Penaltis

Algunas noches, sin remedio, me acuesto pensando en aquella fatídica tanda de penaltis contra el Bayern en las semifinales de Champions del 2012. Aún recuerdo el silencio sepulcral del Bernabéu mientras el disparo de Ramos ponía rumbo a la estratosfera, hay heridas que nunca se cierran. Recuerdo el silencio y el azul del respaldo de mi asiento, porque eso es todo lo que me atreví a ver de aquella tanda, ante la atronadora falta de sonido miré desconsolado a mi madre: “a las nubes hijo, lo ha mandado a las nubes”. Después de aquellas lapidarias palabras mis lágrimas empezaron a saltar como los pasajeros del Titanic, sin esperanza alguna. Schweinsteiger (sí, he copiado y pegado el nombre) dio el tiro de gracia, La Décima se haría esperar, otra vez. Anteriormente Iker, cuyo nombre fue coreado por todo el estadio nada más finalizar la prórroga, paró sendos penaltis a Kroos y a Lahm, porque antes de su época de villano fue héroe, y de los que hacía soñar, pero los sueños a menudo se ven truncados por culpa de algún alemán. Caí derrotado en mi asiento y juré venganza mientras la fiesta alemana se apoderaba del Bernabéu, saboreando la siempre asquerosa sensación de perder la oportunidad de ganar la Copa de Europa, sensación satisfactoria solamente para el aficionado colchonero. La venganza llegó un par de temporadas después, pero siempre me quedará la espinita de no haber visto al mejor entrenador de Europa ganar la Champions con el mejor equipo de Europa. Aquella tanda me pilló a la vez que el amor adolescente, en cuestión de días mis sueños se vieron truncados, mi héroe derrotado y mi corazón roto.

Las primeras tandas de penaltis de las que tengo conciencia son las que tuvo que disputar España en el Mundial de Corea y Japón en 2002, con Casillas, otra vez, como protagonista. Se presentó España, tras una fase de grupos perfecta, en octavos de final contra la Irlanda de Robbie Keane. El delantero irlandés tuvo la gracia de empatar el partido en el último minuto y mandarlo a la prórroga, luego no tuvimos otra opción que sufrir una horripilante tanda de penaltis. Pasamos nosotros por fallar menos y Casillas se erigió como el Santo de España, siendo el culpable de dos de los tres penaltis errados por los irlandeses. La selección avanzaba a cuartos y todo el país empezó a colgar ajos de la puerta; a evitar andar cerca de gatos negros; a tirarse sal por encima del hombro al derramarse el salero y a besar el pan cuando se caía, pero ni así. De aquel partido de lo que más se acuerdan los españoles es de la madre del árbitro. El trío arbitral le hizo a España lo que Robert Redford y Paul Newman le hicieron a Robert Shaw en El Golpe, prepararon el escenario y nos robaron sin compasión. Ni haciendo veinte goles hubiera evitado la selección la tanda de penaltis, porque ninguno hubiera subido al marcador. Esta vez Iker fue humano, Joaquín erró, Corea metió los cinco y en este país asumimos que era imposible pasar de cuartos. Por aquel entonces yo era un niño sin conciencia futbolística y no sufrí mucho por la eliminación, pero los rituales supersticiosos cada vez que juega mi equipo ya no me los quita nadie.

Corría el año 2008, el canal Cuatro había adquirido los derechos de emisión de la Eurocopa de Austria y Suiza y decidió copiar el eslogan con el que el Real Madrid ganó la Liga de Capello: “Juntos podemos”, pero eliminaron la primera palabra. El lema de Cuatro se fue convirtiendo en lema nacional a medida que España ganaba sus primeros partidos, tras el pleno de victorias en fase de grupos nos volvíamos a enfrentar a la maldición de cuartos. Delante teníamos muchos años de supersticiones y a la todapoderosa Italia de Buffon, Pirlo y compañía, que venían de ser campeones del mundo, pero esta vez teníamos un mantra. Los dos mejores porteros del momento frente a frente, Casillas y Buffon mantuvieron un duelo titánico que condenó el partido a los penaltis, era imposible ver goles de otra forma. Hay situaciones en la vida que uno debe afrontar de frente y a pecho descubierto, por lo que decidí dar la espalda a la televisión cada vez que un jugador español se dirigía al punto fatídico. En Iker, por aquel entonces, confiaba plenamente y no estaba dispuesto a perderme sus milagros. La fórmula daba resultado, España metió los tres primeros y Casillas evitó que Italia hiciera lo mismo parándole uno a De Rossi, así que me tomé la libertad de ver a Güiza tirar el cuarto y, para mi desgracia, lo falló. El partido lo vi en casa de un vecino rodeado de amigos y familiares, que al instante me lanzaron miradas acusadoras, evidentemente se dieron cuenta de que el fallo no fue de Güiza, sino mío. Me sentí por unos minutos como se debió sentir Cardeñosa en el Mundial del 78, culpable de todos los males del país, luego Iker apareció para remediar mi error y aquel sentimiento pasó a Di Natale. Fàbregas metió el quinto y yo, obviamente, no lo vi. España acabó con la maldición de cuartos en el Prater de Viena, donde días más tarde ganaría su segunda Eurocopa. “Podemos”, por aquel entonces, no tenía nada que ver con Pablo Iglesias, sino con el sueño de unos cuantos millones de españoles de ver a su país hacer algo bien mientras se iba económicamente a la mierda. Más tarde Obama copiaría el lema de la selección para adaptarlo a su campaña en la carrera por la Casa Blanca. Años después también le plagiaron el eslogan al presidente de Estados Unidos para fundar otro partido definitivo de la izquierda española. Por lo tanto se puede decir que el mundo gira alrededor del Real Madrid, pero esa es otra historia. Lo que queda claro es que Podemos nació de penalti.

La selección volvió a pasar por el punto fatídico en el verano de 2012 para ganar su tercera Eurocopa, fue en la semifinal en Donetsk, contra Portugal. Casillas, en pleno proceso de envilecimiento, paró uno, otro lo salvó su idilio con los postes. Ramos marcó a lo Panenka el penalti que meses antes debió marcarle al Bayern. Cesc, por tradición, marcó el quinto y España jugó y ganó su tercera final consecutiva. Aquella semifinal la vi en casa con parsimonia, vi con frialdad todos y cada uno de los lanzamientos, aquella selección ya no era la de todos, sino la de los jardineros de Guardiola. Aquel equipo nacional, comandado por un ingrato marqués, parecía haberle declarado una especie de guerra fría al Real Madrid por no haber cedido ante la dictadura del tiki-taka. En la vida siempre hubo prioridades y los triunfos de la selección pasaron a ser algo agridulces.

Era una calurosa mañana de mayo, yo intuí lo que se me venía encima, así que decidí emborracharme desde bien temprano para paliar los nervios. Empecé bebiendo con la familia, luego con los amigos y luego con los amigos y la familia, pero no sirvió para nada. Al sonar el pitido inicial parecía que me había tomado seis litros de Red Bull en lugar de cerveza, la final de la Champions había arrancado en Milán. Mi corazón aquel día perdió años de vida, pero logró aguantar los 120 minutos. Aún me pongo nervioso cuando veo las imágenes de Lucas Vázquez caminando hacia uno de los fondos de San Siro. Me temblaba todo el cuerpo, pero no había excusa, había llegado el momento de afrontar una tanda de penaltis como un hombre, ya no era un niño, esta vez tendría que quedarme frente al televisor, o eso pensaba yo hasta que Lucas Vázquez, el muy cabrón, porque no tiene otra nombre, empezó a hacer malabares con el balón mientras se dirigía a lanzar el primer penalti. Yo al borde del infarto y aquel tipo haciendo malabares, obviamente no pude seguir mirando. Pasé media tanda de penaltis arrodillado en las escaleras, rezando. Sólo entraba en el salón cuando el bullicio me indicaba que habíamos marcado, gritaba un poco y me quedaba a ver si llegaba el fallo rival. Parecía que por justicia divina esta vez sería el Atleti quien saliera agónicamente campeón, pero no todo es lo que parece y al final resultó que Dios es del Real Madrid. Juanfran la mandó al palo, Cristiano la metió y yo, por supuesto, no lo vi. Tras escuchar el orgásmico estruendo de la victoria supe que ya nada más tenía importancia, todo daba igual, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo lo sentí en lo más profundo de mi corazón. El resto fue locura, felicidad y gloria. Aquella final me pilló en la veintena, con ilusiones y objetivos que cumplir. Algunas mañanas, sin remedio, me levanto pensando en aquellos malabares de Lucas Vázquez en Milán, y sonrío, de repente todo está al alcance de la mano, porque hay alegrías que nunca se acaban.

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Marcapáginas

Hace unos días The Telegraph publicaba una noticia sobre el nacimiento de unos lobeznos a las afueras de Roma, decía la noticia que llevaban más de cien años sin nacer lobos salvajes en la capital italiana. Yo, como admirador del lobo, me alegré mucho por la noticia, creo que Roma siempre debe tener lobos por respeto a su leyenda, por respeto a su madre, que al fin y al cabo nos ha dado de mamar a todos nosotros, los occidentales. Nunca sabes cuánto puede influir una loba en tu vida.

Un día cualquiera, hace tres o cuatro años, sin motivo especial aparente, mi madre decidió regalarme un par de libros y un marcapáginas. Generalmente toda mi atención se hubiera centrado en esos dos libros de José Luis Sampedro, que a día de hoy sigo sin haber leído, pero en ese instante era imposible mirar otra cosa que no fuera ese chulísimo marcapáginas en 3D. Los libros siempre son motivo de alegría, nunca sabes cuándo vas a tener que acudir a ellos, pero sabes que siempre van a estar ahí para ayudarte. Con el marcapáginas evidentemente es diferente, hay miles de marcapáginas que se pierden y nadie los echa de menos porque hay miles más, pero ése era especial, supe que sería mi compañero inseparable de viaje al ver la imagen de un lobo blanco en la nieve al que yo convertí en loba al llamarla Nymeria, su nombre tenía que salir de un libro dado que su labor iba a ser estar siempre dentro de ellos.

Sí, es probable que ponerle nombre a un marcapáginas no hable demasiado bien de mi salud mental, pero ahí estábamos Nymeria y yo, devorando libros noche y día como si fuera la cosa más importante del mundo, que efectivamente lo es. Éramos inseparables, fuese a dónde fuese siempre llevaba un libro conmigo y a la loba dentro. Pasamos juntos por autobuses, trenes, museos, parques, ciudades e incluso otro país, a veces hasta se empapaba de cerveza por algún descuido mío en los bares. Hubo noches, entrada la madrugada, en las que estaba tan exhausto de leer que dejaba el libro abierto boca abajo en mi escritorio y me quedaba mirando el marcapáginas unos minutos, sentía la satisfacción del deber cumplido y un cariño tremendo hacia aquel objeto.

Después de pasar por una infinidad de mundos juntos, de repente, un día, al empezar a leer un libro, me di cuenta de que me faltaba Nymeria. Tal fue mi desesperación que empecé a revisar uno por uno todos mis libros, que no son pocos, a ver si mi loba estaba por ahí dentro, pero nada, no había ni rastro, lo que me llevo a descolgar una de mis estanterías de la pared por si el marcapáginas se hubiera caído y estuviera entre el mueble y la pared, pero tampoco. Sólo podía resignarme, había perdido a Nymeria. Me costó bastante superarlo, estuve muchas semanas sin leer un libro porque me resultaba desolador no poder utilizar mi marcapáginas cuando me leía las primeras hojas de alguno. Estaba como un mago sin su varita, incapaz de hacer magia.

Al final uno siempre vuelve a los libros porque se puede hacer magia con ellos aunque no se tenga varita, y porque no es tan fácil salir de las drogas. Pero como a Arya, siempre me quedará la esperanza de que Nymeria vuelva a Invernalia.

 

 

Hasta aquí la noche

Recuerdo una noche de luna llena, no mucho mejor que ésta, en la que estaba yo paseando por el parque con mi perra Dena. Era invierno y llovía a cantaros, Dena se camuflaba entre las sombras y yo chapoteaba en los charcos para llamar su atención y no perderla de vista. Era una noche triste, como casi todas, en la que dolía todo como siempre. Las noches siempre están cargadas de tristeza, pueden convertirse en lo más íntimo, en lo más privado del ser, en la recapitulación de toda una vida y todos los momentos que faltaron para que esa misma noche fuera perfecta, pero sin embargo nunca lo es.

Esta noche hay luna llena, o cerca de estarlo, tampoco soy experto en el tema, pero sé que podría haber sido perfecta. Un día como el de ayer escribí que los fines de semana siempre acabo igual; de madrugada, con algún trago de más y lleno de rabia. A veces algo va mal, te das cuenta de que hay que corregirlo pero nunca termina de arreglarse. Me he sentado al lado de mi noche perfecta, la he mirado de frente y luego de reojo, siempre con admiración, luego he visto como se esfumaba por mi culpa, o quizá no fuera culpable, pero se ha esfumado igual, dejando un sentimiento de responsabilidad inamovible. He visto escaparse millones de noches sentado en la barra del bar y al final esas han sido mis mejores noches, en las que recuerdo todo lo que no he sido y todo lo que soy gracias a ello.

A veces he llegado a ser realmente feliz en la nocturnidad, a veces parece que no hay un mañana, nadie piensa más allá del final de la noche e incluso hay personas que se paran a escuchar, o te hacen sentir como en casa y entonces no importa lo que venga después porque en ese momento eres libre, las preocupaciones ya llegarán mañana. Esas noches puedo ser yo, y todo lo que soy yo es una historia cuando mi compañía la encuentra digna de ser escuchada. Hace unos meses tuve una noche estelar, casi fugaz, en espléndida compañía que tan feliz me estaba haciendo que dejé la noche volar.

Al final acabé tumbándome en el césped del parque mientras llamaba a Dena, que campaba a sus anchas por la oscuridad fuera de control. Llegué a casa más o menos como llego siempre, con la sensación de haber estado metido en todos los charcos.

 

Octubre

Este octubre me ha sabido como un noviembre que anduve bajo la lluvia con la cabeza agachada. Me gusta pasear bajo la lluvia y calarme mientras ando hacia ninguna parte, de alguna forma me hace sentir que una pequeña parte de la mierda que arrastro se va con el agua. Aquel noviembre lo describió meses más tarde un superhombre en tres palabras: “mira, empezamos tristes”. Esa frase ha retumbado en mí millones de veces, siempre de vuelta a casa dando igual el lugar del que procediera, siempre derrotado. Este triste octubre no ha ido mucho mejor para ese extraordinario señor, ni, por descontado, para mí.

Ha sido un mes con aroma rancio, con esencia gris, con sabor a fracaso. Todo eso que solía traer el frío de noviembre ha llegado en un caluroso octubre con banda sonora de Johnny Cash. Los paseos bajo la lluvia, los cigarros interminables, los tragos demasiado breves, las conversaciones intrascendentes, todo lo he hecho acompañado de una incesable presión en el pecho que conozco mejor que a mí mismo. “Nunca se conoce a nadie lo bastante. Incluso si te conocieses demasiado a ti mismo, dijo no sé quién, dejarías de saludarte” tuiteó un día Juan Tallón.

Dormía cuando debía estar despierto, estaba despierto deseando poder dormir. La mente nublada, estas pasadas semanas mi cabeza no funciona, todas las nubes que le han faltado a octubre las tengo yo en el cerebro. Me siento tonto, ridículo, soy incapaz de pensar con claridad, noto mi cabeza muy lenta y pesada. Necesito tiempo para pensar, tiempo para leer, tiempo para asimilar el mundo que me rodea y sobrepasa. Pero nunca hay tiempo, siempre se está escapando, siempre está corriendo.

Se va octubre, tan gris como noviembre triste.

Gris

Hay días en los que ni si quiera está el bar para refugiarse, días en los que el mundo pesa demasiado desde horas tempranas y no hay forma de huir, no queda espacio por donde correr y todo se vuelve gris.

Levantarse de la cama es una imposición, una obligación que tenemos todos si queremos tener una vida, es el precio que hay que pagar por tener nuestro propio huequecito en el mundo. Pero a veces levantarse de la cama es demasiado, a veces no merece la pena tanto esfuerzo, tantas horas de sueño perdidas, tantas legañas, tanta resignación, sentir el peso de tu vida matándote por simplemente cumplir con una función. Hay días que no merecen ser vividos, hay días que no tienen nada bueno, todo duele y todo molesta.

Vivir también puede ser agotador y largo, las semanas nunca terminan de empezar, o de acabarse, y los meses pasan a cámara lenta como si hubiera alguna jugada de belleza digna de ser apreciada que nunca llega. En cambio los años pasan como si fueran días, ayer, sin ir más lejos, estaba yo en 2013 a punto de remontarlo todo con convicciones firmes y mala leche, hacía un día horrible, gris y plomizo como el de hoy, pero ayer había razones e ideas, había un reto, un día digno de ser vivido. Esta mañana lo único que había era desesperación y una barba indomable. Menos mal que por lo menos llovía.

Trágicas bellas palabras

Siento una intensa tristeza por todos esos artículos que en su día leí con profunda admiración y he olvidado. Simples párrafos de cuatro o cinco líneas de más calidad que muchos libros, palabras más reconfortantes que cualquier acción, a veces hasta mejores que un trago, que ahora se han evaporado. Es realmente una tragedia.

Mi gusto por la lectura empezó leyendo artículos de periódico, entrevistas, columnas de opinión, reportajes, pero no leyendo libros, esos llegarían más tarde. Y ahora, que gracias a aquellos textos soy un hombre mejor, los he olvidado como si fueran nombres de antiguos compañeros de clase, como si sólo hubieran sido conocidos de una noche de fiesta. Han dejado en mí una nublosa y gris resaca que deja entrever lo bello de las horas anteriores, pero que impide recordar lo sublime que fue la noche. Pero no sólo me ocurre con los artículos de entonces, sino también con los de ahora. Suelen aparecer sin previo aviso, es difícil encontrarlos cuando los buscas, te hacen leerlos con devoción, te cautivan con sus frases que apuntas o intentas memorizar y luego inevitablemente caen en el olvido, como un amor fugaz del que sólo han quedado las esencias.

A veces la buena escritura aparece de repente y nos salva la vida, y nosotros, como siempre, no sabemos estar a la altura.

De verdad que lo siento

Soy un hombre de errores simples, aparentemente sin trascendencia, que desencadenan el infierno. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, miré mal el horario de autobuses. Yo había quedado con mi amigo Nacho para tomar una cerveza en Alcalá, pero el autobús nunca pasó porque había pasado media hora antes, así que tuve que ponerme en plan responsable y coger el coche mientras me repetía varias veces: “hoy salgo de tranquis, pero de tranquis de verdad”.

Mi colega estaba esperándome en Alcalá con una amiga nuestra, que se ve que tenía muchas ganas de beber y encontró la oportunidad. Fuimos los tres a La Panadería, que efectivamente es un bar y no venden pan de ningún tipo, y un sitio que se llama así, y no vende pan, sólo puede ser un bar magnífico. Es el típico local donde uno siempre ha querido entrar y cuando entra sigue queriendo entrar siempre. A mí la primera vez que entré el dueño me invitó a un chupito, y para mí que me inviten es como firmar un contrato vitalicio con el bar, la segunda sólo fueron un par de cervezas, la tercera fue indescriptible.

Todo empezó con unos tercios de Mahou y cuencos gigantes de pipas en un bar con buena música donde tres amigos hablaban desinteresadamente. A la hora el local se empezaba a llenar y el tercio de 1906 que tenía en la mano estaba vacío, las señales eran muy claras, hora del chupito. Yo no me podía olvidar de que tenía que conducir, así que pagamos y cuando estábamos a punto de irnos el camarero nos invitó a tres cervezas, empezó a hablarnos con pasión, y también nos invitó a otros tres chupitos; el fin había llegado, ya ni dios podía irse de allí, los camareros nos habían camelado y no podíamos parar de hablar con ellos ni con la gente de la barra.

Yo veía aparecer y desaparecer tercios y chupitos de jagermeister a una velocidad que ya quisiera Fernando Alonso. Pero por lo menos yo veía, porque mi colega Nachete parecía estar en Narnia, mientras a mi amiga, como suele decir mi amigo Andrés, le había entrado el pedo depresivo. El primero acabó potando en el baño y la segunda tomando el aire en la calle odiando la vida. Yo, simultáneamente, le explicaba el panorama a un señor muy simpático de Daganzo que tenía al lado en la barra, mientras la casa seguía invitándome: “Mira, es que mi amigo va trifásico, vamos hasta el culo de jager y le habrá sentado mal. Mi amiga ahora odia el mundo, lo normal, es que había un chico y ya sabes… Yo tengo que llevarles a los dos a casa, y he bebido un poco, pero seguro que se me pasa”. El señor decía algo de que no hay que mezclar y que tuviera cuidado con los controles, que a él le habían parado hace poco y no sé qué historias. A mí me pareció un señor espléndido. Cuando apareció Nacho y pagamos, por segunda vez, sólo nos cobraron un tercio a cada uno de los dos o tres de la segunda ronda, y no tuve más remedio que despedirme del camarero alegremente, también del señor de mi izquierda, al que le di un fuerte apretón de manos e intercambiamos los nombres, aunque no me acuerdo del suyo, con deseos de volver a vernos.

De camino al coche yo iba rezando nerviosamente para que todos los obstáculos que hubiera por la carretera se abrieran como Moisés abrió las aguas. El camino al coche fue largo porque tenía que serlo, no quedaba otra si queríamos subir en él. Yo me empecé a sentir culpable porque llevaba a dos personas como una cuba conmigo, y empecé a pedirme disculpas a mí mismo y ya no dejé las disculpas en toda la noche. Iba pidiéndole disculpas al coche mientras conducía, pensando en cómo le pediría perdón a la policía si me paraban. Por suerte pudimos llegar los tres a casa sin percances y enteros.

Ya bajo mi techo a mí me invadía el sentimiento de culpa, como si hubiera estado envenenando a mis amigos. Me acordé de mi amigo JB, lo que también me hizo sentir un poco mal porque había pasado una noche épica sin él. Pensé en decirle que sólo habían sido dos tragos, una borrachera sin importancia, que esa noche no significaba nada comparado con lo nuestro, que por favor me perdonara. También pensé que debía pedirle disculpas a mi amiga, que había acabado borracha y triste y yo sentí que tenía parte de la culpa. Pidiéndole perdón a mi amiga acabé pidiéndoselo también a otra chica por error, que no tenía nada que ver, aunque pensándolo bien también se merecía una disculpa, pero no esa claro está. Luego pensé en disculparme por haberme disculpado por error, pero por algún motivo pensé que sería demasiado ridículo dentro de todo ese ridículo. Así que me pedí perdón mí mismo e incluso esta vez me perdoné, que aunque yo sintiera que había pasado la noche haciendo atrocidades lo único que hice fue pasármelo bien, y eso no me lo quita nadie.