El Niño Decimotercera

El peso de la derrota sobre los hombros de un madridista sólo es equiparable a la gloria de sus victorias. Dicen las malas lenguas que ser del Real Madrid es fácil, pero lo realmente fácil es celebrar lo que otros equipos dejan de ganar, o hacer del fracaso una seña de identidad. Los madridistas sólo podemos complacernos en nuestras conquistas, cualquier título logrado por otro equipo es un título perdido.

La histeria siempre acompaña a las derrotas del Real Madrid, ya venga del madridismo o del antimadridismo, siempre hay alguien que se encarga de hacer cundir el pánico. Sin ir más lejos, el pasado diciembre, justo un día antes de Nochebuena, parecía que había llegado el Apocalipsis a Chamartín con Messi siendo uno de los jinetes, el Barça había goleado en el Bernabéu y certificado que los blancos estaban muertos en Liga. Las calles aledañas al estadio parecían un funeral, el eterno rival nos había pasado por encima en nuestra propia casa y sólo se podía respirar dolor y pena a la salida del estadio, el Real Madrid había sido enterrado por enésima vez. Yo abandonaba el Bernabeú junto a mi madre en medio de tan desolador ambiente, caminábamos por Concha Espina intentando hacer humor de la situación, reír por no llorar, cuando nuestra atención se centró en quien sólo podía llorar. Un niño, de unos diez años de edad, caminaba muy firmemente de la mano de su padre mientras lloraba desconsolado. “Mira, así eras tú de pequeño” comentó mi madre, lo cual era falso, pues yo era mucho más escandaloso. Le respondí que seguía siendo igual, pero que ya no podía ponerme a llorar en medio de la calle, por muchas ganas que tuviera, porque debía conservar un mínimo de dignidad, lo cual hizo bastante gracia a las personas que andaban cerca nuestra y no pudieron evitar escucharnos, pero mi comentario era totalmente sincero.

Hay derrotas del Real Madrid que te desgarran el corazón, que te dejan “K.O” semanas y te roban la ilusión. Perder es la mayor de las miserias para los madridistas, tengan la edad que tengan. Pero en la derrota a veces no queda más remedio que dar un paso al frente, levantarte, sacudirte el polvo y prepararte para el siguiente desafío. Yo, que tantas veces había sido ese niño que abandonaba el Bernabéu entre llantos, sabía exactamente el paso que debía dar, me acerqué al muchacho y le dije: “Tranquilo chaval, que vamos a ganar la Champions. Vamos a ganar la tercera seguida, nadie lo ha hecho antes. La vamos a ganar, ya lo verás”. El padre me miró con cara de agradecimiento mientras el chico, obviamente, siguió llorando, cuando tu equipo ha sido vapuleado pocas palabras pueden consolarte. Ni siquiera pensé lo que dije, lo solté sin más, probablemente pensando en frío hubiera dicho otra cosa, pero los madridistas debemos mantener siempre la ilusión de ganar otra Copa de Europa, la ilusión no trata de racionalidad. Luego me di cuenta de la gran responsabilidad que llevaban aquellas palabras, los sueños de un niño estaban ligados a ellas y eso era un tema muy serio, se trataba de su felicidad, ni el Madrid ni yo nos podíamos permitir defraudarle de nuevo. Hay cosas como los Reyes Magos o el Real Madrid en las que hay que creer sin más, aunque sólo sea por la ilusión de los niños.

En la agónica odisea que fue traer la decimotercera Copa de Europa al Bernabéu no pude hacer otra cosa que acordarme de aquel chaval en cada paso hacia el título. Al Madrid no le quedó más remedio que hacer honor al nombre de la competición y noquear a los campeones que se iban cruzando en su camino. Primero llegó el campeón francés el día de San Valentín, el PSG comprobó que nadie estaba más enamorado de la Champions League que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un niño que iba a dormir muy dulcemente. Luego apareció la Juventus, que resistió como las cucarachas el ataque nuclear en forma de chilena de Cristiano Ronaldo en Turín, el campeón italiano se plantó en Chamartín como si la radiación le hubiese dado superpoderes, pero comprobó que nadie resiste más que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un chaval que seguía soñando. El Bayern era todo lo que separaba al Madrid de una nueva final, el campeón alemán asedió sin descanso con todas sus armas el área de Keylor Navas durante 180 inacabables minutos, pero comprobó el poder del arma secreta del Real Madrid, Karim Benzema. Aquella noche pensé en que había un muchacho que al día siguiente iría al colegio vistiendo orgulloso la camiseta de su equipo. Los días previos a la final fueron insoportables como lo son siempre los días previos a una final de Champions, sólo pensar en la posibilidad de la derrota hacía que aquellas palabras pesaran como a veces pesa el mundo entero. Cuando Sergio Ramos levantó en Kiev la Champions no pude hacer otra cosa que gritar y festejar desenfrenadamente, el Real Madrid había vuelto a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo tenía la certeza de que aquella noche había un niño que era completamente feliz.

El Real Madrid, como los viejos rockeros o la mala hierba, nunca muere. La dificultad del madridismo reside precisamente en forjar sus conquistas a partir del dolor más profundo de sus fracasos, en levantarse aunque haya seis metros de tierra por encima. Eso no es fácil, eso es grandeza.

 

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El Gaseosa

Recuerdo mi primera vez en un partido de la fase del KO de la Champions, el Bernabéu lleno, Capello en el banquillo y el Bayern de Munich enfrente. Era el partido de ida de octavos de final, la primera vez siempre es inolvidable y da mucho respeto. Aquel partido lo acabó ganando el Madrid, a la vez que empezó a perder la eliminatoria encajando un gol en el descuento. El autor de aquel gol fue Van Bommel, exjugador blaugrana, que lo celebró con unos cuantos cortes de mangas hacia la grada blanca, se ve que en Barcelona le enseñaron los mismos valores que a Piqué. Aquello despertó la furia en el público, fue en ese momento cuando emergió la figura de El Gaseosa, un socio abonado que se sentaba cerca mía por aquella época, el hombre parecía conocer a fondo a la familia entera de Van Bommel, pues no paraba de mandarles recuerdos histéricamente. “De esta nos vamos a acordar en Alemania, me cago en la puta” nos decía a los aficionados de alrededor el buen señor. Y vaya que si nos acordamos, a los diez segundos de comenzar el partido en Munich Roy Makaay ya nos estaba haciendo las maletas para volver a casa. Eran los años de la maldición de octavos en Chamartín, los años en los que compartí no poca gloria y muchas penas con El Gaseosa.

El Gaseosa tenía pinta de tipo duro, llevaba el pelo muy corto, un pendiente en la oreja izquierda y vestía casi siempre chaqueta de cuero. Vivía el fútbol de manera muy intensa, fuese el rival que fuese, él no podía parar de gritar improperios durante todo el partido. Su vocabulario era riquísimo en tacos, no he visto a nadie insultar mejor en mi vida. Pero si algo le caracterizaba de verdad era su pasión por Robinho, se le alegraba la cara cada vez que el brasileño tocaba el balón mientras señalaba animadamente: “mirad como burbujea”. Para él ver a Robinho era como ver el anuncio de las burbujas de Freixenet. Tal era su emoción cuando veía jugar al diez madridista que un día ya no pudo contenerse más y le gritó: “¡Vamos coca cola!” A partir de ese momento el fútbol en el Bernabéu nunca volvió a ser igual. Robinho empezó a recibir diferentes motes en todos los partidos; a veces era casera, otras fanta y en ocasiones incluso sprite, pero siempre era alguna bebida con gas. El ingenio de El Gaseosa no sólo le servía para insultar, sino también para carbonatar a un jugador y ganarse un apodo.

Después de caer en Champions a Capello no le quedó más remedio que la epopeya de ganar la Liga. Aquel final de temporada no apto para cardíacos lo viví yo con el madridista más histérico de todo el estadio sentado detrás, como si esa Liga no nos proporcionara ya suficiente histeria a todos. Recuerdo en especial, como todos los que vivimos ese partido, el gol de Higuaín al Espanyol en el último suspiro. Las gradas del Bernabéu temblaban, literalmente, y todo el estadio se fundió en una masa de gente abrazada que saltaba de arriba abajo. Yo lloraba desconsoladamente, porque no llorar con aquel gol, después de habernos ido palmando 1-3 al descanso, era de no tener corazón. Y fue en medio de ese abrazo multitudinario cuando me di cuenta de que El Gaseosa, con toda su mala leche y su pinta de tipo duro, tenía un corazoncito como el mío. Entre todas las cosas bonitas que rodean el fútbol también se encuentran los lazos entre las personas, es muy poderoso el vínculo que se puede forjar entre desconocidos que se ven cada dos fines de semana para compartir su pasión.

La temporada siguiente volvimos a ganar la Liga y volvimos a caer en octavos, esta vez contra la Roma y con Schuster en el banquillo, la maldición ya se estaba cebando con nosotros. De los seis años que duró el mal fario, yo viví los cuatro últimos con El Gaseosa. Caer en octavos era algo entendible si tu verdugo era el Bayern o aquel Arsenal de Henry, pero que te echara la Roma o el decadente Liverpool de Benítez era la mayor de las desgracias. Después de aquella famosa frase del chorreo y del baño que nos cayó en Anfiled, todavía tuvimos que soportar la mayor de las calamidades, a Pellegrini en el banquillo. Del chileno se puede decir que dejó huella en el madridismo, sobre todo en el Alcorconazo. A partir de esa infame eliminación yo empecé a ver a El Gaseosa capaz de saltar al césped a estrangular a un par de jugadores, o al propio entrenador. Eran los años de la dictadura de Guardiola, los madridistas empezábamos a tener la urgente necesidad de ganar La Décima para paliar nuestro dolor, además aquel año la final era en el Bernabéu, todo parecía predispuesto para coronar el sueño. Pero el Madrid se quedó en octavos otra vez y el sueño se convirtió en pesadilla, parecía que nada ni nadie podría evitar que el Barça ganara una Champions en nuestro estadio, hasta apareció aquel mercenario de Setúbal. El sueño lo acabó coronando Mourinho junto a su Inter, tal y como rezaba el tifo neroazurro antes de la final: “E ora insieme coroniamo il sogno”. El portugués no se ganó el banquillo blanco por ganar la Champions, sino por apear al Barça en semifinales y librarnos del mal. Mou llegó a Chamartín y la maldición de octavos se esfumó, volvíamos a estar en la lucha por el trono, pero por diversas circunstancias nunca llegamos a reinar bajo el mando del portugués.

En mi vida viví el fútbol tanto como en esa odisea que fueron los años de Mourinho en Madrid, ganar se había convertido en una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Tal era la intensidad que se palpaba en aquella etapa que cualquier aficionado medio del Bernabéu parecía El Gaseosa, así que El Gaseosa se convirtió en la versión madridista de Tano Pasman (aquel aficionado de River que gritaba furiosamente al televisor mientras su equipo descendía). La fiebre del Mourinhismo nos llevó a celebrar un Copa del Rey como una Champions y a ganar la gloriosa Liga de los récords, pero La Décima seguía sin llegar. Mourinho, como todos los grandes héroes de la Historia, también acabó cayendo. El Gaseosa había soportado a mi lado la maldición de octavos, el Alcorconazo y el Irunazo en Copa, el 2-6, el arbitraje de Stark en las semifinales de Champions, e incluso la marcha de su amado Robinho, pero la caída del portugués fue demasiado para él. Todos los que vivimos al pie del cañón los años de Mou tuvimos que reinventar nuestra forma de vivir el fútbol tras su paso, El Gaseosa lo hizo dejando de ir al estadio a ver los partidos.

Fue en aquellos años de la maldición de octavos, entre muchas lágrimas y noches sin dormir, cuando aprendí que cada eliminatoria de Champions había que vivirla como si fuera la última. Fue en esos locos años de Mourinho cuando aprendí a saborear la dulzura de pasar de eliminatoria mientras la mitad se quedan por el camino. Y fueron los madridistas como El Gaseosa los que me enseñaron, año tras año, en la desolación de la eliminación, a nunca perder la esperanza de ganar la Copa de Europa: “Tranquilo chaval, el año que viene la ganamos” me decían habitualmente a la salida del Bernabéu mientras me daban un par de palmaditas en la espalda. A veces el año que viene tarda en llegar muchos años, por eso tenemos que saborear cada trocito del camino que lleva a ganar la Champions. La última vez que vi a El Gaseosa fue en las semifinales del año de La Décima, ante la sorpresa general de todos los abonados de la zona nos espetó: “Yo no me voy de aquí sin ganar la Copa de Europa”.

 

Penaltis

Algunas noches, sin remedio, me acuesto pensando en aquella fatídica tanda de penaltis contra el Bayern en las semifinales de Champions del 2012. Aún recuerdo el silencio sepulcral del Bernabéu mientras el disparo de Ramos ponía rumbo a la estratosfera, hay heridas que nunca se cierran. Recuerdo el silencio y el azul del respaldo de mi asiento, porque eso es todo lo que me atreví a ver de aquella tanda, ante la atronadora falta de sonido miré desconsolado a mi madre: “a las nubes hijo, lo ha mandado a las nubes”. Después de aquellas lapidarias palabras mis lágrimas empezaron a saltar como los pasajeros del Titanic, sin esperanza alguna. Schweinsteiger (sí, he copiado y pegado el nombre) dio el tiro de gracia, La Décima se haría esperar, otra vez. Anteriormente Iker, cuyo nombre fue coreado por todo el estadio nada más finalizar la prórroga, paró sendos penaltis a Kroos y a Lahm, porque antes de su época de villano fue héroe, y de los que hacía soñar, pero los sueños a menudo se ven truncados por culpa de algún alemán. Caí derrotado en mi asiento y juré venganza mientras la fiesta alemana se apoderaba del Bernabéu, saboreando la siempre asquerosa sensación de perder la oportunidad de ganar la Copa de Europa, sensación satisfactoria solamente para el aficionado colchonero. La venganza llegó un par de temporadas después, pero siempre me quedará la espinita de no haber visto al mejor entrenador de Europa ganar la Champions con el mejor equipo de Europa. Aquella tanda me pilló a la vez que el amor adolescente, en cuestión de días mis sueños se vieron truncados, mi héroe derrotado y mi corazón roto.

Las primeras tandas de penaltis de las que tengo conciencia son las que tuvo que disputar España en el Mundial de Corea y Japón en 2002, con Casillas, otra vez, como protagonista. Se presentó España, tras una fase de grupos perfecta, en octavos de final contra la Irlanda de Robbie Keane. El delantero irlandés tuvo la gracia de empatar el partido en el último minuto y mandarlo a la prórroga, luego no tuvimos otra opción que sufrir una horripilante tanda de penaltis. Pasamos nosotros por fallar menos y Casillas se erigió como el Santo de España, siendo el culpable de dos de los tres penaltis errados por los irlandeses. La selección avanzaba a cuartos y todo el país empezó a colgar ajos de la puerta; a evitar andar cerca de gatos negros; a tirarse sal por encima del hombro al derramarse el salero y a besar el pan cuando se caía, pero ni así. De aquel partido de lo que más se acuerdan los españoles es de la madre del árbitro. El trío arbitral le hizo a España lo que Robert Redford y Paul Newman le hicieron a Robert Shaw en El Golpe, prepararon el escenario y nos robaron sin compasión. Ni haciendo veinte goles hubiera evitado la selección la tanda de penaltis, porque ninguno hubiera subido al marcador. Esta vez Iker fue humano, Joaquín erró, Corea metió los cinco y en este país asumimos que era imposible pasar de cuartos. Por aquel entonces yo era un niño sin conciencia futbolística y no sufrí mucho por la eliminación, pero los rituales supersticiosos cada vez que juega mi equipo ya no me los quita nadie.

Corría el año 2008, el canal Cuatro había adquirido los derechos de emisión de la Eurocopa de Austria y Suiza y decidió copiar el eslogan con el que el Real Madrid ganó la Liga de Capello: “Juntos podemos”, pero eliminaron la primera palabra. El lema de Cuatro se fue convirtiendo en el lema nacional a medida que España ganaba sus primeros partidos. Tras hacer pleno de victorias en la fase de grupos nos volvíamos a enfrentar a la maldición de cuartos, delante teníamos muchos años de supersticiones y a la todopoderosa Italia de Buffon, Pirlo y compañía, que venían de ser campeones del mundo, pero esta vez teníamos un mantra. Los dos mejores porteros del momento frente a frente, Casillas y Buffon mantuvieron un duelo titánico que condenó el partido a los penaltis, era imposible ver goles de otra forma. Hay situaciones en la vida que uno debe afrontar de frente y a pecho descubierto, por lo que decidí dar la espalda a la televisión cada vez que un jugador español se dirigía al punto fatídico. En Iker, por aquel entonces, confiaba plenamente y no estaba dispuesto a perderme sus milagros. La fórmula daba resultado, España metió los tres primeros y Casillas evitó que Italia hiciera lo mismo parándole uno a De Rossi, así que me tomé la libertad de ver a Güiza tirar el cuarto y, para mi desgracia, lo falló. El partido lo vi en casa de un vecino rodeado de amigos y familiares, que al instante me lanzaron miradas acusadoras, evidentemente se dieron cuenta de que el fallo no fue de Güiza, sino mío. Me sentí por unos minutos como se debió sentir Cardeñosa en el Mundial del 78, culpable de todos los males del país, luego Iker apareció para remediar mi error y aquel sentimiento pasó a Di Natale. Fàbregas metió el quinto y yo, obviamente, no lo vi. España acabó con la maldición de cuartos en el Prater de Viena, donde días más tarde ganaría su segunda Eurocopa. “Podemos”, por aquel entonces, no tenía nada que ver con Pablo Iglesias, sino con el sueño de unos cuantos millones de españoles de ver a su país hacer algo bien mientras se iba económicamente a la mierda. Más tarde Obama copiaría el lema de la selección para adaptarlo a su campaña en la carrera por la Casa Blanca. Años después también le plagiaron el eslogan al presidente de Estados Unidos para fundar otro partido definitivo de la izquierda española. Por lo tanto, se puede decir que el mundo gira alrededor del Real Madrid, pero esa es otra historia. Lo que queda claro es que Podemos nació de penalti.

La selección volvió a pasar por el punto fatídico en el verano de 2012 para ganar su tercera Eurocopa, fue en la semifinal en Donetsk, contra Portugal. Casillas, en pleno proceso de envilecimiento, paró uno, otro lo salvó su idilio con los postes. Ramos marcó a lo Panenka el penalti que meses antes debió marcarle al Bayern. Cesc, por tradición, marcó el quinto y España jugó y ganó su tercera final consecutiva. Aquella semifinal la vi en casa con parsimonia, vi con frialdad todos y cada uno de los lanzamientos, aquella selección ya no era la de todos, sino la de los jardineros de Guardiola. Aquel equipo nacional, comandado por un ingrato marqués, parecía haberle declarado una especie de guerra fría al Real Madrid por no haber cedido ante la dictadura del tiki-taka. En la vida siempre hubo prioridades y los triunfos de la selección pasaron a ser algo agridulces.

Era una calurosa mañana de mayo, yo intuí lo que se me venía encima, así que decidí emborracharme desde bien temprano para paliar los nervios. Empecé bebiendo con la familia, luego con los amigos y luego con los amigos y la familia, pero no sirvió para nada. Al sonar el pitido inicial parecía que me había tomado seis litros de Red Bull en lugar de cerveza, la final de la Champions había arrancado en Milán. Mi corazón aquel día perdió años de vida, pero logró aguantar los 120 minutos de igualdad que obligaron decidir al campeón desde el punto fatídico. Aún me pongo nervioso cuando veo las imágenes de Lucas Vázquez caminando hacia uno de los fondos de San Siro. Me temblaba todo el cuerpo, pero no había excusa, había llegado el momento de afrontar una tanda de penaltis como un hombre, ya no era un niño, esta vez tendría que quedarme frente al televisor, o eso pensaba yo hasta que Lucas Vázquez, el muy cabrón, porque no tiene otro nombre, empezó a hacer malabares con el balón mientras se dirigía a lanzar el primer penalti. Yo al borde del infarto y aquel tipo haciendo malabares, obviamente no pude seguir mirando. Pasé media tanda de penaltis arrodillado en las escaleras, rezando. Sólo entraba en el salón cuando el bullicio me indicaba que habíamos marcado, gritaba un poco y me quedaba a ver si llegaba el fallo rival. Parecía que por justicia divina esta vez sería el Atleti quien saliera agónicamente campeón, pero no todo es lo que parece y al final resultó que Dios es del Real Madrid. Juanfran la mandó al palo, Cristiano la metió y yo, por supuesto, no lo vi. Tras escuchar el orgásmico estruendo de la victoria supe que ya nada más tenía importancia, todo daba igual, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo lo sentí en lo más profundo de mi corazón. El resto fue locura, felicidad y gloria. Aquella final me pilló en la veintena, con ilusiones y objetivos que cumplir. Algunas mañanas, sin remedio, me levanto pensando en aquellos malabares de Lucas Vázquez en Milán, y sonrío, de repente todo está al alcance de la mano, porque hay alegrías que nunca se acaban.

El jodido Real Madrid

En el mundo moderno está cada vez más de moda mirar a los aficionados apasionados de los clubes de fútbol como si fueran enfermos mentales. Estamos mal vistos los hinchas que seguimos religiosamente cada partido de nuestro club. Ir al fútbol está considerado un acto retrógrado y anticultural por aquellos mismos que ven poesía en cuatro palabras mal escritas sin métrica alguna y que ni siquiera riman, aquellos que perciben arte hasta en una persona cagando. Sin embargo no son capaces de percibir el choque de civilizaciones que se produce cada vez que dos equipos de gran rivalidad se enfrentan, como dos formas diferentes de entender el fútbol, y por ende la vida, entran en conflicto dando lugar a una batalla maravillosa de once contra once mientras son observados por miles de personas con sed de victoria. Cada equipo de fútbol representa a una parte de la sociedad (y a cuatro o cinco subnormales), representa unas ideas, y nuestro club nos da la posibilidad de soñar con que nuestras ideas triunfen.

El madridismo no sólo es perseguido por los críticos del fútbol, sino también por los aficionados del resto de equipos. Se creen por ahí que lo que representamos es soberbia, prepotencia y victimismo. Se autoengañan, nos adjudican el discurso de otros como si fuera propio. El Real Madrid lo que representa a nivel mundial son las ganas inagotables de querer ser siempre el mejor, es la fe en la victoria hasta el final, por muy adversas que sean las circunstancias.

Es cierto que el Real Madrid no nos da de comer a la gran mayoría de madridistas, como nos suele decir esa gente a la que le importa un carajo el fútbol, pero hace algo mucho más importante, nos alimenta moralmente. Nos proporciona ilusión, esperanza y la ocasión de saborear la dulce victoria tras un día de mierda. El Real Madrid tiene la maravillosa fuerza de conseguir mantenerte en pie aunque tu vida sea un desastre, porque siempre te quedará esa parte de tu vida en la que pase lo que pase seguirás siendo un jodido ganador, porque eres del jodido Real Madrid. No conozco mejor sensación que la de remontar un partido en el tiempo de descuento, no sólo por el éxtasis desenfrenado que produce en la afición, sino porque un gol de la victoria en el último segundo hace sentir, al menos por un instante, que todo es posible. De repente todo está al alcance, de repente puedes lograr cualquier cosa, de repente todo parece un poco mejor aunque sólo sea por un momento, unas horas, o unos días. El gol no sólo cambia el signo del partido, también cambia el signo de la vida.

No es sólo fútbol, no sólo son veintidós hombres corriendo detrás de un balón y por supuesto el Real Madrid no es simplemente un equipo de fútbol. El fútbol nos proporciona sueños y el Real Madrid nos da la posibilidad de cumplirlos. El mundo es un lugar menos cruel y un poquito más justo después de una victoria del Real Madrid, o al menos así será siempre para mí. Queridos modernos, si no son capaces de entender esto no lo intenten más, porque jamás podrán.

 

The Champions

The Champions

La competición de fútbol más preciada del mundo, todos los niños sueñan con levantar la orejona, menos los del Atleti, que sueñan con perder trágicamente la final y sacar pecho de su ADN de sufridores y dramáticos perdedores. Hablo efectivamente de la Champions, título que te corona como campeón de los campeones, como rey de Europa. La UCL se disputa de febrero a mayo, teniendo su particular pretemporada de septiembre a diciembre, donde ya suena ese himno en los partidos que te hace imaginar la gloria de volver a ganarla, donde ya se pueden ver a las mejores estrellas del fútbol mundial, donde te encuentras equipos rivales con nombres impronunciables que tienen el nivel del club de tu barrio, donde el Barça empieza a marcar goles en fuera de juego y sus rivales a jugar con diez, para que luego a nadie le extrañen los favores arbitrales en el Camp Nou, o un Ovrebo en Stamford Bridge. Pero una vez acabado ese trámite de la fase de grupos y eliminados los equipos de relleno empieza la Champions.

Febrero, los dieciséis mejores clubes de Europa, eliminatorias a doble partido a machete hasta que sólo queden dos en mayo y hagan la guerra en alguna ciudad prestigiosa del continente. Eso es la verdadera Champions League, donde el Real Madrid asusta sólo con el nombre, da igual si el club está autodestruyéndose desde dentro, la amenaza de que conquisten el continente por undécima vez es aterradora. El Barcelona en abril empieza a sacar los pasamontañas y las pistolas para atracar a mano armada a toda Europa, mientras la prensa sólo habla de un juego brillante con los pies de los blaugranas, como si el resto de equipos de la historia hubieran jugado con las rodillas, también hablan de un genio llamado Messi, de un fantasma de Albacete y de Hannibal Lecter rehabilitado, que ha pasado de morder rivales a solamente abofetearlos. Entra en escena Ibrahimovic desde París, que se niega a renunciar a retirarse sin haber reinado en Europa, pero 34 años pesan mucho en esta carrera por el trono. Por estas fechas también resurge la figura de Pep Guardiola, amenazando con secuestrar todos los balones del mundo a base de pases y que no se vuelva a ver un tiro a puerta. Luego también está Casillas… Era broma, no está. Por ahí se encuentra Pellegrini, buscando la fórmula de caer eliminado, de momento no da con la tecla y tiene pesadillas viéndose jugando la final.  Siempre presentes los equipos alemanes dando guerra, como dijo Lineker: “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”. Esta frase ha variado mucho desde que la dijo, el fútbol es un deporte de once contra once excepto si juega el Barça, entonces son once contra diez. Lo de que siempre ganan los alemanes lo cambió el Real Madrid, viajó a Alemania tres veces en 2014 para eliminar a los clubes alemanes de uno en uno.

La competición de fútbol más prestigiosa del mundo se ve otra vez amenazada. Los ladrones de ese país de ahí arriba a la derecha intentan robarla de nuevo con el apoyo de la UEFA. París está hecho para la moda y el glamour, para que fluya el amor y no la guerra del fútbol. Unos hipócritas que residen en el Manzanares intentan conquistarla con el discurso de un hombre al que desearon la muerte, insultaron y se burlaron hasta que se marchó del país. Guardiola intenta dormir a todo el mundo con la posesión para poder agarrar el trofeo sin esfuerzo. Manchester sería una solución perfecta, la salvación de la competición, pero Pellegrini se niega a triunfar, no ha fracasado durante toda su vida para estropearlo ahora. Recordando a Juanan: “Sólo nos queda el Real Madrid como último bastión del mundo libre”.

Siempre con Mourinho, aunque sea a la muerte

Siempre con Mourinho, aunque sea a la muerte

Cayó Mourinho como cayó el Imperio Romano, da igual todo lo lúcido que hayas sido que al final la barbarie te acaba consumiendo, no hay forma razonable de pararla, en la barbarie no hay razón alguna.

No puedo negar que estas palabras vienen desde el más profundo dolor al volver a ver como un hombre que se convirtió en leyenda sí mismo vuelve a ser maltratado y pisoteado por la masa. Ha caído Mourinho, ha caído un ejemplo de trabajo, dedicación, sacrificio, defensa a los suyos, compromiso y sobre todo lealtad, una lealtad que hace años él no recibe hacia su persona. Quizá esto sea el mayor fallo que ha cometido José en su carrera, rodearse de mediocres que no creen en su trabajo, que no tienen la ambición por la excelencia que él siempre ha mantenido. No he visto a nadie más brillante que Mourinho tan maltratado por la sociedad sólo por perseguir la gloria. El mundo está tan prostituido que cuando siente que alguien destaca por encima del resto inmediatamente se intenta derribarlo porque se quiere defender una inexistente igualdad entre todos los individuos. A veces olvidamos que el ser humano es un animal social y jerárquico, y hoy en día está mal visto eso de que haya jefes que manden y se les tumba. ¿Orden o barbarie? Barbarie aclama el pueblo, porque creen que tendrán en el caos todo los beneficios que les concede el orden.

Mourinho o muerte dije yo hace unas semanas en esta lucha agónica que está manteniendo el Mourinhismo por su supervivencia en estos últimos tiempos, y se ve que al final tendrá que ser la muerte porque a Mourinho siempre nos lo arrebatan. Pero será la muerte ordenada y por desgaste, asumida con rabia porque sabemos que fuimos los mejores y los más odiados por ello, nos consumiremos en el caos con resignación pero sin grito alguno. Caímos con nuestras ideas, las defendimos hasta el fin y siempre nos mantuvimos firmes bajo nuestra bandera en este mundo de traidores.

Ganó el Superhombre

Ganó el Superhombre

Se enfrentaban en Stamford Bridge el Superhombre contra la involución humana por un puesto en los octavos de final de la Champions. El falso ídolo decadente del pasado contra la evolución, la voluntad de poder y la razón. Las casualidades de la vida nos habían regalado un Chelsea – Oporto en la última jornada de la Champions con los dos equipos luchando por pasar de ronda. Mourinho contra Casillas mano a mano, sin el Real Madrid de por medio, sin la prensa española condicionando la batalla, sólo ellos y sus equipos peleando por estar en el TOP dieciséis del fútbol europeo, lo que viene a ser una lucha de vida o muerte, y al final, como no podía ser de otra forma, venció el Superhombre.

La vida a veces es justa y la forma de justicia más bonita es la poética. Mourinho echa de la Champions, es decir, la élite del fútbol, al hombre que le echó del Real Madrid, o lo que es lo mismo, la cima del fútbol. Ese entrenador que ha ganado títulos por media Europa (no por toda porque sólo ha trabajado en media) mandaba a Casillas de vuelta a su casa en Oporto a las primeras de cambio, donde Mou empezó a escribir su leyenda ganando esa mediocre competición a la que manda al portero este año, y ganando al año siguiente la máxima competición continental. Esa será siempre la principal diferencia entre los dos: uno llevó al Oporto de jugar UEFA a jugar la Champions ganando ambas y el otro lo llevó de jugar Champions a jugar Europa League y no parece que tenga aspiraciones de ganar nada. Pero como ha dicho el Míster “ahora Casillas tiene la oportunidad de ganar la competición que le falta”. Si al final el desalmado mercenario portugués no va a ser tan malo y va dando nuevas oportunidades.

Hace ya casi tres años desde aquel fatídico “presi o Mou o nosotros” que pronunciaron aquellos héroes caídos que vivían de rentas del pasado, aquellos hombres adorados por la masa madridista a la que arrebataban más de lo que la daban. Esos individuos que negaron al Bernabéu la evolución, el avance, la razón y lo sublime a cambio de la involución y la falta de ambición para la excelencia, estancados por siempre en la mediocridad. Esos caciques que negaron la supervivencia con el apoyo mediático a ese movimiento lúcido, polémico y perspicaz como fue, por lo menos en sus comienzos, el Mourinhismo. Hoy, casi tres años después y con el Mourinhismo casi extinto (como movimiento), esos inútiles han sido derrotados por lo menos por una noche. Hoy, casi tres años después, el fútbol volvió a ser una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Ganó la evolución, ganó el Superhombre.