Fracasar, un acto de fe

Lo más bello en esta vida son las cosas que pudieron ser y nunca serán. Como ese fin de semana en el que sales de fiesta, tonteas con dos y acabas con ninguna. Como cuando apuestas todo al rojo en la ruleta y la pelotita salta contra las leyes de la gravedad de la casilla roja a la negra. Igual que la casi remontada del Madrid de Mourinho al Dortmund. Parecido a lo de esa chica que te quiere tanto y te dice que eres tan genial y lo pasáis tan bien juntos que vais a ser sólo amigos. Exactamente como Aaron Rodgers y los Green Bay Packers en Arizona, que a falta de cuarenta segundos de partido estaban a cien yardas de la vida y cuando el cronómetro llegó a cero seguían vivos, ¿y todo para qué? Para palmar en la prórroga, para morir en la orilla. Como Francis Scott Fitzgerald que siendo un genio de la literatura acabó solo en un apartamento en Hollywood, separado, deprimido, arruinado y alcoholizado tras haber pasado unos gloriosos y millonarios años veinte. ¿Por qué? Porque la felicidad no es ni de cerca tan hermosa como el fracaso, no hablo del fracaso estrepitoso, sino la belleza de lo que nunca será por milímetros cuando ya casi estaba siendo.

Yo muchas veces al levantarme pienso que soy jodídamente listo, que haré grandes cosas en la vida y llegaré lejos, entonces empiezo a trabajar en mis proyectos, que normalmente duran la ilusión de una mañana, después acabo o leyendo, o escribiendo, o en el bar. Para que no digan que no lo intento, pero a veces la belleza del fracaso es imposible de ignorar. Llega un punto en el que haces las cosas por si acaso esta vez no fracasas, por esa última esperanza que queda un recoveco de tu corazón, un acto de fe, pero realmente tienes la cabeza puesta en como será la hostia esta vez, porque lado te vendrá y en cagarte en la puta madre que parió a esa panda de inútiles que consiguen lo que siempre has querido sin esfuerzo, mientras tú te esfuerzas en fracasar.

Como dijo Samuel Beckett: “fracasa otra vez, fracasa mejor”. Porque fracasar es malo, pero peor es perder y ya está. Hay que saber fracasar bien, con estilo, a lo grande. Ya vale de arrastrarse para intentar arreglar lo imposible. ¿Algo te sale mal? Pues sí joder, las cosas la mayoría de las veces salen mal, para qué engañarnos, e intentar arreglarlas suele salir peor todavía. Sólo queda decir: “Sí, la he cagado, ¿qué pasa?”.

Aceptar el fracaso, no como objetivo, sino como fin inevitable, algo así como la muerte, que por mucho que no quieras que pase acabará pasando. Fracasar es algo común, sucede a toda clase de personas  de distinta edad, distinto sexo y distinta raza todos los días. Hay que asumirlo, sólo basta con mirar a los del Atleti, saben que al final, a pesar de todo el esfuerzo de la temporada, acabarán fracasando y aún así son felices. Hay que ser como los colchoneros, menos en lo de ser felices, el fracaso hay que asumirlo, no celebrarlo. Porque si el fracaso puede ser hermoso, la resignación al fracasar es un acto maravilloso. Ese dolor intenso de la derrota en el último segundo que te devasta y te tumba como si fuera un puñetazo de Mike Tyson, entonces desorientado te preguntas qué ha podido salir mal, cuando en realidad todo había salido mal y te había empujado hasta allí, hasta el límite entre la gloria y la debacle para quedarte corto, nunca un poco más allá, es justo en ese momento cuando te repites “que puta mierda de vida” y te dejas llevar por los demonios maldiciendo a la madre del mundo entero. Ese momento también es bonito, a su manera.

Fracaso tras fracaso siempre con el mismo dolor familiar, devastador e insoportable que amarga la vida, incluso cuando sabes que vas a fracasar. ¿Y todo por qué? Porque siempre hay una mínima esperanza en lo más profundo de tu ser esperando a que esta vez sí, por mal que pinten las cosas, todo salga bien. Y quién sabe, a lo mejor la próxima vez que apuestes al rojo la pelotita se queda quieta. Puede que en otra ocasión la chica que piensa que eres genial no te eche la charla de la amistad y te quiera de verdad. Estoy seguro de que Mourinho firmaría plantarse todos los años en semifinales de Champions para intentar hacer remontadas históricas. Aaron Rodgers no dudará la próxima vez que su equipo vaya palmando en hacer un pase de sesenta yardas. ¿Por qué? Porque sólo necesitas que salga una vez bien para ser adicto a fracasar.

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Siempre fuimos más felices.

“Sonidos del pasado que vuelven para recordarnos que siempre fuimos más felices y estuvimos más vivos” esto comentaba Manuel Jabois sobre el paso del tiempo en su libro Manu. Seguramente sea la frase menos destacable del libro, ya que el libro es humorístico, pero buena frase al fin y al cabo.

Llega la madrugada, la vuelta a casa, la mayoría de las veces dando tumbos por culpa de unas cervezas de más, otras con gesto inexpresivo como si nada importara. Pero siempre acompañado de esa sensación de vacío en el pecho, esa que nunca le abandona. En sus ojos se refleja la verdad, la derrota. Nadie le da las buenas noches, nadie le va a alegrar por la mañana, pues ahí sólo está él y su enorme cama vacía. Hora de soñar, de esperar el comienzo de un día mejor, no un día más. El hombre que soñó con construirse a sí mismo y terminó por autodestruirse, el hombre que construyó sus sueños sin saber que serían su pesadilla. Estuvo tocando la gloria creyendo que ya la tenía, cuando en realidad ya la había perdido, ¿estuvo alguna vez si quiera cerca de conseguirla? Vive recordando tiempos mejores, luchando por recuperarlos, sin saber si realmente existieron. Creyó y confió  hasta el final, mostró la verdad y la verdad acabó con él. Amanece y mientras todo el mundo se levanta a cumplir su deber, el hombre derrotado sueña. No hay gloria alguna en el intento, no hay descanso hasta la victoria.

Siempre habremos vivido el mejor momento de nuestra vida.

Granero a Topor

No hay nada como un bar

El nuevo spot de coca cola es una genialidad, es tan grandioso que se merece breve entrada en este blog.

Porque cuando tienes un día malo vas al bar a ahogar las penas, cuando tienes un día bueno también vas al bar, a continuar con la alegría. Cuando parece que el día va a ser triste y aburrido, siempre tienes una panda de amigos que te sacan de casa, intentáis improvisar planes que hacer y siempre acabáis en el bar, eso suelen ser los mejores días. Porque cuando te vas de paseo siempre acabas en el bar tomando el aperitivo. Porque en el bar te encuentras con gente que sabe de todo, no hay nada como las tertulias en el bar. Si llueve vas al bar a refugiarte, si hace buen tiempo te vas al bar, a la terraza, a tomarte una cañita fresquita. Ya no digamos cuando hay fútbol, cuando hay fútbol vas al bar, juegue quien juegue, y cantas los goles sean del equipo que sean, menos si son del Barça. Porque la felicidad consiste en ir al bar con tus amigos y ponerte hasta el culo de cerveza, mientras ves ganar al Real Madrid en una tarde de primavera.

El día que me despedí de la felicidad

Un día malo que acaba siendo sublime. Esa capacidad tuya de hacer de una mierda algo increíble. Esos chutes de ilusión por la vida que le metes a la gente.

La cosa empezó mal, bueno en realidad mientras estuvimos andando por las calles de ese infame pueblo todo fue bien, lo malo empezó cuando decidimos pararnos y ponernos a hablar.

Apareciste a lo lejos, tu cara estaba iluminada por el destello blanco de tu sonrisa, llegaste hasta donde yo me encontraba y nos dimos un abrazo de esos que hacen sentirse a uno a gusto y bien. Íbamos andando mientras hablábamos de cosas intrascendentes, hasta la llegada al campo de fútbol, ahí empieza nuestra típica conversación en la que cada vez que se va a decir algo hay que pensar, unos cuantos segundos, lo que vas a dejar salir de tu boca. En ese momento me entran ganas de llorar, me invade la angustia, esa que ya vive conmigo, como si nos lleváramos toda una vida juntos. Estaba extremadamente nervioso y sufriendo, empezando a sangrar por viejas heridas que no cicatrizan nunca. El porqué de todo lo que sentía es simple: porque quería responder a tus preguntas diciendo la verdad. Porque cuando dije que quería ser el mejor, era mentira, lo que quiero es ser el mejor para ti. Cuando preguntaste en qué estaba pensando, quería decirte que en cogerte de la mano y contarte lo mucho que te quiero, que quiero estar contigo. Pero no podía decir eso porque no debo decirlo, así que agaché la cabeza quedándome en silencio, era como si me estuvieran abriendo el pecho desde dentro.

Así transcurría la tarde, estaba siendo un infierno, estaba sufriendo y quería que se acabara. Decidí acompañarte un rato para despedirme, entonces llegó tu abrazo y me calmaste, me sentía seguro, la angustia ya no estaba y eso es algo que sólo puedes conseguir tú. Me sentía libre, ya no quería ponerle fin, pero llegó la despedida, nos volvimos a abrazar, cruzamos las miradas y desapareció el mundo, Fue una mirada tierna, incluso puede que con algo de amor, una mirada que me llenó de ilusión. Era el momento perfecto, abrazados, con los ojos ambos clavados en los de enfrente, todo apuntaba a… pero hay cosas que no pueden ser. Después de ese instante la tarde no podía acabar ahí, decidí perder mi transporte de vuelta a casa por quince minutos más contigo, que es lo que tardaríamos hasta la puerta de tu casa, pero serían quince minutos sintiéndome bien, así que a pesar de tu negativa me quedé un poco más en esa preciosa aldea.

A partir de ahí empezó lo bueno de verdad,  hablando y riendo contigo, viéndote sonreír y sonriendo, puede que mi boca se estirase más en esa tarde contigo que en los tres meses anteriores. Perdí la noción del tiempo, no sé cuanto estuvimos juntos, pero se me hizo demasiado corto. Ya estábamos llegando a tu casa cuando decidiste corresponderme por no haberme ido quedándote sentada en un banco conmigo.

Estaba tranquilo y feliz, sentado contigo en un banco haciendo memoria, recordando todos los momentos sublimes juntos. Supongo que si los hubiera recordado yo solo me hubiera deprimido, pero estaba contigo, y cuando estoy contigo no me hace falta nada más. Eres la única persona que me hace sentir bien, supongo que será porque eres la única persona con la que deseo estar en todo momento, o a lo mejor es al revés, no lo sé, lo único que sé es que te quiero más que a nada.

Llegamos al final, ahora sí, había que despedirse. Te acompañé hasta donde me dejaste, no me quería separar de ti, pues sé que eso conlleva un poco de dolor después, pero el día se tiene que acabar en algún momento. Nos abrazamos, te dije que llevaba toda la tarde aguantándome las ganas de besarte y que lo había conseguido, entonces volviste a mirarme de aquella manera, parecía que esta vez podía ser, pero te diste la vuelta y te fuiste. Allí me quedé yo, observando como te alejabas, como suelo hacer siempre, la tristeza volvía a mí después de una gran tarde. Pero esta vez pasó algo diferente, justo antes de desaparecer te giraste, otra vez esa mirada…

Querido mayo

Se acabó, es el final, se cierra la etapa más gloriosa, agotadora, defraudante y triste de mi vida. Una etapa de tres años que han pasado como si fueran uno. Construí mi mundo alrededor de cosas que pensé que iba a tener toda la vida, y cuando empezaron a faltar, decidí sostener los cimientos apostando todo a una sola carta, pero no salió el as y fracasé. Ahora toca demoler las pocas ruinas que quedan en pie y volver a empezar.

Todo empezó con la llegada de José Mourinho al Real Madrid en mayo de 2010, curioso mes en el que siempre me pasa algo. Ahí nacía el Mourinhismo en este país, una nueva forma de vida, el fútbol se convirtió en mucho más que una cuestión de vida o muerte. Yo era un chaval que se sentía imparable, con ilusión por la vida, que no veía más allá de sus pies y que pensaba que podía vivir chupando del bote para siempre. Al año siguiente, entre agosto y septiembre, la vida decidió recordarme lo insignificante que soy. Algunas personas se mudaron al otro barrio, esto fue el primer gran golpe moral que recibí en esta etapa, que me sigue causando estragos a día de hoy. Lo único rescatable de esos meses fue la Copa del Rey conseguida en Valencia, en abril de 2011, por el Real Madrid. El Mourinhismo comenzaba su ascenso, ligado al éxito de su máximo representante.

En septiembre de 2011 recuperé la ilusión de golpe, nunca me había sentido igual, me enamoré. Conocí a la que ha sido, hasta ahora, la persona más importante en mi vida, una chica verdaderamente sublime. También conozco al hombre que me cambiaría la forma de pensar, mi profesor Mariano. Con todas esas clases hablando de lo que era la felicidad para distintos filósofos se me introdujo la idea de buscar la felicidad en la cabeza, aunque no he tenido mucho éxito en la búsqueda. Los siguientes meses fueron muy duros, estaba locamente enamorado y me pasaba los días pensando y hablando de lo sublime que era ella.  Sólo había dos personas que me aguantaban, una pelirroja que conocí por twitter y una pequeña gran amiga, que poco más tarde dejó de serlo.

Quizá la mejor época de toda mi vida sea el periodo que abarca entre el 27 de marzo y el 20 de mayo de 2012, en el que, tras meses de sufrimiento, declaré mi amor a la chica sublime y ella, a veces, incluso me correspondía. Esto coincide con la consecución de “La Liga de los Récords” por parte del Real Madrid y el apogeo del Mourinhismo. No he sido más feliz en mi vida que en ese periodo de tiempo.

El 20 de mayo de 2012 se acaba mi relación semi-amorosa y a partir de ahí todo se va derrumbando poco a poco, hasta que justo un año después no quedase nada. Me fui a pasar el verano con mi amigo Sergio a la playa, para recomponer fuerzas y olvidar, pero no olvidé nada. Así llegué a septiembre de 2012, añorando lo que había tenido y que justo empezó hacía, en ese momento, doce meses. Yo no olvidaba a la chica, y me aficioné al masoquismo intentando volver a conquistarla. Pasaban los meses y cada vez estaba más desmoralizado, mi único apoyo moral eran las clases de filosofía y ver ganar al Madrid con el entrenador portugués a la cabeza. Pero la cosa acabaría en mayo de 2013 ,otra vez mayo, cuando me di cuenta de que luchaba por algo imposible y era momento de rendirse. Pocos días después mi amiga pelirroja, cansada de mi melancolía, decide dejarme volar solo. Pero las malas noticias siempre vienen acompañadas, una mañana mi querido profesor me comunica que el año que viene ya no me dará clase. Ya sólo quedaba una cosa que mantenía la ilusión en mi vida, hasta que llegó el día 20 ,tenía que ser ese día, en el que se anuncia que Mou dejaría de ser entrenador del Real Madrid y llega la debacle del Mourinhismo.

Todo lo que me había hecho salir adelante en estos tres años ya no estaba, los pilares fundamentales de mi mundo habían caído. Yo, hasta hace un par de días no me imaginaba mi vida sin las clases de filosofía de Mariano, sin las conversaciones con mi amiga pelirroja, sin la ilusión de luchar por algo al levantarme por las mañanas, o sin José Mourinho entrenando al Real Madrid. Ahora me siento vacío y triste, han sido tres años muy duros e inolvidables, en los que no he podido dar más de mí mismo. Ahora toca volver a empezar, mi animal mitológico favorito siempre fue el ave fénix.

Mi sueño es la locura

Hace poco, leyendo un libro, me encontré con una frase de esas que se te meten en la cabeza y no hay dios capaz de sacarla. La frase decía: “un loco es aquella persona que vive en su propio mundo”. Debo admitir que me encanta lo que dice, por fin se me reconoce algo en esta vida.

Yo vivo en mi mundo, encerrado en mis pensamientos, o al menos es lo que intento, pues produce mucho desgaste el tener que pelearse todos los días con cualquiera sólo por defender tus ideas. Porque a la sociedad de hoy en día no le gusta lo diferente, y si tienes ideas que se salen de sus pautas te van a machacar. El objetivo es que todas las personas sean iguales y se unan para linchar a los raritos, esos que cometen la desfachatez de ir diciendo lo que piensan.

Es agotador vivir rodeado de una jauría de perros, que lo único que hacen es esperar a que erres en cualquier acción para tirarse a tu cuello. Esto hace que te vayas aislando, que te vayas metiendo en una burbuja en la que sólo caben dos o tres cosas que te importen, y lo demás te sea totalmente indiferente. Pero eso es muy complicado, siempre hay algo, que aunque no quieras, se cuela y acaba reventando tu burbuja.

A mí ,sinceramente, me encantaría vivir durmiendo mientras sueño, siendo feliz, creándome mi propia realidad y así aislarme completamente del resto del mundo, pero todavía no sé como soñar con lo que me venga en gana. Así que supongo que seguiré con mi amarga vida de discutir día sí y día también, persiguiendo metas imposibles, que son solamente eso, sueños.

“Yo por ti recibo un pecho en la bala”

“Yo por ti recibo un pecho en la bala” me dijeron alguna vez en algún momento que apenas recuerdo. No, no han leído mal, tampoco me he equivocado al escribirlo, tal y como lo leen me lo dijeron a mí. Un poco desconcertante, lo sé, pero es una de las típicas cosas que se dicen una panda de seis o siete colegas ebrios, después de la típica noche de viernes, en la que no ha pillado cacho ninguno, que es lo habitual, y se dedican a abrazarse y a elogiarse entre ellos para demostrarse que son “tíos de puta madre”.

Mi grupo de amigos está compuesto por varios jóvenes procedentes de un pueblo del extrarradio de Madrid, amantes de la cerveza, (salvo rara excepción, en la que aman el larios con limón) tan sumamente inteligentes que eso de estudiar se lo dejan a otros, porque ellos van sobrados. En realidad miento, mis amigos suelen quedar para estudiar juntos, sobre todo los martes y los miércoles cuando hace buen tiempo, se compran un par de litros en el chino y se van al parque a pasar una buena tarde de estudio.

He de reconocer, que muchas veces me gustaría tener amigos con los que poder irme a tomar unos gintonics, sentarme con ellos en la mesa de un pub vestido a lo “high class” mientras nos fumamos unos puros y debatimos sobre temas de literatura y filosofía, manteniendo conversaciones cultas llenas de ironía y alegorías. En vez de eso tengo un grupo de amigos con los que ir al bar pordiosero más cercano, ingerir varios litros de cerveza cada uno y practicar la afición más castellana que existe, sacarle defectos a todo lo que se nos pasa por la cabeza. Y, aunque suene raro, no lo cambiaría por nada del mundo, porque el mejor momento de la semana, son las borracheras de los viernes con los amigos y si sobra dinero, también las del sábado.