Hasta aquí la noche

Recuerdo una noche de luna llena, no mucho mejor que ésta, en la que estaba yo paseando por el parque con mi perra Dena. Era invierno y llovía a cantaros, Dena se camuflaba entre las sombras y yo chapoteaba en los charcos para llamar su atención y no perderla de vista. Era una noche triste, como casi todas, en la que dolía todo como siempre. Las noches siempre están cargadas de tristeza, pueden convertirse en lo más íntimo, en lo más privado del ser, en la recapitulación de toda una vida y todos los momentos que faltaron para que esa misma noche fuera perfecta, pero sin embargo nunca lo es.

Esta noche hay luna llena, o cerca de estarlo, tampoco soy experto en el tema, pero sé que podría haber sido perfecta. Un día como el de ayer escribí que los fines de semana siempre acabo igual; de madrugada, con algún trago de más y lleno de rabia. A veces algo va mal, te das cuenta de que hay que corregirlo pero nunca termina de arreglarse. Me he sentado al lado de mi noche perfecta, la he mirado de frente y luego de reojo, siempre con admiración, luego he visto como se esfumaba por mi culpa, o quizá no fuera culpable, pero se ha esfumado igual, dejando un sentimiento de responsabilidad inamovible. He visto escaparse millones de noches sentado en la barra del bar y al final esas han sido mis mejores noches, en las que recuerdo todo lo que no he sido y todo lo que soy gracias a ello.

A veces he llegado a ser realmente feliz en la nocturnidad, a veces parece que no hay un mañana, nadie piensa más allá del final de la noche e incluso hay personas que se paran a escuchar, o te hacen sentir como en casa y entonces no importa lo que venga después porque en ese momento eres libre, las preocupaciones ya llegarán mañana. Esas noches puedo ser yo, y todo lo que soy yo es una historia cuando mi compañía la encuentra digna de ser escuchada. Hace unos meses tuve una noche estelar, casi fugaz, en espléndida compañía que tan feliz me estaba haciendo que dejé la noche volar.

Al final acabé tumbándome en el césped del parque mientras llamaba a Dena, que campaba a sus anchas por la oscuridad fuera de control. Llegué a casa más o menos como llego siempre, con la sensación de haber estado metido en todos los charcos.

 

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Octubre

Este octubre me ha sabido como un noviembre que anduve bajo la lluvia con la cabeza agachada. Me gusta pasear bajo la lluvia y calarme mientras ando hacia ninguna parte, de alguna forma me hace sentir que una pequeña parte de la mierda que arrastro se va con el agua. Aquel noviembre lo describió meses más tarde un superhombre en tres palabras: “mira, empezamos tristes”. Esa frase ha retumbado en mí millones de veces, siempre de vuelta a casa dando igual el lugar del que procediera, siempre derrotado. Este triste octubre no ha ido mucho mejor para ese extraordinario señor, ni, por descontado, para mí.

Ha sido un mes con aroma rancio, con esencia gris, con sabor a fracaso. Todo eso que solía traer el frío de noviembre ha llegado en un caluroso octubre con banda sonora de Johnny Cash. Los paseos bajo la lluvia, los cigarros interminables, los tragos demasiado breves, las conversaciones intrascendentes, todo lo he hecho acompañado de una incesable presión en el pecho que conozco mejor que a mí mismo. “Nunca se conoce a nadie lo bastante. Incluso si te conocieses demasiado a ti mismo, dijo no sé quién, dejarías de saludarte” tuiteó un día Juan Tallón.

Dormía cuando debía estar despierto, estaba despierto deseando poder dormir. La mente nublada, estas pasadas semanas mi cabeza no funciona, todas las nubes que le han faltado a octubre las tengo yo en el cerebro. Me siento tonto, ridículo, soy incapaz de pensar con claridad, noto mi cabeza muy lenta y pesada. Necesito tiempo para pensar, tiempo para leer, tiempo para asimilar el mundo que me rodea y sobrepasa. Pero nunca hay tiempo, siempre se está escapando, siempre está corriendo.

Se va octubre, tan gris como noviembre triste.

Gris

Hay días en los que ni si quiera está el bar para refugiarse, días en los que el mundo pesa demasiado desde horas tempranas y no hay forma de huir, no queda espacio por donde correr y todo se vuelve gris.

Levantarse de la cama es una imposición, una obligación que tenemos todos si queremos tener una vida, es el precio que hay que pagar por tener nuestro propio huequecito en el mundo. Pero a veces levantarse de la cama es demasiado, a veces no merece la pena tanto esfuerzo, tantas horas de sueño perdidas, tantas legañas, tanta resignación, sentir el peso de tu vida matándote por simplemente cumplir con una función. Hay días que no merecen ser vividos, hay días que no tienen nada bueno, todo duele y todo molesta.

Vivir también puede ser agotador y largo, las semanas nunca terminan de empezar, o de acabarse, y los meses pasan a cámara lenta como si hubiera alguna jugada de belleza digna de ser apreciada que nunca llega. En cambio los años pasan como si fueran días, ayer, sin ir más lejos, estaba yo en 2013 a punto de remontarlo todo con convicciones firmes y mala leche, hacía un día horrible, gris y plomizo como el de hoy, pero ayer había razones e ideas, había un reto, un día digno de ser vivido. Esta mañana lo único que había era desesperación y una barba indomable. Menos mal que por lo menos llovía.

El día que Sergio Llull me salvó

El día que Sergio Llull me salvó

Una vez una canasta de Sergio Llull me salvó la vida. La gente cree que bromeo cuando se lo cuento, se ríen, pero yo lo digo totalmente en serio. Era tal la tristeza que acarreaba y tal la oscuridad que me rodeaba que no veía ningún futuro, básicamente era todo insoportable. Yo no sé dónde habría acabado si ese balón no llega a entrar por el aro.

Un domingo de principios de febrero el Real Madrid estaba a punto de perder la final de la Copa del Rey en Málaga, y cuando todo falla y ya ni siquiera te puedes agarrar al Real Madrid es que ya no queda nada. A veces en la vida nada tiene sentido, a veces todo duele, cualquier situación se hace insufrible, cualquier cosa, una mosca volando, que te llamen por tu nombre o que no te llame nadie, ser el centro de atención o ser completamente ignorado, que te abracen o que no te abracen, da lo mismo, todas las situaciones eran igual de dolorosas, todo era sufrimiento. Y de repente, a falta de un segundo para terminar el partido, canasta de Llull, de repente victoria, por fin algo de luz, de repente todo era posible, porque eso es básicamente el Real Madrid, una fe ciega en que todo es posible hasta el último segundo. A veces en la vida también suceden cosas que nos hacen creer que somos capaces de todo, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos, necesitamos sentirlas cada cierto tiempo, aunque en la mayoría de ocasiones sea mentira.

Encestó Llull, ganó el Madrid la Copa de su Majestad y yo lo celebré aporreando las paredes de mi salón mientras gritaba cosas, seguramente despectivas, sobre un club blaugrana. Luego caí rendido en el sofá y lloré, sin pronunciar palabra, sin llanto, en silencio, simplemente dejando caer las lágrimas por mi rostro. Me sentía salvado.

Vamos Rafa

Vamos Rafa

Lo mejor que puedo decir de Rafael Nadal es que nunca fui un gran seguidor suyo ni demasiado aficionado al tenis, sin embargo en estos Juegos Olímpicos no he tenido otra opción que arrodillarme ante toda su grandeza. No recuerdo nada en el deporte, lejos de mi amado Real Madrid, que me llenara tanto de orgullo, que me diera tanta satisfacción en la victoria y que me devastara tan terriblemente en la derrota. Nadal ha sido tan inconmensurable estos días que emocionaba, a veces incluso provocando alguna lágrima saltarina, mientras se dedicaba a hacer lo imposible.

Quiero recordar estas Olimpiadas como las del tenis. Los juegos del maravilloso oro de Marc López y Rafa Nadal en dobles, a base de globos del barcelonés y coraje del mallorquín, tras partidos hechos para provocar ataques de corazón. Como las Olimpiadas en las que toda España sufría por llegar a cada golpe de Del Potro, todos intentábamos devolver esas bolas endiabladas con todas nuestras fuerzas y al final Nadal, de forma inexplicable, las ponía en la misma línea levantando a todo un país de sus asientos, haciéndonos gritar desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡VAMOS RAFA!”. Desde luego yo las recordaré como las olimpiadas en las que viví los partidos de tenis como vivo generalmente los partidos de mis equipos en otros deportes: fervientemente, de pie, gritándole a la tele y haciendo diferentes rituales supersticiosos cada minuto.

Nunca un oro en tenis supo tan dulce como el de nuestros dos superhéroes, nunca el quedarse sin medalla supo tanto a oro como con Nadal, porque lo que ha hecho en estos JJOO es sencillamente increíble e imposible para cualquier otra persona, llegando casi a las 24 horas de juego y disputando 11 partidos en siete días. Perdió el bronce porque su inmenso honor y su inagotable espíritu competitivo le llevaron a luchar por el oro más allá de los límites del cuerpo humano, y eso sí que vale oro. No cambiaría a un Nadal ni por todas las medallas del mundo. Como representa Rafa a España no la representa nadie, puedo decir tremendamente orgulloso que ese hombre es mi compatriota.

He visto a Phelps nadar, a Usain Bolt correr, a LeBron James encestar, a Zidane jugar, a Aaron Rodgers pasar y a Rafael Nadal hacer lo imposible, situándose ahí arriba, en el Olimpo del deporte.

Trágicas bellas palabras

Siento una intensa tristeza por todos esos artículos que en su día leí con profunda admiración y he olvidado. Simples párrafos de cuatro o cinco líneas de más calidad que muchos libros, palabras más reconfortantes que cualquier acción, a veces hasta mejores que un trago, que ahora se han evaporado. Es realmente una tragedia.

Mi gusto por la lectura empezó leyendo artículos de periódico, entrevistas, columnas de opinión, reportajes, pero no leyendo libros, esos llegarían más tarde. Y ahora, que gracias a aquellos textos soy un hombre mejor, los he olvidado como si fueran nombres de antiguos compañeros de clase, como si sólo hubieran sido conocidos de una noche de fiesta. Han dejado en mí una nublosa y gris resaca que deja entrever lo bello de las horas anteriores, pero que impide recordar lo sublime que fue la noche. Pero no sólo me ocurre con los artículos de entonces, sino también con los de ahora. Suelen aparecer sin previo aviso, es difícil encontrarlos cuando los buscas, te hacen leerlos con devoción, te cautivan con sus frases que apuntas o intentas memorizar y luego inevitablemente caen en el olvido, como un amor fugaz del que sólo han quedado las esencias.

A veces la buena escritura aparece de repente y nos salva la vida, y nosotros, como siempre, no sabemos estar a la altura.

Enamorarse de un ser salvaje

Enamorarse de un ser salvaje

Pocas cosas más bellas se han visto en este mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, no sólo porque fuera una mujer descomunal, sino porque además nos hace amar a Holly Golightly como si fuéramos uno de sus amantes millonarios dentro de la pantalla, suspirando por llegar a la mujer inalcanzable.

Se trata de una mujer de belleza indescriptible, de pasado turbio, que se gana la vida flirteando con hombres ricos. Es una chica joven y alocada con miedo al compromiso, a una vida seria y sobre todo pánico a querer de verdad. Sobre su miedo nos deja una gran cita: “se puede tener un día negro porque se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”. Holly vive sin preocuparse del mañana, huyendo de los sentimientos y de sí misma: “Te quiero, pero yo ya no soy esa chica que se casó con catorce años, compréndelo, no puedo irme contigo” le explica a su exmarido nuestra querida protagonista, acto seguido, con su ex alejándose en autobús, se dirige al escritor Paul Varjak: “¿Quiere que le confiese algo terrible? Sigo siendo esa chica, la que robaba huevos y corría por la maleza, la diferencia es que ahora lo llamo tener un día rojo”.

Estamos ante una mujer extremadamente atractiva, exageradamente alocada, de personalidad abrumadora y hecha toda una rompecorazones, ¿quién mejor para enamorarse que de ella? Pero sobre esto también nos avisa Holly: “No entregues nunca tu corazón a un ser salvaje, porque si lo haces, más fuerte se vuelve. Hasta que tiene la suficiente fuerza para volver al bosque o volar hacia un árbol. Y luego a otro más alto hasta que desaparece”. Un buen consejo que todo hombre con Holly Golightly delante desestimaría, y todos nos encontramos con una Holly Golightly en nuestra vida.

Una vez le tuve que escribir a una amiga para contarle lo devastado que me había dejado una mujer: “Estoy enamorado. Hay una mujer que me revuelve las entrañas, se me corta la respiración cuando la miro y si hablo con ella me dan escalofríos. Estoy loco y ella me vuelve más loco todavía. Es sublime e insoportable”. Pocas cosas más bellas se han visto en el mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, encarnando a una mujer de ensueño, capaz de evocar a mujeres inalcanzables, a seres salvajes.