El Gaseosa

Recuerdo mi primera vez en un partido de la fase del KO de la Champions, el Bernabéu lleno, Capello en el banquillo y el Bayern de Munich enfrente. Era el partido de ida de octavos de final, la primera vez siempre es inolvidable y da mucho respeto. Aquel partido lo acabó ganando el Madrid, a la vez que empezó a perder la eliminatoria encajando un gol en el descuento. El autor de aquel gol fue Van Bommel, exjugador blaugrana, que lo celebró con unos cuantos cortes de mangas hacia la grada blanca, se ve que en Barcelona le enseñaron los mismos valores que a Piqué. Aquello despertó la furia en el público, fue en ese momento cuando emergió la figura de El Gaseosa, un socio abonado que se sentaba cerca mía por aquella época, el hombre parecía conocer a fondo a la familia entera de Van Bommel, pues no paraba de mandarles recuerdos histéricamente. “De esta nos vamos a acordar en Alemania, me cago en la puta” nos decía a los aficionados de alrededor el buen señor. Y vaya que si nos acordamos, a los diez segundos de comenzar el partido en Munich Roy Makaay ya nos estaba haciendo las maletas para volver a casa. Eran los años de la maldición de octavos en Chamartín, los años en los que compartí no poca gloria y muchas penas con El Gaseosa.

El Gaseosa tenía pinta de tipo duro, llevaba el pelo muy corto, un pendiente en la oreja izquierda y vestía casi siempre chaqueta de cuero. Vivía el fútbol de manera muy intensa, fuese el rival que fuese, él no podía parar de gritar improperios durante todo el partido. Su vocabulario era riquísimo en tacos, no he visto a nadie insultar mejor en mi vida. Pero si algo le caracterizaba de verdad era su pasión por Robinho, se le alegraba la cara cada vez que el brasileño tocaba el balón mientras señalaba animadamente: “mirad como burbujea”. Para él ver a Robinho era como ver el anuncio de las burbujas de Freixenet. Tal era su emoción cuando veía jugar al diez madridista que un día ya no pudo contenerse más y le gritó: “¡Vamos coca cola!” A partir de ese momento el fútbol en el Bernabéu nunca volvió a ser igual. Robinho empezó a recibir diferentes motes en todos los partidos; a veces era casera, otras fanta y en ocasiones incluso sprite, pero siempre era alguna bebida con gas. El ingenio de El Gaseosa no sólo le servía para insultar, sino también para carbonatar a un jugador y ganarse un apodo.

Después de caer en Champions a Capello no le quedó más remedio que la epopeya de ganar la Liga. Aquel final de temporada no apto para cardíacos lo viví yo con el madridista más histérico de todo el estadio sentado detrás, como si esa Liga no nos proporcionara ya suficiente histeria a todos. Recuerdo en especial, como todos los que vivimos ese partido, el gol de Higuaín al Espanyol en el último suspiro. Las gradas del Bernabéu temblaban, literalmente, y todo el estadio se fundió en una masa de gente abrazada que saltaba de arriba abajo. Yo lloraba desconsoladamente, porque no llorar con aquel gol, después de habernos ido palmando 1-3 al descanso, era de no tener corazón. Y fue en medio de ese abrazo multitudinario cuando me di cuenta de que El Gaseosa, con toda su mala leche y su pinta de tipo duro, tenía un corazoncito como el mío. Entre todas las cosas bonitas que rodean el fútbol también se encuentran los lazos entre las personas, es muy poderoso el vínculo que se puede forjar entre desconocidos que se ven cada dos fines de semana para compartir su pasión.

La temporada siguiente volvimos a ganar la Liga y volvimos a caer en octavos, esta vez contra la Roma y con Schuster en el banquillo, la maldición ya se estaba cebando con nosotros. De los seis años que duró el mal fario, yo viví los cuatro últimos con El Gaseosa. Caer en octavos era algo entendible si tu verdugo era el Bayern o aquel Arsenal de Henry, pero que te echara la Roma o el decadente Liverpool de Benítez era la mayor de las desgracias. Después de aquella famosa frase del chorreo y del baño que nos cayó en Anfiled, todavía tuvimos que soportar la mayor de las calamidades, a Pellegrini en el banquillo. Del chileno se puede decir que dejó huella en el madridismo, sobre todo en el Alcorconazo. A partir de esa infame eliminación yo empecé a ver a El Gaseosa capaz de saltar al césped a estrangular a un par de jugadores, o al propio entrenador. Eran los años de la dictadura de Guardiola, los madridistas empezábamos a tener la urgente necesidad de ganar La Décima para paliar nuestro dolor, además aquel año la final era en el Bernabéu, todo parecía predispuesto para coronar el sueño. Pero el Madrid se quedó en octavos otra vez y el sueño se convirtió en pesadilla, parecía que nada ni nadie podría evitar que el Barça ganara una Champions en nuestro estadio, hasta apareció aquel mercenario de Setúbal. El sueño lo acabó coronando Mourinho junto a su Inter, tal y como rezaba el tifo neroazurro antes de la final: “E ora insieme coroniamo il sogno”. El portugués no se ganó el banquillo blanco por ganar la Champions, sino por apear al Barça en semifinales y librarnos del mal. Mou llegó a Chamartín y la maldición de octavos se esfumó, volvíamos a estar en la lucha por el trono, pero por diversas circunstancias nunca llegamos a reinar bajo el mando del portugués.

En mi vida viví el fútbol tanto como en esa odisea que fueron los años de Mourinho en Madrid, ganar se había convertido en una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Tal era la intensidad que se palpaba en aquella etapa que cualquier aficionado medio del Bernabéu parecía El Gaseosa, así que El Gaseosa se convirtió en la versión madridista de Tano Pasman (aquel aficionado de River que gritaba furiosamente al televisor mientras su equipo descendía). La fiebre del Mourinhismo nos llevó a celebrar un Copa del Rey como una Champions y a ganar la gloriosa Liga de los récords, pero La Décima seguía sin llegar. Mourinho, como todos los grandes héroes de la Historia, también acabó cayendo. El Gaseosa había soportado a mi lado la maldición de octavos, el Alcorconazo y el Irunazo en Copa, el 2-6, el arbitraje de Stark en las semifinales de Champions, e incluso la marcha de su amado Robinho, pero la caída del portugués fue demasiado para él. Todos los que vivimos al pie del cañón los años de Mou tuvimos que reinventar nuestra forma de vivir el fútbol tras su paso, El Gaseosa lo hizo dejando de ir al estadio a ver los partidos.

Fue en aquellos años de la maldición de octavos, entre muchas lágrimas y noches sin dormir, cuando aprendí que cada eliminatoria de Champions había que vivirla como si fuera la última. Fue en esos locos años de Mourinho cuando aprendí a saborear la dulzura de pasar de eliminatoria mientras la mitad se quedan por el camino. Y fueron los madridistas como El Gaseosa los que me enseñaron, año tras año, en la desolación de la eliminación, a nunca perder la esperanza de ganar la Copa de Europa: “Tranquilo chaval, el año que viene la ganamos” me decían habitualmente a la salida del Bernabéu mientras me daban un par de palmaditas en la espalda. A veces el año que viene tarda en llegar muchos años, por eso tenemos que saborear cada trocito del camino que lleva a ganar la Champions. La última vez que vi a El Gaseosa fue en las semifinales del año de La Décima, ante la sorpresa general de todos los abonados de la zona nos espetó: “Yo no me voy de aquí sin ganar la Copa de Europa”.

 

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Penaltis

Algunas noches, sin remedio, me acuesto pensando en aquella fatídica tanda de penaltis contra el Bayern en las semifinales de Champions del 2012. Aún recuerdo el silencio sepulcral del Bernabéu mientras el disparo de Ramos ponía rumbo a la estratosfera, hay heridas que nunca se cierran. Recuerdo el silencio y el azul del respaldo de mi asiento, porque eso es todo lo que me atreví a ver de aquella tanda, ante la atronadora falta de sonido miré desconsolado a mi madre: “a las nubes hijo, lo ha mandado a las nubes”. Después de aquellas lapidarias palabras mis lágrimas empezaron a saltar como los pasajeros del Titanic, sin esperanza alguna. Schweinsteiger (sí, he copiado y pegado el nombre) dio el tiro de gracia, La Décima se haría esperar, otra vez. Anteriormente Iker, cuyo nombre fue coreado por todo el estadio nada más finalizar la prórroga, paró sendos penaltis a Kroos y a Lahm, porque antes de su época de villano fue héroe, y de los que hacía soñar, pero los sueños a menudo se ven truncados por culpa de algún alemán. Caí derrotado en mi asiento y juré venganza mientras la fiesta alemana se apoderaba del Bernabéu, saboreando la siempre asquerosa sensación de perder la oportunidad de ganar la Copa de Europa, sensación satisfactoria solamente para el aficionado colchonero. La venganza llegó un par de temporadas después, pero siempre me quedará la espinita de no haber visto al mejor entrenador de Europa ganar la Champions con el mejor equipo de Europa. Aquella tanda me pilló a la vez que el amor adolescente, en cuestión de días mis sueños se vieron truncados, mi héroe derrotado y mi corazón roto.

Las primeras tandas de penaltis de las que tengo conciencia son las que tuvo que disputar España en el Mundial de Corea y Japón en 2002, con Casillas, otra vez, como protagonista. Se presentó España, tras una fase de grupos perfecta, en octavos de final contra la Irlanda de Robbie Keane. El delantero irlandés tuvo la gracia de empatar el partido en el último minuto y mandarlo a la prórroga, luego no tuvimos otra opción que sufrir una horripilante tanda de penaltis. Pasamos nosotros por fallar menos y Casillas se erigió como el Santo de España, siendo el culpable de dos de los tres penaltis errados por los irlandeses. La selección avanzaba a cuartos y todo el país empezó a colgar ajos de la puerta; a evitar andar cerca de gatos negros; a tirarse sal por encima del hombro al derramarse el salero y a besar el pan cuando se caía, pero ni así. De aquel partido de lo que más se acuerdan los españoles es de la madre del árbitro. El trío arbitral le hizo a España lo que Robert Redford y Paul Newman le hicieron a Robert Shaw en El Golpe, prepararon el escenario y nos robaron sin compasión. Ni haciendo veinte goles hubiera evitado la selección la tanda de penaltis, porque ninguno hubiera subido al marcador. Esta vez Iker fue humano, Joaquín erró, Corea metió los cinco y en este país asumimos que era imposible pasar de cuartos. Por aquel entonces yo era un niño sin conciencia futbolística y no sufrí mucho por la eliminación, pero los rituales supersticiosos cada vez que juega mi equipo ya no me los quita nadie.

Corría el año 2008, el canal Cuatro había adquirido los derechos de emisión de la Eurocopa de Austria y Suiza y decidió copiar el eslogan con el que el Real Madrid ganó la Liga de Capello: “Juntos podemos”, pero eliminaron la primera palabra. El lema de Cuatro se fue convirtiendo en lema nacional a medida que España ganaba sus primeros partidos, tras el pleno de victorias en fase de grupos nos volvíamos a enfrentar a la maldición de cuartos. Delante teníamos muchos años de supersticiones y a la todapoderosa Italia de Buffon, Pirlo y compañía, que venían de ser campeones del mundo, pero esta vez teníamos un mantra. Los dos mejores porteros del momento frente a frente, Casillas y Buffon mantuvieron un duelo titánico que condenó el partido a los penaltis, era imposible ver goles de otra forma. Hay situaciones en la vida que uno debe afrontar de frente y a pecho descubierto, por lo que decidí dar la espalda a la televisión cada vez que un jugador español se dirigía al punto fatídico. En Iker, por aquel entonces, confiaba plenamente y no estaba dispuesto a perderme sus milagros. La fórmula daba resultado, España metió los tres primeros y Casillas evitó que Italia hiciera lo mismo parándole uno a De Rossi, así que me tomé la libertad de ver a Güiza tirar el cuarto y, para mi desgracia, lo falló. El partido lo vi en casa de un vecino rodeado de amigos y familiares, que al instante me lanzaron miradas acusadoras, evidentemente se dieron cuenta de que el fallo no fue de Güiza, sino mío. Me sentí por unos minutos como se debió sentir Cardeñosa en el Mundial del 78, culpable de todos los males del país, luego Iker apareció para remediar mi error y aquel sentimiento pasó a Di Natale. Fàbregas metió el quinto y yo, obviamente, no lo vi. España acabó con la maldición de cuartos en el Prater de Viena, donde días más tarde ganaría su segunda Eurocopa. “Podemos”, por aquel entonces, no tenía nada que ver con Pablo Iglesias, sino con el sueño de unos cuantos millones de españoles de ver a su país hacer algo bien mientras se iba económicamente a la mierda. Más tarde Obama copiaría el lema de la selección para adaptarlo a su campaña en la carrera por la Casa Blanca. Años después también le plagiaron el eslogan al presidente de Estados Unidos para fundar otro partido definitivo de la izquierda española. Por lo tanto se puede decir que el mundo gira alrededor del Real Madrid, pero esa es otra historia. Lo que queda claro es que Podemos nació de penalti.

La selección volvió a pasar por el punto fatídico en el verano de 2012 para ganar su tercera Eurocopa, fue en la semifinal en Donetsk, contra Portugal. Casillas, en pleno proceso de envilecimiento, paró uno, otro lo salvó su idilio con los postes. Ramos marcó a lo Panenka el penalti que meses antes debió marcarle al Bayern. Cesc, por tradición, marcó el quinto y España jugó y ganó su tercera final consecutiva. Aquella semifinal la vi en casa con parsimonia, vi con frialdad todos y cada uno de los lanzamientos, aquella selección ya no era la de todos, sino la de los jardineros de Guardiola. Aquel equipo nacional, comandado por un ingrato marqués, parecía haberle declarado una especie de guerra fría al Real Madrid por no haber cedido ante la dictadura del tiki-taka. En la vida siempre hubo prioridades y los triunfos de la selección pasaron a ser algo agridulces.

Era una calurosa mañana de mayo, yo intuí lo que se me venía encima, así que decidí emborracharme desde bien temprano para paliar los nervios. Empecé bebiendo con la familia, luego con los amigos y luego con los amigos y la familia, pero no sirvió para nada. Al sonar el pitido inicial parecía que me había tomado seis litros de Red Bull en lugar de cerveza, la final de la Champions había arrancado en Milán. Mi corazón aquel día perdió años de vida, pero logró aguantar los 120 minutos. Aún me pongo nervioso cuando veo las imágenes de Lucas Vázquez caminando hacia uno de los fondos de San Siro. Me temblaba todo el cuerpo, pero no había excusa, había llegado el momento de afrontar una tanda de penaltis como un hombre, ya no era un niño, esta vez tendría que quedarme frente al televisor, o eso pensaba yo hasta que Lucas Vázquez, el muy cabrón, porque no tiene otra nombre, empezó a hacer malabares con el balón mientras se dirigía a lanzar el primer penalti. Yo al borde del infarto y aquel tipo haciendo malabares, obviamente no pude seguir mirando. Pasé media tanda de penaltis arrodillado en las escaleras, rezando. Sólo entraba en el salón cuando el bullicio me indicaba que habíamos marcado, gritaba un poco y me quedaba a ver si llegaba el fallo rival. Parecía que por justicia divina esta vez sería el Atleti quien saliera agónicamente campeón, pero no todo es lo que parece y al final resultó que Dios es del Real Madrid. Juanfran la mandó al palo, Cristiano la metió y yo, por supuesto, no lo vi. Tras escuchar el orgásmico estruendo de la victoria supe que ya nada más tenía importancia, todo daba igual, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo lo sentí en lo más profundo de mi corazón. El resto fue locura, felicidad y gloria. Aquella final me pilló en la veintena, con ilusiones y objetivos que cumplir. Algunas mañanas, sin remedio, me levanto pensando en aquellos malabares de Lucas Vázquez en Milán, y sonrío, de repente todo está al alcance de la mano, porque hay alegrías que nunca se acaban.

El Señor Duodécima

Faltaba poco más de una hora para que empezara el partido en Cardiff cuando yo me dirigía a encontrar mi asiento en el Millennium Stadium, siempre es bueno saber dónde te va a dar el próximo ataque al corazón. Enfile la fila veintiuno como si fuera la milla verde, estaba seguro de que de ahí no volvería con vida, agaché la cabeza hasta llegar a mi asiento, que según creo recordar era el dieciocho, pero con todo lo que pasó en las horas siguientes uno ya no puede estar seguro de nada, porque también estaba seguro yo de ser la persona más acojonada en todo Gales, pero ni ese hueco me había guardado la historia. Al llegar a mi asiento lo primero que hice es no levantar la cabeza, a ver si por mirar mucho le iban a dar un gol de ventaja a la Juve, así que mi vista se fijó en él, un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, con barba, con la cabeza agachada y las manos en la cara. Un hombre hecho y derecho que estaba absolutamente cagado, un hombre al que quise como si fuera de mi familia, un hombre como cualquier otro hombre al fin y al cabo, pero a mi lado. Era él, era el señor que marcaría mi viaje a Cardiff, era el Señor Duodécima.

Mi primera reacción al llegar a mi sitio fue intentar cambiárselo a mi madre, porque en mi entrada ponía claramente que me correspondía el asiento diecisiete, no el dieciocho. A ver si después de haberme puesto los calzoncillos de la suerte, la camiseta de la suerte, la bufanda de la suerte, las deportivas de la suerte y haber cumplido con todos los rituales correspondientes a una final, a ver si después de todo la íbamos a perder por no sentarme en mi sitio, no me podía arriesgar, obviamente. Por el contrario, mi madre sí decidió retar a Don Fútbol, me dijo seriamente que ella se quedaba en el asiento diecisiete porque estaba más cerca de la salida y le venía mejor para salir a fumar, y a una madre siempre hay que obedecerla. Así que se fue a fumar y ahí me quedé yo, a falta de una hora para el arranque de la final, sentado al lado de un señor que no levantaba la cabeza ni separaba las manos de su cara, por lo que tomé una decisión trascendental, agaché la cabeza y me tapé la cara con las manos, era importante sufrir en compañía aunque fuera callados.

No hay nada más eterno que los minutos previos a una final de Copa de Europa. El Señor Duodécima y yo nos estábamos haciendo compañeros en silencio, cruzábamos miradas de vez en cuando pero nunca palabras. Saltó el Madrid a calentar y nos pusimos a gritar como posesos nuestros cánticos, la otra opción era llorar pero creí que era demasiado pronto para eso. Entre cántico y cántico conseguimos llegar vivos al concierto previo a la final, de reojo veía como el Señor Duodécima se movía mucho, así que pensé que le gustaría Black Eyed Peas y se había puesto a bailar, luego giré la cabeza y me di cuenta de que no bailaba, sino que temblaba. Al ver aquel panorama no tuve más remedio que ponerme a temblar con él, juntar las manos y rezar a cualquier dios educado, porque lo único que salía de mi boca era: ” por favor, por favor, por favor”. A mí ya me empezaba a parecer muy cruel que ese hombre se pudiera ir de Gales sin ver ganar a su equipo, recurrir a la ayuda divina era lo mínimo que podía hacer. Un “por favor” puede abrir muchas puertas me dijo alguien alguna vez.

Sonó el himno de la Champions e Ian Rush salío a presentar el trofeo sobre el césped, Cristiano inmediatamente se dio la vuelta, el Señor Duodécima y yo también lo teníamos claro, mirar la Copa antes del partido trae mala suerte, así que nos miramos mutuamente, pero eso resultó muy incómodo, rápidamente puse mi atención en otra parte de la grada. El comienzo del partido desató los siete infiernos, Keylor tuvo que descender del cielo para evitar el apocalipsis que traían los pies Pjanic. Mi compañero y yo al ver aquella mano santa volvimos a cruzar miradas, miradas de pánico, y resoplamos de alivio. Ya no había vuelta atrás, no es que la final fuera una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Aquellos primeros minutos de terror nos hicieron dar la espalda más de una vez al campo y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento como si todo fuera una pesadilla. Mis piernas temblaban y mi madre intentaba calmar la situación, pero el problema es que las piernas del Señor Duodécima también temblaban y nadie le calmaba a él. Por suerte apareció Cristiano para calmarnos a todos, sobre todo a los juventinos. Ese fue el momento en el que abracé al Señor Duodécima por primera vez, porque el fútbol también es abrazarse con todo el mundo y las finales tratan especialmente de eso.

Todo era tan bonito que de repente se hizo el silencio, la imagen se congeló en una chilena de Mandzukic y el balón entró a cámara lenta en la portería del Madrid. Fue un momento terrorífico, espantoso, en cuestión de segundos la Champions se alejó cientos de kilómetros, marcarle otro gol a Buffon parecía una proeza imposible. El ánimo había caído, en la grada nos habíamos quedado helados, menos mal que llegó el descanso para salvarnos. A esas alturas de la final ya era inevitable, el Señor Duodécima y yo teníamos que hablar. Mi madre se fue a fumar y nos dejó a solas, el ambiente era el propicio, sacamos el entrenador que lleva todo español dentro y tuvimos una charla táctica. No podíamos cambiar el partido, pero teníamos que desahogarnos de alguna forma.

La segunda parte es Historia, literalmente. El Real Madrid salió e hizo un Real Madrid, ganar a toda costa. El gol de Casemiro volvió a desatar la pasión y el madridismo se volvió a fundir en un abrazo. Buffon ya no parecía tan imbatible. Luego apareció Cristiano otra vez y nos hizo entrar en trance, todos nos agarrábamos fuertemente mientras brotaban lágrimas de felicidad y nos estrujábamos con los de delante, con los de atrás, con los de la izquierda y con los de la derecha, más o menos como cuando hay que dar la paz en misa pero a lo bestia, no podía quedar ningún madridista sin un mínimo de cuatro o cinco abrazos por gol. Todo parecía encarrilado, pero el Señor Duodécima y yo no lo veíamos tan claro, quedaban más de veinte minutos y cada minuto que pasaba hacía más largo el siguiente. Mi colega ya no soportaba la tensión y se sentaba cada cierto tiempo para recuperar la posición con la que le conocí y luego volver a ponerse de pie y gritar. Yo en cambio ya no era capaz de estarme quieto, daba continuos mini-pasos y me giraba hacia la grada de vez en cuando mientras algún aficionado intentaba calmarme diciendo que ya estaba todo hecho, “este no conoce el contragafe” pensaba yo.

La victoria era tan evidente que Kroos abandonó el campo agitando los puños en alto en señal de victoria, lo cual nos excitó fuertemente a los madridistas. A partir de ese momento me permití empezar a celebrar la victoria tímidamente, pero no fue hasta que marcó Asensio cuando el éxtasis se apoderó de mí, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa. Abracé fuertemente a mi madre, pero enseguida note que me faltaba algo y sabía exactamente lo que era. Mire al Señor Duodécima, que estaba saltando sin parar, y le hice un gesto con la mano para que se uniera a nuestro abrazo. Ahí estábamos los tres, fundidos en un abrazo digno de convertirse en un precioso cuadro. Pitó el árbitro el final y los madridistas nos empezamos a congratular efusívamente entre nosotros como si hubiéramos ganado una guerra, porque era exactamente lo que habíamos hecho.

Los jugadores del Madrid no habían subido al podio cuando me dispuse a pedirle una foto a mi compañero, pero antes de que pudiera pronunciar palabra el Señor Duodécima me dijo que se tenía que ir, que su bus salía en cuarenta minutos, así que intercambiamos un par de palmadas en la espalda y vi como lentamente subía las escaleras. Cuando los jugadores del Madrid subieron al podio volví a mirar a las escaleras, la idea de que el Señor Duodécima se fuera sin ver como levantábamos la copa me parecía terrible, pero ahí estaba él, al final de las escaleras, expectante. Cuando por fin Sergio Ramos levantó el trofeo me volví a girar para ver si lo había visto, pero el hombre ya no estaba. Y así es como se fue el Señor Duodécima, el hombre que no podía ni mirar hacia el campo, el hombre con el que conquisté Europa.

El jodido Real Madrid

En el mundo moderno está cada vez más de moda mirar a los aficionados apasionados de los clubes de fútbol como si fueran enfermos mentales. Estamos mal vistos los hinchas que seguimos religiosamente cada partido de nuestro club. Ir al fútbol está considerado un acto retrógrado y anticultural por aquellos mismos que ven poesía en cuatro palabras mal escritas sin métrica alguna y que ni siquiera riman, aquellos que perciben arte hasta en una persona cagando. Sin embargo no son capaces de percibir el choque de civilizaciones que se produce cada vez que dos equipos de gran rivalidad se enfrentan, como dos formas diferentes de entender el fútbol, y por ende la vida, entran en conflicto dando lugar a una batalla maravillosa de once contra once mientras son observados por miles de personas con sed de victoria. Cada equipo de fútbol representa a una parte de la sociedad (y a cuatro o cinco subnormales), representa unas ideas, y nuestro club nos da la posibilidad de soñar con que nuestras ideas triunfen.

El madridismo no sólo es perseguido por los críticos del fútbol, sino también por los aficionados del resto de equipos. Se creen por ahí que lo que representamos es soberbia, prepotencia y victimismo. Se autoengañan, nos adjudican el discurso de otros como si fuera propio. El Real Madrid lo que representa a nivel mundial son las ganas inagotables de querer ser siempre el mejor, es la fe en la victoria hasta el final, por muy adversas que sean las circunstancias.

Es cierto que el Real Madrid no nos da de comer a la gran mayoría de madridistas, como nos suele decir esa gente a la que le importa un carajo el fútbol, pero hace algo mucho más importante, nos alimenta moralmente. Nos proporciona ilusión, esperanza y la ocasión de saborear la dulce victoria tras un día de mierda. El Real Madrid tiene la maravillosa fuerza de conseguir mantenerte en pie aunque tu vida sea un desastre, porque siempre te quedará esa parte de tu vida en la que pase lo que pase seguirás siendo un jodido ganador, porque eres del jodido Real Madrid. No conozco mejor sensación que la de remontar un partido en el tiempo de descuento, no sólo por el éxtasis desenfrenado que produce en la afición, sino porque un gol de la victoria en el último segundo hace sentir, al menos por un instante, que todo es posible. De repente todo está al alcance, de repente puedes lograr cualquier cosa, de repente todo parece un poco mejor aunque sólo sea por un momento, unas horas, o unos días. El gol no sólo cambia el signo del partido, también cambia el signo de la vida.

No es sólo fútbol, no sólo son veintidós hombres corriendo detrás de un balón y por supuesto el Real Madrid no es simplemente un equipo de fútbol. El fútbol nos proporciona sueños y el Real Madrid nos da la posibilidad de cumplirlos. El mundo es un lugar menos cruel y un poquito más justo después de una victoria del Real Madrid, o al menos así será siempre para mí. Queridos modernos, si no son capaces de entender esto no lo intenten más, porque jamás podrán.

 

El día que Sergio Llull me salvó

El día que Sergio Llull me salvó

Una vez una canasta de Sergio Llull me salvó la vida. La gente cree que bromeo cuando se lo cuento, se ríen, pero yo lo digo totalmente en serio. Era tal la tristeza que acarreaba y tal la oscuridad que me rodeaba que no veía ningún futuro, básicamente era todo insoportable. Yo no sé dónde habría acabado si ese balón no llega a entrar por el aro.

Un domingo de principios de febrero el Real Madrid estaba a punto de perder la final de la Copa del Rey en Málaga, y cuando todo falla y ya ni siquiera te puedes agarrar al Real Madrid es que ya no queda nada. A veces en la vida nada tiene sentido, a veces todo duele, cualquier situación se hace insufrible, cualquier cosa, una mosca volando, que te llamen por tu nombre o que no te llame nadie, ser el centro de atención o ser completamente ignorado, que te abracen o que no te abracen, da lo mismo, todas las situaciones eran igual de dolorosas, todo era sufrimiento. Y de repente, a falta de un segundo para terminar el partido, canasta de Llull, de repente victoria, por fin algo de luz, de repente todo era posible, porque eso es básicamente el Real Madrid, una fe ciega en que todo es posible hasta el último segundo. A veces en la vida también suceden cosas que nos hacen creer que somos capaces de todo, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos, necesitamos sentirlas cada cierto tiempo, aunque en la mayoría de ocasiones sea mentira.

Encestó Llull, ganó el Madrid la Copa de su Majestad y yo lo celebré aporreando las paredes de mi salón mientras gritaba cosas, seguramente despectivas, sobre un club blaugrana. Luego caí rendido en el sofá y lloré, sin pronunciar palabra, sin llanto, en silencio, simplemente dejando caer las lágrimas por mi rostro. Me sentía salvado.

The Champions

The Champions

La competición de fútbol más preciada del mundo, todos los niños sueñan con levantar la orejona, menos los del Atleti, que sueñan con perder trágicamente la final y sacar pecho de su ADN de sufridores y dramáticos perdedores. Hablo efectivamente de la Champions, título que te corona como campeón de los campeones, como rey de Europa. La UCL se disputa de febrero a mayo, teniendo su particular pretemporada de septiembre a diciembre, donde ya suena ese himno en los partidos que te hace imaginar la gloria de volver a ganarla, donde ya se pueden ver a las mejores estrellas del fútbol mundial, donde te encuentras equipos rivales con nombres impronunciables que tienen el nivel del club de tu barrio, donde el Barça empieza a marcar goles en fuera de juego y sus rivales a jugar con diez, para que luego a nadie le extrañen los favores arbitrales en el Camp Nou, o un Ovrebo en Stamford Bridge. Pero una vez acabado ese trámite de la fase de grupos y eliminados los equipos de relleno empieza la Champions.

Febrero, los dieciséis mejores clubes de Europa, eliminatorias a doble partido a machete hasta que sólo queden dos en mayo y hagan la guerra en alguna ciudad prestigiosa del continente. Eso es la verdadera Champions League, donde el Real Madrid asusta sólo con el nombre, da igual si el club está autodestruyéndose desde dentro, la amenaza de que conquisten el continente por undécima vez es aterradora. El Barcelona en abril empieza a sacar los pasamontañas y las pistolas para atracar a mano armada a toda Europa, mientras la prensa sólo habla de un juego brillante con los pies de los blaugranas, como si el resto de equipos de la historia hubieran jugado con las rodillas, también hablan de un genio llamado Messi, de un fantasma de Albacete y de Hannibal Lecter rehabilitado, que ha pasado de morder rivales a solamente abofetearlos. Entra en escena Ibrahimovic desde París, que se niega a renunciar a retirarse sin haber reinado en Europa, pero 34 años pesan mucho en esta carrera por el trono. Por estas fechas también resurge la figura de Pep Guardiola, amenazando con secuestrar todos los balones del mundo a base de pases y que no se vuelva a ver un tiro a puerta. Luego también está Casillas… Era broma, no está. Por ahí se encuentra Pellegrini, buscando la fórmula de caer eliminado, de momento no da con la tecla y tiene pesadillas viéndose jugando la final.  Siempre presentes los equipos alemanes dando guerra, como dijo Lineker: “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”. Esta frase ha variado mucho desde que la dijo, el fútbol es un deporte de once contra once excepto si juega el Barça, entonces son once contra diez. Lo de que siempre ganan los alemanes lo cambió el Real Madrid, viajó a Alemania tres veces en 2014 para eliminar a los clubes alemanes de uno en uno.

La competición de fútbol más prestigiosa del mundo se ve otra vez amenazada. Los ladrones de ese país de ahí arriba a la derecha intentan robarla de nuevo con el apoyo de la UEFA. París está hecho para la moda y el glamour, para que fluya el amor y no la guerra del fútbol. Unos hipócritas que residen en el Manzanares intentan conquistarla con el discurso de un hombre al que desearon la muerte, insultaron y se burlaron hasta que se marchó del país. Guardiola intenta dormir a todo el mundo con la posesión para poder agarrar el trofeo sin esfuerzo. Manchester sería una solución perfecta, la salvación de la competición, pero Pellegrini se niega a triunfar, no ha fracasado durante toda su vida para estropearlo ahora. Recordando a Juanan: “Sólo nos queda el Real Madrid como último bastión del mundo libre”.

Entrevista a @atooca

“Mourinhista, mourinhiano, mourinhiense, mourinhiólogo, mourinhodependiente, mourinhoadicto, y sí, también soy muy de Mou” así se describe en su biografía de twitter @atooca, aficionado madridista con más de treinta mil seguidores en la red social. Me siento a entrevistarle  otra vez, como ya hicimos en el pasado. Óscar, sin pelos en la lengua, habla del Real Madrid, de Mourinho, de twitter, de Zidane y mucho más, se atreve con todo y le da igual pisar charcos y mancharse de barro.

 

“Yo también soy Viuda o Moulieber como nos llama alguno”.

 

 –  Como ha cambiado todo desde la primera vez que hicimos esto, ¿no crees?

– Demasiado, amigo, me recuerda a aquella canción que cantaban unos de mi tierra: “Ya no queda casi nadie de los de antes, y los que hay, han cambiado…”

– Yo soy un melancólico del Mourinhismo (o viuda de Mou como lo llaman algunos) y pienso bastante en esos años que pasamos en twitter todos a una contra el resto del mundo. ¿Echas de menos esos días? ¿En qué momento crees que esa unidad que había en el madridismo tuitero se rompió?

–  Yo también soy Viuda o Moulieber como nos llama alguno. Esos años del mourinhismo fueron la hostia, no teníamos ni idea de twitter ya que todos estábamos empezando, pero le echamos huevos y juntos podíamos con todo/s. Jamás volverá a estar el madridismo tan unido, tanto en twitter como en el mundo real.

Todo se rompió aquella noche de Diciembre en Málaga, cuando Mou sentó a Casillas. Muchos de los que apoyaban a Mou a muerte y su idea de meritocracia se bajaron del barco. Para ellos era más importante su ídolo de barro que todos los principios que habían defendido durante un par de años.

 

“La mayoría de la gente se mueve por intereses personales y son capaces de cambiar su opinión cada media hora con tal de complacer a su “chupipandi tuitera””.

 

– ¿Qué es lo que más ha cambiado en twitter estos años?

– Ha cambiado todo. Si antes te decía que aquellos años del mourinhismo estábamos verdes ahora es todo lo contrario. Ya está todo inventado. La mayoría de la gente se mueve por intereses personales y son capaces de cambiar su opinión cada media hora con tal de complacer a su “chupipandi tuitera”

– Ya no se te ve tuitear con la frecuencia de antes…

– Ya no me divierte como antes. Ves los mismo tuits 100 veces entre plagios, intentos de plagio y “decks” (grupos de cuentas tuiteras que pactan retuits entre ellas para ganar seguidores), además de las constantes disputas entre propios madridistas. Todos esto hace que muchos ya no usemos twitter con la alegría que lo hacíamos hace un par de años.

– Tienes más de treinta mil seguidores, ¿qué le das a la gente? ¿Cómo lo haces?

– No sé, puede que sea mi sinceridad, el hecho de no haberme vendido jamás a nadie, o quizás como dicen otros sea mi ingenio, de lo que sí estoy orgulloso es de no tener que haber chupado la polla a nadie, ni pactar retuits, ni nada parecido para conseguir esos seguidores.

– Hay bastantes buenos tuiteros que cerraron sus cuentas o simplemente dejaron de utilizarlas. ¿Echas de menos a alguno en especial?

– Echo más de menos la época a la que nos referíamos del mourinhismo unido, que a algún twittero en particular.

– ¿Te siguen quedando pulseras de “Soy madridista y de Mou”? Jajajaja Yo he de confesar que sigo teniendo la mía y no la uso por miedo a que se rompa.

– Solo me queda una. La penúltima se la regalé a un buen amigo que sale en la tele de vez en cuando (Hasta ahí puedo leer…). Es un bonito recuerdo saber que hay repartidas 800 pulseras de esas por todo el mundo.

– El Madrid no anda demasiado bien últimamente y hay bastantes madridistas decepcionados con los jugadores o desilusionados con el club. ¿Ha cambiado este equipo tu forma de ver los partidos? ¿Sigues manteniendo la misma ilusión de siempre?

– Los últimos años yo creo que todos hemos perdido un poco de ilusión, aún así el madridismo lo llevamos en el corazón y aunque estemos mal siempre soñamos con poder hacer algo grande, es la magia de este club. Este año sin ir más lejos estamos de pena, pero todos tenemos el gusanillo de poder hacer algo grande en Europa y pensamos en eso años que nos arrastramos en liga y luego triunfamos en Europa.

 

“Hay una plantilla muy buena, deslumbrante, pero totalmente descompensada, no hay un proyecto serio”.

 

– ¿Por qué crees que este Real Madrid nunca termina de arrancar?

– Deportivamente se han hecho muy mal las cosas. Hay una plantilla muy buena, deslumbrante, pero totalmente descompensada, no hay un proyecto serio, es todo poner parches cada año con fichajes que en Julio vuelven locos a chavales y Fanboys, pero en noviembre se demuestra la cruda realidad y volvemos a darnos cuenta que hemos vuelto a perder otro puto año.

– Algunos jugadores están endiosados por los aficionados o por la  prensa y esto provoca que se les pase por alto muchos errores o se les perdone todo. ¿Hay algún remedio a esto? ¿Por qué el madridismo es tan propenso a valorar a los jugadores por sus logros pasados?

– El famoso “con lo que nos ha dado” jajaja. Debemos darnos cuenta que el fútbol es presente. No vale lo que has sido o dejaste de ser, solo cuenta lo que eres a día de hoy. Muchos todavía no asumen eso. Prefieren la idolatría a su estrella a pensar en la necesidad del equipo al que se supone que aman.

 

Cualquier jugador que reconoce no haber defendido la camiseta del Madrid con actitud un solo día, no debería volver a ponérsela”.

 

-¿Qué opinas de esos jugadores que un día te dicen que van a luchar hasta el final y al día siguiente te dicen que les faltó actitud?

– Cualquier jugador que reconoce no haber defendido la camiseta del Madrid con actitud un solo día, no debería volver a ponérsela.

– ¿Necesita el Madrid una limpia de vestuario? ¿Es Zidane quien debe llevarla a cabo?

– Desde hace años hay manzanas podridas en ese vestuario y si queremos volver a un ciclo ganador hay que sacarlas de ahí, sea Zidane o quien sea, pero que lo hagan pronto.

– A pesar de su gran registro goleador esta temporada es obvio que Cristiano ya no es el que era y ha sido foco de muchas críticas tanto por rendimiento como por actitud. ¿Qué te está pareciendo su temporada? ¿Qué piensas de su actitud?

– Cristiano es pichichi en liga, en Champions y en los entrenamientos, es difícil criticar a alguien así. Sí que es verdad que este año no ha marcado en ningún partido importante de liga, pero en esos partidos el equipo en general ha estado horrible. Quiero seguir confiando en él, pero creo que el protagonismo del equipo cada vez tiene que ir mas hacia Bale, que si supera su problema con las lesiones tiene que ser nuestro próximo buque insignia.

– El Madrid es un equipo que engulle entrenadores, ¿se hizo bien en no continuar con Ancelotti?

– Yo como ya sabes, soy más de entrenadores que jugadores, y suelo apoyarles casi hasta el último día. Con Carlo me pasó algo muy curioso, le defendí a muerte los primeros 6 meses cuando todo el mundo le mataba, y luego le critiqué (poco pero lo hice), durante su segundo año, cuando te mataban por criticar al entrenador de la décima. Yo siempre contracorriente.

Carlo es un buen gestor de vestuarios y un buen tío, pero como entrenador deja mucho que desear en el plano táctico, además de aportar pocas soluciones. Hay que agradecerle que levantara la Champions que ganó Mourinho JAJAJA (Es broma).

– ¿Crees que la destitución de Benítez fue un acierto?

– Lo que fue un error fue su contratación. Nadie en el Madrid le quería. Aun así se fue injusto con él, apenas se le dejó trabajar y ahora el tiempo está dando la razón a los que no le veíamos como el culpable de los males del equipo.

– ¿Qué opinas de Zidane como entrenador?

– Sinceramente no puedo opinar, no he seguido mucho al Castilla y no tengo una opinión del Zidane entrenador. Solo espero que dé  con la tecla y lo tengamos de entrenador aquí al menos 10 años. Estoy harto de defender entrenadores distintos.

 

“Que conste que criticar a Florentino no es querer que vuelvan a presidir al Madrid personajes como Calderón y compañía”

 

– ¿Qué te parece la gestión estos últimos años de Florentino Pérez como presidente del Real Madrid?

– Con Florentino me pasa como a muchos, sabemos que es importantísimo en el apartado económico pero no en lo deportivo ni en lo social. Que conste que criticar a Florentino no es querer que vuelvan a presidir al Madrid personajes como Calderón y compañía, que la gente es muy lista o se creen que somos imbéciles y cuando criticas a Florentino rápido te vienen con ese cuento.

En lo deportivo creo que se ha equivocado dando tanto poder a los jugadores y danto tantos varetazos buscando un estilo que aun no ha encontrado.

En lo social se ha equivocado haciendo del Bernabéu una dictadura donde apenas uno puede exponer sus opiniones. El mayor ejemplo es la grada que ha creado cual ejercito para imponer sus opiniones en el Bernabéu y en twitter. Curiosamente muchos de los integrantes de esa grada eran las voces más críticas contra el presidente en esta red social. Ahora ya no. Claro.

– Últimamente hay muchas comparaciones entre la sección del Real Madrid de fútbol y la de baloncesto, poniendo como ejemplo a seguir a esta segunda por sus recientes éxitos. ¿Crees que es una comparación acertada? ¿Se podría llevar el modelo del basket a la sección de fútbol? 

– Como he dicho muchas veces en twitter, tengo la misma idea de Baloncesto que Messi de física cuántica. No puedo valorar algo que desconozco tanto, pero sí que es verdad que me da envidia cuando veo a esos jugadores dejarse los huevos por esta camiseta y con ese espíritu ganador

-¿Qué crees que le hace falta a la afición para volver a sentir comunión con este equipo?

– No sé, quizás otro entrenador como José Mourinho que vuelva a unirnos a todos y nos haga volver a sentir la pasión por nuestro equipo. O quizás simplemente sea ganar títulos, muchos títulos que es lo que todos queremos.

– ¿Es posible la undécima?

– Por supuesto, ya te decía antes, año malo en liga…OJO!!

– Gracias por atenderme Óscar, como siempre ha sido un placer, amigo.

– Gracias a ti por contar conmigo, ya sé que no soy Camacho ni Arbeloa, pero bueno, espero que haya gustado mi entrevista. Un abrazo.