I want to break free

Hace un par de semanas, mientras paseaba por las calles de Alcalá de Henares, fui espectador de una escena que me resultó maravillosa. Una madre iba andando con sus hijos de la mano por la acera, supongo que los acababa de recoger del colegio, pues ambos críos le iban contando a su madre lo que habían hecho en clase aquella mañana. El niño tendría unos ocho años, la niña tres o cuatro. Hasta aquí todo parecía una escena familiar cotidiana y aburrida, pero de repente nuestra pequeña protagonista decidió soltar la mano de su madre, tirar la mochila al suelo y salir corriendo alocadamente. Yo miraba curioso desde la acera de enfrente como su madre la gritaba: “¡Natalia, vuelve aquí inmediatamente!” Pero Natalia hacía caso omiso y seguía corriendo, esquivando las gigantescas piernas de los adultos, con una sonrisa rebelde en su cara. Lo primero que se me pasó por la cabeza al ver aquello fue Freddie Mercury cantando I want to break free, lo segundo, que debía escribirlo para que quedara constancia del acto subversivo de mi pequeña heroína.

A veces en la vida no significa tanto ser libre, si es que alguien puede serlo, como sentirse libre. A veces es necesario sentir que puedes hacer lo que te dé la gana cuando te dé la gana, sentir que puedes salir corriendo en cualquier momento y que nadie te lo puede impedir, ya pensarás en las consecuencias cuando lleguen. Como cuando Forrest Gump se pasó corriendo tres años, dos meses, catorce días y dieciséis horas, todo porque un día le entraron ganas de echarse una carrerita hasta el final de su calle. La vida también va de eso, de saber romper con todo, de liberarte a ti mismo de vez en cuando. Hay demasiadas cosas que no podemos hacer, se nos es recordado todos los días, pero hay una opción tan antigua como el ser humano que siempre está disponible: mandar todo a la mierda y salir por patas.

Tanto yo como Natalia sabíamos cómo iba a acabar su pequeña huida, su madre la atraparía y le diría cosas de madre, porque por mucho que corras en esta vida de una madre nunca se termina de escapar. Pero eso no importaba, o por lo menos de momento, porque el mundo en esos instantes le pertenecía a Natalia, estaba saboreando la vida. Después seguramente le quitaron ese buen sabor de boca con una reprimenda terrible sobre las cosas que se deben hacer y las que no, un discurso que descargan las madres en su cerebro a partir del embarazo, pero ni con la mayor bronca le podrían arrebatar ese instante en el que fue libre.

Decidí no presenciar el final de la escena y seguir andando mientras Freddie Mercury seguía cantando en mi cabeza. Me habían entrado unas ganas terribles de llegar a casa, meter cuatro cosas en una mochila y salir corriendo hacia ninguna parte. Pero yo no tengo ni de lejos el valor de Natalia, así que decidí escribir sobre ella, pero seguramente me quedé mirando a la pared demasiado tiempo, o apalancado en el sofá, o delante del teclado sin saber muy bien cómo debía aporrearlo. No ha sido hasta hoy cuando he reunido el valor suficiente para escribir sobre aquella niña, porque escribir, a veces, también es una forma de salir corriendo.

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Mi más fiel compañera

Los sábados siempre me acuesto sólo y los domingos por la mañana siempre está conmigo. Y no precisamente para hacerme una visita breve, sino para pasar todo el santo día juntos.

A eso de la una de la tarde se empieza a filtrar la luz por mi rota persiana, se oyen ruidos por toda la casa de la gente que tiene cosas que hacer, entonces yo abro los ojos y ella ya está ahí, y la verdad es que mi compañera la resaca no le tiene mucho aprecio a la luz, ni a los sonidos fuertes, y además tiene un fuerte sabor a cerveza rancia. Una media hora más tarde, después de mirar las noticias del día en twitter y comprobar que nadie me echa de menos por whatsapp, consigo salir de la cama. Al abrir la puerta del cuarto me llega el sonido de la olla exprés y ese delicioso olor a cocido madrileño, que no sé si me va a resucitar o terminar de descomponer el cuerpo. Entro en la cocina y me pongo a desayunar el típico café anti-resaca, que también sabe a cerveza rancia, acompañado del primer alimento que vea por allí, y sí, sea el alimento que sea, generalmente también va a saber a cerveza rancia. Porque con una buena resaca por las mañanas lo único que no va a saber a cerveza rancia es una cerveza.

El resto de lo que yo llamo mañana, pero es comúnmente conocido como tarde, transcurre tranquilamente. Paso el tiempo tirado en el sofá hasta la hora de comer, inmóvil, para que la gente que tiene cosas que hacer no me detecte y me mande hacer cosas a mí también. Entonces llega la prueba de fuego, cara a cara el platazo de cocido y yo, no le doy tiempo a hablar, lo devoro sin clemencia y que sea lo que mi descompuesto cuerpo quiera. El tiempo empieza a pasar muy lentamente, ya no sé que hacer con mi inseparable compañera y empiezo a sentir la soledad de la resaca, porque una resaca sólo es resaca si estás solo, porque si estuvieras acompañado seguirías bebiendo. Mi amiga y yo primero nos vemos una película, después un partido de fútbol y acabamos metiéndonos con Casillas en twitter. Y nada, que la tía no me deja en paz ni dos minutos, es un suplicio. Me agota su presencia, me consume, incluso me planteo si debería plantearme el beber menos, o por lo menos me planteo que debería planteármelo por el bien de mi salud.

A eso de las ocho de la tarde, ya aburridos el uno del otro, cuando creo que he perdido la libertad de mi cuerpo, ocurre algo mágico, empiezo a notar como algo se mueve dentro de mí, siento mariposas en el estómago. Efectivamente, el momento había llegado, me estaba dando un apretón. Voy corriendo al baño y comienzo a parir restos de cosas que ni investigadores de la universidad de Oxford descubrirían su procedencia. Al acabar el doloroso acto tiro felizmente de la cadena, soy un hombre nuevo, sonrío mientras veo como se va mi compañera girando por el retrete rodeada de mierda.

Siempre fuimos más felices.

“Sonidos del pasado que vuelven para recordarnos que siempre fuimos más felices y estuvimos más vivos” esto comentaba Manuel Jabois sobre el paso del tiempo en su libro Manu. Seguramente sea la frase menos destacable del libro, ya que el libro es humorístico, pero buena frase al fin y al cabo.

Llega la madrugada, la vuelta a casa, la mayoría de las veces dando tumbos por culpa de unas cervezas de más, otras con gesto inexpresivo como si nada importara. Pero siempre acompañado de esa sensación de vacío en el pecho, esa que nunca le abandona. En sus ojos se refleja la verdad, la derrota. Nadie le da las buenas noches, nadie le va a alegrar por la mañana, pues ahí sólo está él y su enorme cama vacía. Hora de soñar, de esperar el comienzo de un día mejor, no un día más. El hombre que soñó con construirse a sí mismo y terminó por autodestruirse, el hombre que construyó sus sueños sin saber que serían su pesadilla. Estuvo tocando la gloria creyendo que ya la tenía, cuando en realidad ya la había perdido, ¿estuvo alguna vez si quiera cerca de conseguirla? Vive recordando tiempos mejores, luchando por recuperarlos, sin saber si realmente existieron. Creyó y confió  hasta el final, mostró la verdad y la verdad acabó con él. Amanece y mientras todo el mundo se levanta a cumplir su deber, el hombre derrotado sueña. No hay gloria alguna en el intento, no hay descanso hasta la victoria.

Siempre habremos vivido el mejor momento de nuestra vida.

Granero a Topor