Enamorarse de un ser salvaje

Enamorarse de un ser salvaje

Pocas cosas más bellas se han visto en este mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, no sólo porque fuera una mujer descomunal, sino porque además nos hace amar a Holly Golightly como si fuéramos uno de sus amantes millonarios dentro de la pantalla, suspirando por llegar a la mujer inalcanzable.

Se trata de una mujer de belleza indescriptible, de pasado turbio, que se gana la vida flirteando con hombres ricos. Es una chica joven y alocada con miedo al compromiso, a una vida seria y sobre todo pánico a querer de verdad. Sobre su miedo nos deja una gran cita: “se puede tener un día negro porque se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”. Holly vive sin preocuparse del mañana, huyendo de los sentimientos y de sí misma: “Te quiero, pero yo ya no soy esa chica que se casó con catorce años, compréndelo, no puedo irme contigo” le explica a su exmarido nuestra querida protagonista, acto seguido, con su ex alejándose en autobús, se dirige al escritor Paul Varjak: “¿Quiere que le confiese algo terrible? Sigo siendo esa chica, la que robaba huevos y corría por la maleza, la diferencia es que ahora lo llamo tener un día rojo”.

Estamos ante una mujer extremadamente atractiva, exageradamente alocada, de personalidad abrumadora y hecha toda una rompecorazones, ¿quién mejor para enamorarse que de ella? Pero sobre esto también nos avisa Holly: “No entregues nunca tu corazón a un ser salvaje, porque si lo haces, más fuerte se vuelve. Hasta que tiene la suficiente fuerza para volver al bosque o volar hacia un árbol. Y luego a otro más alto hasta que desaparece”. Un buen consejo que todo hombre con Holly Golightly delante desestimaría, y todos nos encontramos con una Holly Golightly en nuestra vida.

Una vez le tuve que escribir a una amiga para contarle lo devastado que me había dejado una mujer: “Estoy enamorado. Hay una mujer que me revuelve las entrañas, se me corta la respiración cuando la miro y si hablo con ella me dan escalofríos. Estoy loco y ella me vuelve más loco todavía. Es sublime e insoportable”. Pocas cosas más bellas se han visto en el mundo que a Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, encarnando a una mujer de ensueño, capaz de evocar a mujeres inalcanzables, a seres salvajes.

 

 

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Soy de rubias

Se dice que toda mujer es mala, y si no pregúntale a tu padre reza le dicho, que lo peor de una mujer es que sepa que hay hombres interesados en ella y que además, si es rubia, lo mejor es empezar a rezar.

Yo como hombre tengo mis debilidades, como todos, pero no hay nada en este mundo que me haga perder la cabeza tanto como una buena rubia, y esta vez no estoy hablando de cerveza. Las mujeres pueden captar toda la atención de un hombre en décimas de segundo, la mía se centra en esas chicas de cabellos brillantes y dorados sin necesidad de que ellas hagan siquiera un gesto, su presencia me inquieta, la vista es suficiente para que se me nuble la cabeza y alegre el corazón. Cierto es que después hay un porcentaje que espanta a cualquiera con sólo mover los labios, pero no se le puede pedir la perfección a todo el mundo. Pocas cosas hay mejores en la vida, por no decir ninguna, que una mujer rubia con la cabeza bien amueblada.

No sé que tienen de especial sobre el resto de mujeres, simplemente sé que lo tienen y a mí eso me vuelve loco. Escuchar a Taylor Swift cantar está bien, pero verla actuar es la hostia y no es que tenga un cuerpo ideal, aunque tampoco está mal, es por la increíble imagen que le da ese cabello rubio en un escenario. Porque seamos sinceros, el pelo rubio llama la atención más que el moreno y casi todo queda mejor en rubio que en moreno.

Me es difícil ver una película de Scarlett Johansson sin quedarme boquiabierto cada vez que aparece en pantalla. Me es imposible no admirar la elegancia y estilo de Carlota Ruíz Saqués y envidiar a Arbeloa. No pude evitar apoyar a Edurne en el último festival de Eurovisión incluso sabiendo que su canción no era gran cosa. Se me acelera el corazón cada vez que veo a Marta Hazas en una serie de televisión. Hay algo sobrenatural en esos cabellos.

Soy presa fácil ante una mujer rubia que sepa hablar coherentemente, soy débil y caigo en sus garras y luego acabo cegado por sus encantos. Tengo el ritual personal de beber rubia la cerveza para acordarme de su pelo, porque hay melenas femeninas que nunca se olvidan. Uno de esos días en el que estaba cumpliendo mi ritual, tomando algo con amigos por garitos de mala muerte, apareció una muchacha con ese pelo dorado que enamora, una dulce voz y una sonrisa encantadora. Después de pasar unas horas bailando y hablando con ella, regalándole toda mi atención, la chica decidió marcharse, se fue como se va la lluvia de primavera. Su presencia me había dejado en shock y su ausencia vacío, no creía que pudiera haber visto algo tan bello y tampoco que pudiera desaparecer con tanta facilidad. Hasta su nombre me parecía lo más bonito que había escuchado nunca.

Estoy enamorado de todas las rubias en general y de muchas en particular, lo reconozco y lo admito abiértamente. Pero al final sólo recuerdo a una en especial; tenía pelo largo, mirada tierna, palabras afiladas y una sonrisa sublime.

 

Y tú más bonita que ninguna

Y tú más bonita que ninguna

El recuerdo de la primera vez que te vi, el instante en el que supe que me enamoraría de ti. El momento en el que te prometí que nunca me iría, en el que quedé atado de pies y manos sabiendo que serías tú la primera en marcharse. Nuestro primer beso, el punto de no retorno, mi condena. El día que te fuiste mientras me decías que no te ibas. El verano en el que nos necesitábamos pero ninguno de los dos estaba. La tarde en la que dudaste si subirte a un autobús o volver a darme importancia en tu vida, perdí yo como siempre. Las horas sentados en un banco donde parecía que nada había ocurrido, que todo volvía a empezar, el amor se reflejaba en tu mirada. El verano en el que desapareciste por miedo a hacerme daño cuando lo que realmente me hacía daño era que no estuvieras. El lunes de octubre en el que estuvimos hablando hasta bien entrada la madrugada, la única vez que me has hecho sentir que me echabas de menos. Las navidades en las que parecía nos necesitábamos mutuamente y que todo iba a cambiar. Mi afán de obtener protagonismo en tu vida mientras tú ya no me necesitabas. El verano en el que decido marcharme yo porque me dueles, matando lo único que quedaba vivo dentro de mí.

“Más bonita que la luna” sueles decir cuando tú eres más bonita que ninguna. Después de ti no hay nada, que no digo que no pueda volver a querer a alguien, lo que digo es que no voy a encontrar a nadie mejor. No ha habido persona que haya entendido mejor mi cabeza que tú, ni siquiera yo. No hay persona con la que pueda mantener una conversación interesante como contigo. Soy consciente de que cuanto más tiempo pasa más idealizada te tengo, pero sé que como en tu compañía no he estado con nadie y eso no es producto de mi cabeza.

“¿Cómo es ella?” me suele preguntar la gente que me conoce. Siempre te he dicho que a ti se te define con la palabra “sublime”. Eres brillante intelectualmente además de tener una belleza deslumbrante. Elegante desde la sencillez. Pero sobre todo eres retorcidamente simple, lo que hace que todo el mundo se pierda en lo retorcido y al final no vea lo simple. Y sobre todo buena, eres la mejor persona que he conocido y también la que más daño me ha hecho. Y lo más importante, zurda, como todos los genios. Por todo esto eres inigualable. A veces siento demasiada soledad y la necesidad de hablarte, pero tú ya no estás y cuando estabas no era conmigo. A lo mejor tú también me echas de menos a veces, pero no de la misma forma, yo no soy necesario en tu vida y no puedo aceptar estar en un segundo plano. Me pregunto por qué te fuiste la primera vez, ¿qué falló? ¿por qué no te quedaste aquí? Todo hubiera sido tan diferente… Quizás nunca lo entienda, ni siquiera sé por qué lo hago yo. Lo que sí sé es que te echo de menos y que sonreía más cuando hablaba de vez en cuando contigo, también sé que duele menos así. “Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo”.

Siempre fuimos más felices.

“Sonidos del pasado que vuelven para recordarnos que siempre fuimos más felices y estuvimos más vivos” esto comentaba Manuel Jabois sobre el paso del tiempo en su libro Manu. Seguramente sea la frase menos destacable del libro, ya que el libro es humorístico, pero buena frase al fin y al cabo.

Llega la madrugada, la vuelta a casa, la mayoría de las veces dando tumbos por culpa de unas cervezas de más, otras con gesto inexpresivo como si nada importara. Pero siempre acompañado de esa sensación de vacío en el pecho, esa que nunca le abandona. En sus ojos se refleja la verdad, la derrota. Nadie le da las buenas noches, nadie le va a alegrar por la mañana, pues ahí sólo está él y su enorme cama vacía. Hora de soñar, de esperar el comienzo de un día mejor, no un día más. El hombre que soñó con construirse a sí mismo y terminó por autodestruirse, el hombre que construyó sus sueños sin saber que serían su pesadilla. Estuvo tocando la gloria creyendo que ya la tenía, cuando en realidad ya la había perdido, ¿estuvo alguna vez si quiera cerca de conseguirla? Vive recordando tiempos mejores, luchando por recuperarlos, sin saber si realmente existieron. Creyó y confió  hasta el final, mostró la verdad y la verdad acabó con él. Amanece y mientras todo el mundo se levanta a cumplir su deber, el hombre derrotado sueña. No hay gloria alguna en el intento, no hay descanso hasta la victoria.

Siempre habremos vivido el mejor momento de nuestra vida.

Granero a Topor

Siempre te vas.

El chico estaba que se subía por las paredes esa mañana. “Improvisa” le había dicho ella hace solamente unos minutos, quizá poco más de una hora. ¿A quién se le ocurre decirle a alguien que vive improvisando que improvise? De ahí sólo podía salir una locura, él lo sabía. Sabía que iba a cometer una locura, pero no cuál. Llevaba mucho tiempo sin verla, unos cuatro meses, sentía la necesidad de verla, pues ella era la única que podría parar la tormenta que había montada en su cabeza desde la noche anterior.

Después de que varias personas, y unos cuantos cigarrillos, intentaran calmarle sin éxito, decidió colarse en el autobús que le llevaría a ese condenado pueblo y hasta ella. Pasó al lado del conductor casi temblando, con miedo a que le dijera algo y el plan se fuera a la mierda, pero él conductor ni le miró. Ahora solo quedaba esperar, en veinte minutos estaría allí, veinte minutos que parecieron horas.

Ahí estaba él, matando el tiempo bajo el sol robando rosas para ella. Enrolló una rosa blanca en un papel y lo introdujo en uno de los agujeros de la valla del callejón. Entonces la envió un mensaje y le dijo que saliera al callejón. Ahora solo quedaba esperar, como llevaba esperando los últimos dos años, pues ella una vez le dijo que lo bueno se hacía esperar. Aunque en realidad él llevaba esperando toda la vida.

Entonces apareció ella, deslumbrante como siempre. Ni si quiera cogió la rosa de la valla, se quedó mirándole, sonriendo. Él la miraba sentado en un banco, sin saber que hacer, por fin estaba con ella otra vez. Palabras vacías por las dos partes, lo único que importaba era que los dos estaban allí, sonriendo. Ahora sí, ella decidió coger la rosa y se abrazaron y ¡pum! ya está, para él ya no había mundo, no había tormenta en su cabeza, no había nada, solo estaba ella.

– ¿Qué haces aquí?

– Dijiste que improvisara.

Todo iba bien al principio, él estaba nervioso como siempre que estaba con ella. Ella parecía ilusionada como siempre que él iba a verla inesperadamente. Pero luego todo se torció, ella no tenía mucho tiempo para estar con el chico, se tenía que ir, tenía cosas que hacer. Entonces la desilusión pudo con el chaval, sentía que todo su esfuerzo de ir hasta allí no servía de nada. Ella siempre se iba, cuando parecía que las cosas iban bien, ella siempre desaparecía. El chico no podía soportar esa idea, no podía soportar su marcha, fue demasiado doloroso para él la primera vez que se marchó, era demasiado doloroso para él tenerla que dejar marchar siempre. Aún conservaba la esperanza de que ella decidiera quedarse algún día, pero ese día nunca llegaba.

Todo iba a acabar como siempre. Ella no hablaba por miedo a hacerle daño al chico, él no hablaba por miedo a que la chica se fuera. Un silencio incómodo invadió la escena, entonces ella decidió que era hora de marchar. Se abrazaron, dos veces, los dos querían dejar claro que se querían, el problema que no de la misma forma. La chica le soltó, se dio la vuelta y se fue, como siempre. Ahí se quedó él, contemplando, otra vez, como se marchaba la única razón que le saca de la cama todas las mañanas. Quería salir corriendo detrás de ella y pedirla que se quedara con él, pero sabía que no debía, que no serviría de nada. Así que se quedó ahí de pie ,observando como ella volvía a irse por el mismo callejón que el año anterior, viendo otra vez como ella volvía la vista hacia él justo antes de desaparecer.

Ahí estaba él, solo una vez más. Agachó la cabeza, se sentó en el banco y se quedó mirando a la nada, viendo lo que no fue, no es y no será.

 

Un extraño ser llamado mujer

El mayor antagonismo que ha existido y existirá no es el bien y el mal, ni el capitalismo y el comunismo, ni si quiera es el Madrid y el Barça. El mayor antagonismo que hay en el mundo es la eterna guerra entre hombres y mujeres.

Las mujeres, esos seres extraños que ningún tío ha sido capaz de comprender en cuatro millones de años de evolución humana, y el que diga lo contrario miente. Es científicamente imposible que un hombre entienda a una mujer, lo que pasa es que ésto lo descubrieron las mujeres y no nos lo quieren decir porque ya deberíamos saberlo. ¿Por qué no las podemos entender? La explicación es muy simple: porque cuando las mujeres nos hablan nunca sabremos si lo dicen en tono de broma, en tono de sí pero no, en tono irónico, en tono de te vas a enterar, o demás repertorio de tonos del código de las mujeres que sólo entienden ellas. Pero si un día da la casualidad de que pillas bien su mensaje, que lo coges a la primera y piensas que ahora lo has entendido de verdad, que esta vez no puedes fallar, que esta vez es imposible equivocarse, fallarás sin remedio igualmente, porque a los dos minutos habrá cambiado de opinión.

Tema aparte merece el de sus expectativas amorosas, porque aquí ni ellas mismas se comprenden. Generalmente toda mujer sueña con casarse con su príncipe azul, un hombre que las quiera, las cuide, las mime, que sea atento, sensible y demás características que la mayoría de las veces definen a la perfección a su “mejor amigo”. Ese chico suele ser un gilipollas que pasa el tiempo partiéndose el alma por hacer a la chica feliz, a veces incluso desde la sombra sin recibir agradecimiento alguno. Pero claro, quizá ese chico la quiera demasiado, o la respete demasiado, o la cuide demasiado, así que no sirve. Ahí es cuando las mujeres sueltan el clásico: “no quiero estropear nuestra amistad, te quiero sólo como amigo”, una de las peores excusas de la historia que además incita a la violencia. ¿Por qué sucede esto? porque las mujeres en realidad no buscan un príncipe azul, en realidad la mayoría de las veces prefieren al típico macarrilla que va de duro y las hace caso dos veces al mes. Pero la idea de príncipe azul es más bonita.

Pero no todo va a ser culpa de ellas, nosotros también cometemos nuestros errores. Creo que nuestro principal problema reside la mayoría de las veces en nuestro orgullo, ese orgullo que hace que muchas veces pasemos de las cosas pensando  que ya vendrá ella, hasta que un día ella no vuelve. Puede que también haya veces que seamos demasiado simples y no le demos importancia a sus enrevesados problemas, que muchas veces ni sabemos ver. Incluso puedo reconocer que a veces no somos muy locuaces y vosotras necesitáis hablar de vuestras cosas. Pero chicas, entender a un animal que el noventa por ciento del tiempo está pensando en sexo, fútbol o cerveza nunca será igual de complicado que entenderos a vosotras.

Abu

Han pasado ya dos años y parece que nada ha cambiado. Te fuiste, nos dejaste desorientados y totalmente perdidos, sin saber como reaccionar, pues probablemente nos estábamos despidiendo de la persona más grande que hayamos conocido. Si las despedidas ya duelen de por sí, la tuya fue el dolor más intenso que yo he vivido en mi corta vida.

Recuerdo con cariño cuando mi madre y yo íbamos a dormir a tu casa, y tú y yo nos pasábamos el día sentados en nuestros respectivos sillones, viendo la tele, comiendo como marranos y tomándola el pelo, haciéndola de rabiar mientras amenazaba con no llevarme más por aliarme contigo. Juntos éramos insoportables, mi madre me llevaba para que la ayudara a cuidarte, y yo me sentaba contigo y la daba el doble del trabajo. Uno de los mejores recuerdos que tengo como nieto, es cuando mi madre guardaba el vino para que no bebieras más, y tu me decías: ” anda niño, ves a la cocina y trae el vino y me lo mezclas con un poquito de agua”. Yo iba a la cocina y te traía el vino con agua. El vino de la abuela siempre con agua.

Pero el recuerdo con el que me quedo es aquel fin de semana que mis padres se fueron a Viena, y yo me fui a cuidar de ti. Gracias a dios, no tenía que hacerlo yo sólo, pero sí que hacía mis tareas como fregar, barrer, ponerme a criticar a alguien contigo (se nos daba muy bien) y darte vino, con agua por supuesto. Ese sábado jugaba nuestro Real Madrid contra el Sevilla, en Sevilla. El partido era a las diez, y tú en los partidos tan tardíos te ibas a la cama en el descanso. Ese día no, ese día llegó el descanso y el Madrid estaba jugando de puta madre, así que decidiste quedarte hasta el final, mientras me decías: “nuestro portero es un gilipollas, está encoñao con esa guarra y no coge una”…¡Qué razón tenías abu!..Si le vieras ahora… El Madrid ganó ese partido 1-6 con una exhibición y 4 goles de Cristiano Ronaldo, que por aquel entonces era odiado por casi todo el mundo, pero a ti y a mí nos encantaba. No nos pudimos ir a la cama más felices.

Esta tarde estaba tirado en la cama leyendo un libro y se me ha venido la imagen del verano pasado, también tirado en la cama con mis libros. Igual que el año pasado he pensado, pero en realidad es igual que hace dos. Sintiéndome sólo y vacío, muy vacío.