Marcapáginas

Hace unos días The Telegraph publicaba una noticia sobre el nacimiento de unos lobeznos a las afueras de Roma, decía la noticia que llevaban más de cien años sin nacer lobos salvajes en la capital italiana. Yo, como admirador del lobo, me alegré mucho por la noticia, creo que Roma siempre debe tener lobos por respeto a su leyenda, por respeto a su madre, que al fin y al cabo nos ha dado de mamar a todos nosotros, los occidentales. Nunca sabes cuánto puede influir una loba en tu vida.

Un día cualquiera, hace tres o cuatro años, sin motivo especial aparente, mi madre decidió regalarme un par de libros y un marcapáginas. Generalmente toda mi atención se hubiera centrado en esos dos libros de José Luis Sampedro, que a día de hoy sigo sin haber leído, pero en ese instante era imposible mirar otra cosa que no fuera ese chulísimo marcapáginas en 3D. Los libros siempre son motivo de alegría, nunca sabes cuándo vas a tener que acudir a ellos, pero sabes que siempre van a estar ahí para ayudarte. Con el marcapáginas evidentemente es diferente, hay miles de marcapáginas que se pierden y nadie los echa de menos porque hay miles más, pero ése era especial, supe que sería mi compañero inseparable de viaje al ver la imagen de un lobo blanco en la nieve al que yo convertí en loba al llamarla Nymeria, su nombre tenía que salir de un libro dado que su labor iba a ser estar siempre dentro de ellos.

Sí, es probable que ponerle nombre a un marcapáginas no hable demasiado bien de mi salud mental, pero ahí estábamos Nymeria y yo, devorando libros noche y día como si fuera la cosa más importante del mundo, que efectivamente lo es. Éramos inseparables, fuese a dónde fuese siempre llevaba un libro conmigo y a la loba dentro. Pasamos juntos por autobuses, trenes, museos, parques, ciudades e incluso otro país, a veces hasta se empapaba de cerveza por algún descuido mío en los bares. Hubo noches, entrada la madrugada, en las que estaba tan exhausto de leer que dejaba el libro abierto boca abajo en mi escritorio y me quedaba mirando el marcapáginas unos minutos, sentía la satisfacción del deber cumplido y un cariño tremendo hacia aquel objeto.

Después de pasar por una infinidad de mundos juntos, de repente, un día, al empezar a leer un libro, me di cuenta de que me faltaba Nymeria. Tal fue mi desesperación que empecé a revisar uno por uno todos mis libros, que no son pocos, a ver si mi loba estaba por ahí dentro, pero nada, no había ni rastro, lo que me llevo a descolgar una de mis estanterías de la pared por si el marcapáginas se hubiera caído y estuviera entre el mueble y la pared, pero tampoco. Sólo podía resignarme, había perdido a Nymeria. Me costó bastante superarlo, estuve muchas semanas sin leer un libro porque me resultaba desolador no poder utilizar mi marcapáginas cuando me leía las primeras hojas de alguno. Estaba como un mago sin su varita, incapaz de hacer magia.

Al final uno siempre vuelve a los libros porque se puede hacer magia con ellos aunque no se tenga varita, y porque no es tan fácil salir de las drogas. Pero como a Arya, siempre me quedará la esperanza de que Nymeria vuelva a Invernalia.

 

 

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Hasta aquí la noche

Recuerdo una noche de luna llena, no mucho mejor que ésta, en la que estaba yo paseando por el parque con mi perra Dena. Era invierno y llovía a cantaros, Dena se camuflaba entre las sombras y yo chapoteaba en los charcos para llamar su atención y no perderla de vista. Era una noche triste, como casi todas, en la que dolía todo como siempre. Las noches siempre están cargadas de tristeza, pueden convertirse en lo más íntimo, en lo más privado del ser, en la recapitulación de toda una vida y todos los momentos que faltaron para que esa misma noche fuera perfecta, pero sin embargo nunca lo es.

Esta noche hay luna llena, o cerca de estarlo, tampoco soy experto en el tema, pero sé que podría haber sido perfecta. Un día como el de ayer escribí que los fines de semana siempre acabo igual; de madrugada, con algún trago de más y lleno de rabia. A veces algo va mal, te das cuenta de que hay que corregirlo pero nunca termina de arreglarse. Me he sentado al lado de mi noche perfecta, la he mirado de frente y luego de reojo, siempre con admiración, luego he visto como se esfumaba por mi culpa, o quizá no fuera culpable, pero se ha esfumado igual, dejando un sentimiento de responsabilidad inamovible. He visto escaparse millones de noches sentado en la barra del bar y al final esas han sido mis mejores noches, en las que recuerdo todo lo que no he sido y todo lo que soy gracias a ello.

A veces he llegado a ser realmente feliz en la nocturnidad, a veces parece que no hay un mañana, nadie piensa más allá del final de la noche e incluso hay personas que se paran a escuchar, o te hacen sentir como en casa y entonces no importa lo que venga después porque en ese momento eres libre, las preocupaciones ya llegarán mañana. Esas noches puedo ser yo, y todo lo que soy yo es una historia cuando mi compañía la encuentra digna de ser escuchada. Hace unos meses tuve una noche estelar, casi fugaz, en espléndida compañía que tan feliz me estaba haciendo que dejé la noche volar.

Al final acabé tumbándome en el césped del parque mientras llamaba a Dena, que campaba a sus anchas por la oscuridad fuera de control. Llegué a casa más o menos como llego siempre, con la sensación de haber estado metido en todos los charcos.

 

Octubre

Este octubre me ha sabido como un noviembre que anduve bajo la lluvia con la cabeza agachada. Me gusta pasear bajo la lluvia y calarme mientras ando hacia ninguna parte, de alguna forma me hace sentir que una pequeña parte de la mierda que arrastro se va con el agua. Aquel noviembre lo describió meses más tarde un superhombre en tres palabras: “mira, empezamos tristes”. Esa frase ha retumbado en mí millones de veces, siempre de vuelta a casa dando igual el lugar del que procediera, siempre derrotado. Este triste octubre no ha ido mucho mejor para ese extraordinario señor, ni, por descontado, para mí.

Ha sido un mes con aroma rancio, con esencia gris, con sabor a fracaso. Todo eso que solía traer el frío de noviembre ha llegado en un caluroso octubre con banda sonora de Johnny Cash. Los paseos bajo la lluvia, los cigarros interminables, los tragos demasiado breves, las conversaciones intrascendentes, todo lo he hecho acompañado de una incesable presión en el pecho que conozco mejor que a mí mismo. “Nunca se conoce a nadie lo bastante. Incluso si te conocieses demasiado a ti mismo, dijo no sé quién, dejarías de saludarte” tuiteó un día Juan Tallón.

Dormía cuando debía estar despierto, estaba despierto deseando poder dormir. La mente nublada, estas pasadas semanas mi cabeza no funciona, todas las nubes que le han faltado a octubre las tengo yo en el cerebro. Me siento tonto, ridículo, soy incapaz de pensar con claridad, noto mi cabeza muy lenta y pesada. Necesito tiempo para pensar, tiempo para leer, tiempo para asimilar el mundo que me rodea y sobrepasa. Pero nunca hay tiempo, siempre se está escapando, siempre está corriendo.

Se va octubre, tan gris como noviembre triste.

Gris

Hay días en los que ni si quiera está el bar para refugiarse, días en los que el mundo pesa demasiado desde horas tempranas y no hay forma de huir, no queda espacio por donde correr y todo se vuelve gris.

Levantarse de la cama es una imposición, una obligación que tenemos todos si queremos tener una vida, es el precio que hay que pagar por tener nuestro propio huequecito en el mundo. Pero a veces levantarse de la cama es demasiado, a veces no merece la pena tanto esfuerzo, tantas horas de sueño perdidas, tantas legañas, tanta resignación, sentir el peso de tu vida matándote por simplemente cumplir con una función. Hay días que no merecen ser vividos, hay días que no tienen nada bueno, todo duele y todo molesta.

Vivir también puede ser agotador y largo, las semanas nunca terminan de empezar, o de acabarse, y los meses pasan a cámara lenta como si hubiera alguna jugada de belleza digna de ser apreciada que nunca llega. En cambio los años pasan como si fueran días, ayer, sin ir más lejos, estaba yo en 2013 a punto de remontarlo todo con convicciones firmes y mala leche, hacía un día horrible, gris y plomizo como el de hoy, pero ayer había razones e ideas, había un reto, un día digno de ser vivido. Esta mañana lo único que había era desesperación y una barba indomable. Menos mal que por lo menos llovía.

Trágicas bellas palabras

Siento una intensa tristeza por todos esos artículos que en su día leí con profunda admiración y he olvidado. Simples párrafos de cuatro o cinco líneas de más calidad que muchos libros, palabras más reconfortantes que cualquier acción, a veces hasta mejores que un trago, que ahora se han evaporado. Es realmente una tragedia.

Mi gusto por la lectura empezó leyendo artículos de periódico, entrevistas, columnas de opinión, reportajes, pero no leyendo libros, esos llegarían más tarde. Y ahora, que gracias a aquellos textos soy un hombre mejor, los he olvidado como si fueran nombres de antiguos compañeros de clase, como si sólo hubieran sido conocidos de una noche de fiesta. Han dejado en mí una nublosa y gris resaca que deja entrever lo bello de las horas anteriores, pero que impide recordar lo sublime que fue la noche. Pero no sólo me ocurre con los artículos de entonces, sino también con los de ahora. Suelen aparecer sin previo aviso, es difícil encontrarlos cuando los buscas, te hacen leerlos con devoción, te cautivan con sus frases que apuntas o intentas memorizar y luego inevitablemente caen en el olvido, como un amor fugaz del que sólo han quedado las esencias.

A veces la buena escritura aparece de repente y nos salva la vida, y nosotros, como siempre, no sabemos estar a la altura.

De verdad que lo siento

Soy un hombre de errores simples, aparentemente sin trascendencia, que desencadenan el infierno. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, miré mal el horario de autobuses. Yo había quedado con mi amigo Nacho para tomar una cerveza en Alcalá, pero el autobús nunca pasó porque había pasado media hora antes, así que tuve que ponerme en plan responsable y coger el coche mientras me repetía varias veces: “hoy salgo de tranquis, pero de tranquis de verdad”.

Mi colega estaba esperándome en Alcalá con una amiga nuestra, que se ve que tenía muchas ganas de beber y encontró la oportunidad. Fuimos los tres a La Panadería, que efectivamente es un bar y no venden pan de ningún tipo, y un sitio que se llama así, y no vende pan, sólo puede ser un bar magnífico. Es el típico local donde uno siempre ha querido entrar y cuando entra sigue queriendo entrar siempre. A mí la primera vez que entré el dueño me invitó a un chupito, y para mí que me inviten es como firmar un contrato vitalicio con el bar, la segunda sólo fueron un par de cervezas, la tercera fue indescriptible.

Todo empezó con unos tercios de Mahou y cuencos gigantes de pipas en un bar con buena música donde tres amigos hablaban desinteresadamente. A la hora el local se empezaba a llenar y el tercio de 1906 que tenía en la mano estaba vacío, las señales eran muy claras, hora del chupito. Yo no me podía olvidar de que tenía que conducir, así que pagamos y cuando estábamos a punto de irnos el camarero nos invitó a tres cervezas, empezó a hablarnos con pasión, y también nos invitó a otros tres chupitos; el fin había llegado, ya ni dios podía irse de allí, los camareros nos habían camelado y no podíamos parar de hablar con ellos ni con la gente de la barra.

Yo veía aparecer y desaparecer tercios y chupitos de jagermeister a una velocidad que ya quisiera Fernando Alonso. Pero por lo menos yo veía, porque mi amigo Nachete parecía estar en Narnia, mientras a mi amiga, como dice mi amigo Andrés, le había dado el pedo depresivo. El primero acabó potando en el baño y la segunda tomando el aire en la calle odiando la vida. Yo, simultáneamente, le explicaba el panorama a un señor muy simpático de Daganzo que tenía al lado en la barra, mientras la casa seguía invitándome: “Mira, es que mi amigo va trifásico, vamos hasta el culo de jager y le habrá sentado mal. Mi amiga ahora odia el mundo, lo normal, es que había un chico y ya sabes… Yo tengo que llevarles a los dos a casa, y he bebido un poco, pero seguro que se me pasa”. El señor decía algo de que no hay que mezclar y que tuviera cuidado con los controles, que a él le habían parado hace poco y no sé qué historias. A mí me pareció un señor espléndido. Cuando apareció Nacho y pagamos, por segunda vez, sólo nos cobraron un tercio a cada uno de los dos o tres de la segunda ronda, y no tuve más remedio que despedirme del camarero alegremente, también del señor de mi izquierda, al que le di un fuerte apretón de manos e intercambiamos los nombres, aunque no me acuerdo del suyo, con deseos de volver a vernos.

De camino al coche yo iba rezando nerviosamente como aquel francotirador de la película Salvar al Soldado Ryan, que le pedía a Dios puntería para matar a los nazis, aunque yo en cambio le pedía que si mataba a alguien el coche saliera ileso. El camino al coche fue largo porque tenía que serlo, no quedaba otra si queríamos subir en él. Yo me empecé a sentir culpable porque llevaba a dos personas como una cuba conmigo, y empecé a pedirme disculpas a mí mismo y ya no dejé las disculpas en toda la noche. Iba pidiéndole disculpas al coche mientras conducía, pensando en cómo le pediría perdón a la policía si me paraban. Por suerte pudimos llegar los tres a casa sin percances y enteros.

Ya bajo mi techo a mí me invadía el sentimiento de culpa, como si hubiera estado envenenando a mis amigos. Me acordé de mi amigo JB, lo que también me hizo sentir un poco mal porque había pasado una noche épica sin él. Pensé en decirle que sólo habían sido dos tragos, una borrachera sin importancia, que esa noche no significaba nada comparado con lo nuestro, que por favor me perdonara. También pensé que debía pedirle disculpas a mi amiga, que había acabado borracha y triste y yo sentí que tenía parte de la culpa. Pidiéndole perdón a mi amiga acabé pidiéndoselo también a otra chica por error, que no tenía nada que ver, aunque pensándolo bien también se merecía una disculpa, pero no esa claro está. Luego pensé en decirla lo siento por haberla dicho lo siento por error, pero por algún motivo pensé que sería demasiado ridículo dentro de todo ese ridículo. Así que me pedí disculpas a mí mismo e incluso esta vez me perdoné, que aunque yo sintiera que había pasado la noche haciendo atrocidades lo único que hice fue pasármelo bien, y eso no me lo quita nadie.

 

Un camarero magnífico

Volvía a casa por la tarde, después de una mañana larga en Madrid, cuando decidí parar en mi bar para tomarme una cerveza y mandar un poco a la mierda al resto del mundo. Llevaba sin pisar mi bar cuatro días y lo echaba de menos, diez minutos para tomar algo siempre se encuentran. Eran las siete menos cuarto cuando entré y me puse en la barra, la barra es el lugar más apropiado cuando vas solo al bar, las mesas son para los que van en compañía. Había un grupito de personas en una de las mesas y un hombre en la barra. El camarero al sentarme en el taburete me enseñó un tercio de mahou y me preguntó: “Paul, ¿un terciote?” a lo que yo respondí asintiendo y con un “claro”. Entrar en el bar y que sepan lo que quiero me parece maravilloso, qué bonito es cuando alguien sabe lo que quieres con sólo mirarte, además era el mismo camarero que semanas antes nos había llamado a mis colegas y a mí “mis esponjas” y la verdad es que esas cosas me hacen realmente feliz. Empecé a hablar con el camarero como cualquier otro día, me preguntó que cómo es que hoy iba solo y le dije que los demás estaban liados y yo ya echaba de menos pasarme por ahí. La conversación estaba siendo muy agradable, hablamos de mi vida y luego de la suya, me lo estaba pasando tan bien que sin querer me pedí otra cerveza. En la tele estaban echando un partido del filial del Barça, cuando le metieron gol a los catalanes le dije: “eso siempre es bueno”, a lo que me respondió: “no sabes tú cuanto”, la vida era fantástica en esos momentos.

El bar se empezó a vaciar, quedábamos sólo dos mujeres sentadas en una mesa, el camarero y yo, cuando éste decidió invitarme a otro tercio. Era todo demasiado bonito así que tenía que torcerse. El hombre me confesó a mitad de mi tercio que era su último día trabajando en el bar y a mí se me partió el corazón. Ese hombre que me había invitado a chupitos, a cervezas y a copas tantas noches, ese camarero que se sabía mi nombre, esa magnífica persona que me llamó su esponja, dejaba el bar. Me contó sus motivos y la verdad es que eran bastante razonables, pero yo no podía más que entristecerme por ello, estaba perdiendo a un magnífico camarero. Como en el bar no había más que dos personas además de nosotros decidió que era el momento de invitarme a un cigarro y salir a fumar, yo en esos momentos pensaba de verdad, y sigo pensando, que estaba ante el mejor camarero de mi vida. En la calle fumando descubrimos que los dos éramos socios del Madrid, los dos teníamos el abono en el fondo sur y los dos habíamos perdido la ilusión con nuestro Real Madrid y no íbamos ya tan a menudo al Bernabéu. Al volver a entrar al bar me contó que estuvo presente en la octava y la novena Copa de Europa del Madrid, que le encantaba ir al fútbol de joven con sus colegas, emborracharse y hacer el gamba en el estadio, y que en la final de París tuvo un pequeño lío con la policía antes del partido, pero como hablaban en francés y no les entendía no se preocupó mucho y al final no pasó nada. Yo le conté que estuve en Lisboa en La Décima y que también entré un poco tajado al estadio. Claro, que con tanta conversación me tuve que pedir otro tercio para que no se me secara la boca.

Empezó a entrar gente en el bar y la conversación ya no era tan fluida, pero yo no estaba dispuesto a irme así, era la última vez que ese camarero me serviría y sentí que mí deber era pedirme la quinta cerveza de la tarde para redondear la despedida. Intercambiamos un par de palabras más, eran las ocho y veinte, yo ya iba un poco chispa y quedaban veinticinco minutos para que empezara el Madrid, era el momento de la despedida. Pagué mis cervezas, le estreché la mano al camarero, le dije que le echaría de menos y salí del bar con una gran sensación de tristeza. Para mí supone un gran pérdida, era bastante alivio entrar en el bar y que te hicieran sentir mejor que en casa, aunque el alcohol también ayuda a esto. Realmente le deseo lo mejor al camarero, espero que sea tan feliz como yo lo he sido en ese bar cuando él me ha atendido.