Entre letras se ve España

Tenemos en España unos temas de actualidad tan actuales como Matusalén. Suelo acudir a los autores del 98 en busca de claridad, pero su luz llega través de cristales traslúcidos, nunca fue este un país de demasiada nitidez. Hace unos días, leyendo algunos textos de Machado, no pude evitar que el tema catalán invadiera mi cabeza, recordé de repente el informe que encargó realizar el Ayuntamiento de Sabadell al historiador Josep Abad i Sentís el pasado verano, aquel informe proponía revisar si Antonio Machado, entre otros escritores españoles, era digno de merecer una plaza en la ciudad dada su condición de “españolista”, por razones obvias esta vez no se pudo utilizar la palabra “facha”. En este país no somos dignos de nuestra propia riqueza, intentamos reiteradamente deshacer el camino andado.

Cada cierto tiempo es necesario escapar de España y una de las mejores formas de hacerlo es sumergirse en ella. Machado me llevó al amor, lo que me hizo bucear por mi biblioteca hasta el Siglo de Oro al recordar unos magníficos sonetos de Lope sobre el mismo tema. La literatura, a veces, también es mejor si se comparte, y yo sentí la imperiosa necesidad de compartir lo que estaba leyendo. Envié a cuatro amigos textos de ambos escritores en busca de su opinión, para asegurarme de su objetividad omití el nombre de los autores. Las tres primeras respuestas coincidían, todos alababan la calidad que había detrás de aquellas palabras. La cuarta opinión tardó en llegar y me dolió tanto como a Unamuno le dolió España, pues era al fin y al cabo ésta la que me dolía con aquella respuesta: ” Me parecen algo pastelosos e incluso machistas”. Atónito releí la respuesta varias veces, sabía perfectamente que se refería en particular a este soneto de Lope:

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.

La buena poesía, no la de café y cigarro muñeco de barro, habla de sentimientos o provoca que afloren, por eso entiendo que a veces pueda resultar “pastelosa”, todos nos hemos enfrentado a unos versos que no hemos conseguido tragar, es comprensible. Pero lo que no consigo ver es el machismo de un soneto por hablar de los contrapuntos que puede tener una relación entre el hombre y la mujer. Entre mis cuatro amigos encuestados había precisamente una mujer, que no pareció sentirse muy denigrada por estos versos del Fénix de los ingenios, tuvo que ser un hombre, como no, el que encontrara la represión que había tras estas palabras. Quizá dando el nombre del autor me hubiera ahorrado el dolor de leer la respuesta, o quizá no, porque otra cosa que ha habido en España desde siempre son los pieles finas que no se enteran de la misa la mitad.

De Lope de Vega no se puede escribir nada mejor que lo que escribió Quevedo (que al parecer no detectó el “pastelismo” de su contemporáneo):

Las fuerzas, Peregrino celebrado, 
afrentará del tiempo y del olvido 
el libro que, por tuyo, ha merecido 
ser del uno y del otro respetado. 

Con lazos de oro y yedra acompañado, 
el laurel con tu frente está corrido 
de ver que tus escritos han podido 
hacer cortos los premios que te ha dado. 

La invidia su verdugo y su tormento 
hace del nombre que cantando cobras, 
y con tu gloria su martirio crece. 

Mas yo disculpo tal atrevimiento, 
si con lo que ella muerde de tus obras 
la boca, lengua y dientes enriquece.

Pocas cosas nos gustan más en España que criticar algo, pero hay cosas que nos gustan todavía más, el criticar algo desde la desinformación, sumarnos a la masa y lanzarnos fervientemente en contra de aquello que desconocemos. “Más vale malo conocido que bueno por conocer” es un refrán que podría ser el lema nacional o el título de un libro sobre la Restauración del absolutismo en este país.

Esta es España, tan rica que se ha vuelto pobre, porque sus riquezas caen en el olvido pero sus miserias nunca dejan de salir a flote. Ahí estarán siempre nuestros genios literatos, sólo visibles para el que no quiera ignorarlos, ayudándonos a escapar de España, mientras nos dan de bruces contra España.

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Marcapáginas

Hace unos días The Telegraph publicaba una noticia sobre el nacimiento de unos lobeznos a las afueras de Roma, decía la noticia que llevaban más de cien años sin nacer lobos salvajes en la capital italiana. Yo, como admirador del lobo, me alegré mucho por la noticia, creo que Roma siempre debe tener lobos por respeto a su leyenda, por respeto a su madre, que al fin y al cabo nos ha dado de mamar a todos nosotros, los occidentales. Nunca sabes cuánto puede influir una loba en tu vida.

Un día cualquiera, hace tres o cuatro años, sin motivo especial aparente, mi madre decidió regalarme un par de libros y un marcapáginas. Generalmente toda mi atención se hubiera centrado en esos dos libros de José Luis Sampedro, que a día de hoy sigo sin haber leído, pero en ese instante era imposible mirar otra cosa que no fuera ese chulísimo marcapáginas en 3D. Los libros siempre son motivo de alegría, nunca sabes cuándo vas a tener que acudir a ellos, pero sabes que siempre van a estar ahí para ayudarte. Con el marcapáginas evidentemente es diferente, hay miles de marcapáginas que se pierden y nadie los echa de menos porque hay miles más, pero ése era especial, supe que sería mi compañero inseparable de viaje al ver la imagen de un lobo blanco en la nieve al que yo convertí en loba al llamarla Nymeria, su nombre tenía que salir de un libro dado que su labor iba a ser estar siempre dentro de ellos.

Sí, es probable que ponerle nombre a un marcapáginas no hable demasiado bien de mi salud mental, pero ahí estábamos Nymeria y yo, devorando libros noche y día como si fuera la cosa más importante del mundo, que efectivamente lo es. Éramos inseparables, fuese a dónde fuese siempre llevaba un libro conmigo y a la loba dentro. Pasamos juntos por autobuses, trenes, museos, parques, ciudades e incluso otro país, a veces hasta se empapaba de cerveza por algún descuido mío en los bares. Hubo noches, entrada la madrugada, en las que estaba tan exhausto de leer que dejaba el libro abierto boca abajo en mi escritorio y me quedaba mirando el marcapáginas unos minutos, sentía la satisfacción del deber cumplido y un cariño tremendo hacia aquel objeto.

Después de pasar por una infinidad de mundos juntos, de repente, un día, al empezar a leer un libro, me di cuenta de que me faltaba Nymeria. Tal fue mi desesperación que empecé a revisar uno por uno todos mis libros, que no son pocos, a ver si mi loba estaba por ahí dentro, pero nada, no había ni rastro, lo que me llevo a descolgar una de mis estanterías de la pared por si el marcapáginas se hubiera caído y estuviera entre el mueble y la pared, pero tampoco. Sólo podía resignarme, había perdido a Nymeria. Me costó bastante superarlo, estuve muchas semanas sin leer un libro porque me resultaba desolador no poder utilizar mi marcapáginas cuando me leía las primeras hojas de alguno. Estaba como un mago sin su varita, incapaz de hacer magia.

Al final uno siempre vuelve a los libros porque se puede hacer magia con ellos aunque no se tenga varita, y porque no es tan fácil salir de las drogas. Pero como a Arya, siempre me quedará la esperanza de que Nymeria vuelva a Invernalia.

 

 

Un libro de verano

“No existe criatura más fascinante que aquella que crea luz por sí misma”.

En estás tardes calurosas y aburridas de verano, en las que te sientas en el sofá y te quedas pegado, o sales por la puerta de casa y al segundo vuelves a entrar horrorizado por la temperatura que hay en el exterior,  ¿qué mejor para matar el tiempo en estas tardes que un buen libro? Les recomendaré: “El brillo de las luciérnagas” de Paul Pen.

“El brillo de las luciérnagas” es la segunda novela del guionista de cine Paul Pen. Una novela de terror y suspense que relata la vida de un niño de diez años, que ha vivido siempre en un sótano con su familia. Nació bajo tierra y no conoce como es el mundo del exterior, sólo conoce el sótano. Toda su familia tiene el cuerpo lleno de quemaduras y cicatrices, él es el único que no tiene ninguna, lo que hace se sienta diferente y algo excluido de la familia.

El libro al principio puede parecer algo repetitivo y lento, pero cada detalle de esas primeras 100 páginas es muy importante para el transcurso de la historia. Una vez se llega a la mitad del relato y hace entender el por qué de algunas cosas, provoca que sea casi imposible interrumpir la lectura hasta llegar al final del libro y obtener todas las respuestas a las preguntas que éste plantea desde la primera página. Una de las cosas que más me llamó la atención de la obra es que el autor en ningún momento da los nombres de los personajes, siempre se refiere a ellos con el papel que desarrollan en la familia.

Es el libro perfecto para encerrarse en el cuarto, tumbarse en la cama, con ventilador o aire acondicionado contectado, y no salir de ahí hasta que se haya puesto el sol. Además, ¿quién no querría leer una novela escrita por alguien que se llama Paul?