribo o pienso que voy a escribir me parece una gran mierda. Cuando agarro el bolígrafo y me siento a plasmar mis ideas en el papel me derrumbo, pues todo lo que sale de mi cabeza a continuación son pensamientos de una tarde, ideas no trabajadas, simples ocurrencias que a la media hora de haberlas escrito he olvidado de lo poco trascendentes que son. Sin embargo sé que en mi cabeza permanecen las ideas buenas y perturbadoras, temas que me han quitado horas de sueño y de ocio, palabras que llevan demasiado tiempo deseando ser escuchadas, ideas que han sido reflexionadas durante tanto tiempo que ni puedo recordar cuando surgieron, y cuando por fin me siento a intentar darles una salida se esconden de mí, se ocultan en mi cabeza detrás de lo simple. Es en ese mismo instante cuando sólo puedo aborrecerme a mí mismo por simplón, entonces es cuando surgen las dudas y aparecen viejos fantasmas que me recuerdan lo incapaz que soy y mi largo historial de fracasos, lo cual duele el doble, porque si yo me veo como un simple, imaginaos como os ven mis ojos a vosotros, panda de modernos culturetas más bien seguidores de modas que de lo cultural. Y sin embargo ahí arriba estáis vosotros, viviendo y aprovechando las ventajas de un sistema que despreciáis. Y aquí abajo estoy yo, con mis reflexiones, completamente superado por el mundo. Y es en este mismo momento, cuando mis ideas me han derrotado desde las sombras, cuando más me odio y cuando más os odio, es en este mismo instante, cuando por fin sé lo que quiero escribir y encuentro todas las palabras que quieren salir, es entonces cuando no escribo nada, porque no tiene sentido escribir para quien no lo va a leer.

Enamorarse de un ser salvaje

Enamorarse de un ser salvaje

Pocas cosas más bellas se han visto en este mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, no sólo porque fuera una mujer descomunal, sino porque además nos hace amar a Holly Golightly como si fuéramos uno de sus amantes millonarios dentro de la pantalla, suspirando por llegar a la mujer inalcanzable.

Se trata de una mujer de belleza indescriptible, de pasado turbio, que se gana la vida flirteando con hombres ricos. Es una chica joven y alocada con miedo al compromiso, a una vida seria y sobre todo pánico a querer de verdad. Sobre su miedo nos deja una gran cita: “se puede tener un día negro porque se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”. Holly vive sin preocuparse del mañana, huyendo de los sentimientos y de sí misma: “Te quiero, pero yo ya no soy esa chica que se casó con catorce años, compréndelo, no puedo irme contigo” le explica a su exmarido nuestra querida protagonista, acto seguido, con su ex alejándose en autobús, se dirige al escritor Paul Varjak: “¿Quiere que le confiese algo terrible? Sigo siendo esa chica, la que robaba huevos y corría por la maleza, la diferencia es que ahora lo llamo tener un día rojo”.

Estamos ante una mujer extremadamente atractiva, exageradamente alocada, de personalidad abrumadora y hecha toda una rompecorazones, ¿quién mejor para enamorarse que de ella? Pero sobre esto también nos avisa Holly: “No entregues nunca tu corazón a un ser salvaje, porque si lo haces, más fuerte se vuelve. Hasta que tiene la suficiente fuerza para volver al bosque o volar hacia un árbol. Y luego a otro más alto hasta que desaparece”. Un buen consejo que todo hombre con Holly Golightly delante desestimaría, y todos nos encontramos con una Holly Golightly en nuestra vida.

Una vez le tuve que escribir a una amiga para contarle lo devastado que me había dejado una mujer: “Estoy enamorado. Hay una mujer que me revuelve las entrañas, se me corta la respiración cuando la miro y si hablo con ella me dan escalofríos. Estoy loco y ella me vuelve más loco todavía. Es sublime e insoportable”. Pocas cosas más bellas se han visto en el mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, encarnando a una mujer de ensueño, capaz de evocar a mujeres inalcanzables, a seres salvajes.

 

 

De verdad que lo siento

Soy un hombre de errores simples, aparentemente sin trascendencia, que desencadenan el infierno. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, miré mal el horario de autobuses. Yo había quedado con mi amigo Nacho para tomar una cerveza en Alcalá, pero el autobús nunca pasó porque había pasado media hora antes, así que tuve que ponerme en plan responsable y coger el coche mientras me repetía varias veces: “hoy salgo de tranquis, pero de tranquis de verdad”.

Mi colega estaba esperándome en Alcalá con una amiga nuestra, que se ve que tenía muchas ganas de beber y encontró la oportunidad. Fuimos los tres a La Panadería, que efectivamente es un bar y no venden pan de ningún tipo, y un sitio que se llama así, y no vende pan, sólo puede ser un bar magnífico. Es el típico local donde uno siempre ha querido entrar y cuando entra sigue queriendo entrar siempre. A mí la primera vez que entré el dueño me invitó a un chupito, y para mí que me inviten es como firmar un contrato vitalicio con el bar, la segunda sólo fueron un par de cervezas, la tercera fue indescriptible.

Todo empezó con unos tercios de Mahou y cuencos gigantes de pipas en un bar con buena música donde tres amigos hablaban desinteresadamente. A la hora el local se empezaba a llenar y el tercio de 1906 que tenía en la mano estaba vacío, las señales eran muy claras, hora del chupito. Yo no me podía olvidar de que tenía que conducir, así que pagamos y cuando estábamos a punto de irnos el camarero nos invitó a tres cervezas, empezó a hablarnos con pasión, y también nos invitó a otros tres chupitos; el fin había llegado, ya ni dios podía irse de allí, los camareros nos habían camelado y no podíamos parar de hablar con ellos ni con la gente de la barra.

Yo veía aparecer y desaparecer tercios y chupitos de jagermeister a una velocidad que ya quisiera Fernando Alonso. Pero por lo menos yo veía, porque mi amigo Nachete parecía estar en Narnia, mientras a mi amiga, como dice mi amigo Andrés, le había dado el pedo depresivo. El primero acabó potando en el baño y la segunda tomando el aire en la calle odiando la vida. Yo, simultáneamente, le explicaba el panorama a un señor muy simpático de Daganzo que tenía al lado en la barra, mientras la casa seguía invitándome: “Mira, es que mi amigo va trifásico, vamos hasta el culo de jager y le habrá sentado mal. Mi amiga ahora odia el mundo, lo normal, es que había un chico y ya sabes… Yo tengo que llevarles a los dos a casa, y he bebido un poco, pero seguro que se me pasa”. El señor decía algo de que no hay que mezclar y que tuviera cuidado con los controles, que a él le habían parado hace poco y no sé qué historias. A mí me pareció un señor espléndido. Cuando apareció Nacho y pagamos, por segunda vez, sólo nos cobraron un tercio a cada uno de los dos o tres de la segunda ronda, y no tuve más remedio que despedirme del camarero alegremente, también del señor de mi izquierda, al que le di un fuerte apretón de manos e intercambiamos los nombres, aunque no me acuerdo del suyo, con deseos de volver a vernos.

De camino al coche yo iba rezando nerviosamente como aquel francotirador de la película Salvar al Soldado Ryan, que le pedía a Dios puntería para matar a los nazis, aunque yo en cambio le pedía que si mataba a alguien el coche saliera ileso. El camino al coche fue largo porque tenía que serlo, no quedaba otra si queríamos subir en él. Yo me empecé a sentir culpable porque llevaba a dos personas como una cuba conmigo, y empecé a pedirme disculpas a mí mismo y ya no dejé las disculpas en toda la noche. Iba pidiéndole disculpas al coche mientras conducía, pensando en cómo le pediría perdón a la policía si me paraban. Por suerte pudimos llegar los tres a casa sin percances y enteros.

Ya bajo mi techo a mí me invadía el sentimiento de culpa, como si hubiera estado envenenando a mis amigos. Me acordé de mi amigo JB, lo que también me hizo sentir un poco mal porque había pasado una noche épica sin él. Pensé en decirle que sólo habían sido dos tragos, una borrachera sin importancia, que esa noche no significaba nada comparado con lo nuestro, que por favor me perdonara. También pensé que debía pedirle disculpas a mi amiga, que había acabado borracha y triste y yo sentí que tenía parte de la culpa. Pidiéndole perdón a mi amiga acabé pidiéndoselo también a otra chica por error, que no tenía nada que ver, aunque pensándolo bien también se merecía una disculpa, pero no esa claro está. Luego pensé en decirla lo siento por haberla dicho lo siento por error, pero por algún motivo pensé que sería demasiado ridículo dentro de todo ese ridículo. Así que me pedí disculpas a mí mismo e incluso esta vez me perdoné, que aunque yo sintiera que había pasado la noche haciendo atrocidades lo único que hice fue pasármelo bien, y eso no me lo quita nadie.

 

The Champions

The Champions

La competición de fútbol más preciada del mundo, todos los niños sueñan con levantar la orejona, menos los del Atleti, que sueñan con perder trágicamente la final y sacar pecho de su ADN de sufridores y dramáticos perdedores. Hablo efectivamente de la Champions, título que te corona como campeón de los campeones, como rey de Europa. La UCL se disputa de febrero a mayo, teniendo su particular pretemporada de septiembre a diciembre, donde ya suena ese himno en los partidos que te hace imaginar la gloria de volver a ganarla, donde ya se pueden ver a las mejores estrellas del fútbol mundial, donde te encuentras equipos rivales con nombres impronunciables que tienen el nivel del club de tu barrio, donde el Barça empieza a marcar goles en fuera de juego y sus rivales a jugar con diez, para que luego a nadie le extrañen los favores arbitrales en el Camp Nou, o un Ovrebo en Stamford Bridge. Pero una vez acabado ese trámite de la fase de grupos y eliminados los equipos de relleno empieza la Champions.

Febrero, los dieciséis mejores clubes de Europa, eliminatorias a doble partido a machete hasta que sólo queden dos en mayo y hagan la guerra en alguna ciudad prestigiosa del continente. Eso es la verdadera Champions League, donde el Real Madrid asusta sólo con el nombre, da igual si el club está autodestruyéndose desde dentro, la amenaza de que conquisten el continente por undécima vez es aterradora. El Barcelona en abril empieza a sacar los pasamontañas y las pistolas para atracar a mano armada a toda Europa, mientras la prensa sólo habla de un juego brillante con los pies de los blaugranas, como si el resto de equipos de la historia hubieran jugado con las rodillas, también hablan de un genio llamado Messi, de un fantasma de Albacete y de Hannibal Lecter rehabilitado, que ha pasado de morder rivales a solamente abofetearlos. Entra en escena Ibrahimovic desde París, que se niega a renunciar a retirarse sin haber reinado en Europa, pero 34 años pesan mucho en esta carrera al trono. Por estas fechas también resurge la figura de Pep Guardiola, amenazando con secuestrar todos los balones del mundo a base de pases y que no se vuelva a ver un tiro a puerta. Luego también está Casillas… ah no. Por ahí se encuentra Pellegrini, buscando la fórmula de caer eliminado, de momento no da con la tecla y tiene pesadillas viéndose jugando la final.  Siempre presentes los equipos alemanes dando guerra, como dijo Lineker: “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”. Esta frase ha variado mucho desde que la dijo, el fútbol es un deporte de once contra once excepto si juega el Barça, entonces son once contra diez. Lo de que siempre ganan los alemanes lo cambió el Real Madrid, viajó a Alemania tres veces en 2014 para eliminar a los clubes alemanes de uno en uno.

La competición de fútbol más prestigiosa del mundo se ve otra vez amenazada. Los ladrones de ese país de ahí arriba a la derecha intentan robarla de nuevo con el apoyo de la UEFA. París está hecho para la moda y el glamour, para que fluya el amor y no la guerra del fútbol. Unos hipócritas que residen en el Manzanares intentan conquistarla con el discurso de un hombre al que desearon la muerte, insultaron y se burlaron hasta que se marchó del país. Guardiola intenta dormir a todo el mundo con la posesión para poder agarrar el trofeo sin esfuerzo. Manchester sería una solución perfecta, la salvación de la competición, pero Pellegrini se niega a triunfar, no ha fracasado durante toda su vida para estropearlo ahora. Recordando a Juanan: “Sólo nos queda el Real Madrid como último bastión del mundo libre”.