De verdad que lo siento

Soy un hombre de errores simples, aparentemente sin trascendencia, que desencadenan el infierno. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, miré mal el horario de autobuses. Yo había quedado con mi amigo Nacho para tomar una cerveza en Alcalá, pero el autobús nunca pasó porque había pasado media hora antes, así que tuve que ponerme en plan responsable y coger el coche mientras me repetía varias veces: “hoy salgo de tranquis, pero de tranquis de verdad”.

Mi colega estaba esperándome en Alcalá con una amiga nuestra, que se ve que tenía muchas ganas de beber y encontró la oportunidad. Fuimos los tres a La Panadería, que efectivamente es un bar y no venden pan de ningún tipo, y un sitio que se llama así, y no vende pan, sólo puede ser un bar magnífico. Es el típico local donde uno siempre ha querido entrar y cuando entra sigue queriendo entrar siempre. A mí la primera vez que entré el dueño me invitó a un chupito, y para mí que me inviten es como firmar un contrato vitalicio con el bar, la segunda sólo fueron un par de cervezas, la tercera fue indescriptible.

Todo empezó con unos tercios de Mahou y cuencos gigantes de pipas en un bar con buena música donde tres amigos hablaban desinteresadamente. A la hora el local se empezaba a llenar y el tercio de 1906 que tenía en la mano estaba vacío, las señales eran muy claras, hora del chupito. Yo no me podía olvidar de que tenía que conducir, así que pagamos y cuando estábamos a punto de irnos el camarero nos invitó a tres cervezas, empezó a hablarnos con pasión, y también nos invitó a otros tres chupitos; el fin había llegado, ya ni dios podía irse de allí, los camareros nos habían camelado y no podíamos parar de hablar con ellos ni con la gente de la barra.

Yo veía aparecer y desaparecer tercios y chupitos de jagermeister a una velocidad que ya quisiera Fernando Alonso. Pero por lo menos yo veía, porque mi amigo Nachete parecía estar en Narnia, mientras a mi amiga, como dice mi amigo Andrés, le había dado el pedo depresivo. El primero acabó potando en el baño y la segunda tomando el aire en la calle odiando la vida. Yo, simultáneamente, le explicaba el panorama a un señor muy simpático de Daganzo que tenía al lado en la barra, mientras la casa seguía invitándome: “Mira, es que mi amigo va trifásico, vamos hasta el culo de jager y le habrá sentado mal. Mi amiga ahora odia el mundo, lo normal, es que había un chico y ya sabes… Yo tengo que llevarles a los dos a casa, y he bebido un poco, pero seguro que se me pasa”. El señor decía algo de que no hay que mezclar y que tuviera cuidado con los controles, que a él le habían parado hace poco y no sé qué historias. A mí me pareció un señor espléndido. Cuando apareció Nacho y pagamos, por segunda vez, sólo nos cobraron un tercio a cada uno de los dos o tres de la segunda ronda, y no tuve más remedio que despedirme del camarero alegremente, también del señor de mi izquierda, al que le di un fuerte apretón de manos e intercambiamos los nombres, aunque no me acuerdo del suyo, con deseos de volver a vernos.

De camino al coche yo iba rezando nerviosamente como aquel francotirador de la película Salvar al Soldado Ryan, que le pedía a Dios puntería para matar a los nazis, aunque yo en cambio le pedía que si mataba a alguien el coche saliera ileso. El camino al coche fue largo porque tenía que serlo, no quedaba otra si queríamos subir en él. Yo me empecé a sentir culpable porque llevaba a dos personas como una cuba conmigo, y empecé a pedirme disculpas a mí mismo y ya no dejé las disculpas en toda la noche. Iba pidiéndole disculpas al coche mientras conducía, pensando en cómo le pediría perdón a la policía si me paraban. Por suerte pudimos llegar los tres a casa sin percances y enteros.

Ya bajo mi techo a mí me invadía el sentimiento de culpa, como si hubiera estado envenenando a mis amigos. Me acordé de mi amigo JB, lo que también me hizo sentir un poco mal porque había pasado una noche épica sin él. Pensé en decirle que sólo habían sido dos tragos, una borrachera sin importancia, que esa noche no significaba nada comparado con lo nuestro, que por favor me perdonara. También pensé que debía pedirle disculpas a mi amiga, que había acabado borracha y triste y yo sentí que tenía parte de la culpa. Pidiéndole perdón a mi amiga acabé pidiéndoselo también a otra chica por error, que no tenía nada que ver, aunque pensándolo bien también se merecía una disculpa, pero no esa claro está. Luego pensé en decirla lo siento por haberla dicho lo siento por error, pero por algún motivo pensé que sería demasiado ridículo dentro de todo ese ridículo. Así que me pedí disculpas a mí mismo e incluso esta vez me perdoné, que aunque yo sintiera que había pasado la noche haciendo atrocidades lo único que hice fue pasármelo bien, y eso no me lo quita nadie.

 

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Un camarero magnífico

Volvía a casa por la tarde, después de una mañana larga en Madrid, cuando decidí parar en mi bar para tomarme una cerveza y mandar un poco a la mierda al resto del mundo. Llevaba sin pisar mi bar cuatro días y lo echaba de menos, diez minutos para tomar algo siempre se encuentran. Eran las siete menos cuarto cuando entré y me puse en la barra, la barra es el lugar más apropiado cuando vas solo al bar, las mesas son para los que van en compañía. Había un grupito de personas en una de las mesas y un hombre en la barra. El camarero al sentarme en el taburete me enseñó un tercio de mahou y me preguntó: “Paul, ¿un terciote?” a lo que yo respondí asintiendo y con un “claro”. Entrar en el bar y que sepan lo que quiero me parece maravilloso, qué bonito es cuando alguien sabe lo que quieres con sólo mirarte, además era el mismo camarero que semanas antes nos había llamado a mis colegas y a mí “mis esponjas” y la verdad es que esas cosas me hacen realmente feliz. Empecé a hablar con el camarero como cualquier otro día, me preguntó que cómo es que hoy iba solo y le dije que los demás estaban liados y yo ya echaba de menos pasarme por ahí. La conversación estaba siendo muy agradable, hablamos de mi vida y luego de la suya, me lo estaba pasando tan bien que sin querer me pedí otra cerveza. En la tele estaban echando un partido del filial del Barça, cuando le metieron gol a los catalanes le dije: “eso siempre es bueno”, a lo que me respondió: “no sabes tú cuanto”, la vida era fantástica en esos momentos.

El bar se empezó a vaciar, quedábamos sólo dos mujeres sentadas en una mesa, el camarero y yo, cuando éste decidió invitarme a otro tercio. Era todo demasiado bonito así que tenía que torcerse. El hombre me confesó a mitad de mi tercio que era su último día trabajando en el bar y a mí se me partió el corazón. Ese hombre que me había invitado a chupitos, a cervezas y a copas tantas noches, ese camarero que se sabía mi nombre, esa magnífica persona que me llamó su esponja, dejaba el bar. Me contó sus motivos y la verdad es que eran bastante razonables, pero yo no podía más que entristecerme por ello, estaba perdiendo a un magnífico camarero. Como en el bar no había más que dos personas además de nosotros decidió que era el momento de invitarme a un cigarro y salir a fumar, yo en esos momentos pensaba de verdad, y sigo pensando, que estaba ante el mejor camarero de mi vida. En la calle fumando descubrimos que los dos éramos socios del Madrid, los dos teníamos el abono en el fondo sur y los dos habíamos perdido la ilusión con nuestro Real Madrid y no íbamos ya tan a menudo al Bernabéu. Al volver a entrar al bar me contó que estuvo presente en la octava y la novena Copa de Europa del Madrid, que le encantaba ir al fútbol de joven con sus colegas, emborracharse y hacer el gamba en el estadio, y que en la final de París tuvo un pequeño lío con la policía antes del partido, pero como hablaban en francés y no les entendía no se preocupó mucho y al final no pasó nada. Yo le conté que estuve en Lisboa en La Décima y que también entré un poco tajado al estadio. Claro, que con tanta conversación me tuve que pedir otro tercio para que no se me secara la boca.

Empezó a entrar gente en el bar y la conversación ya no era tan fluida, pero yo no estaba dispuesto a irme así, era la última vez que ese camarero me serviría y sentí que mí deber era pedirme la quinta cerveza de la tarde para redondear la despedida. Intercambiamos un par de palabras más, eran las ocho y veinte, yo ya iba un poco chispa y quedaban veinticinco minutos para que empezara el Madrid, era el momento de la despedida. Pagué mis cervezas, le estreché la mano al camarero, le dije que le echaría de menos y salí del bar con una gran sensación de tristeza. Para mí supone un gran pérdida, era bastante alivio entrar en el bar y que te hicieran sentir mejor que en casa, aunque el alcohol también ayuda a esto. Realmente le deseo lo mejor al camarero, espero que sea tan feliz como yo lo he sido en ese bar cuando él me ha atendido.

Realidad

En una de las tantas veces que me despierto en una noche, entre sueños incumplidos y sudores fríos, se me habían quedado encasquilladas unas palabras en el cerebro mientras yo trataba de situarme en la realidad: “yo para ti soy algo, tú para mí eres todo” estaba diciendo en el mundo de mi mente justo antes de abrir los ojos. Podría tratarse perfectamente de una conversación con José Mourinho pero lamentablemente ese no era el caso, sino que mi mente había profundizado más en mis sentimientos.

Recuerdo una tarde calurosa de un viernes de junio, de esas que te obligan a llevar la camisa abierta y enseñar pelo en pecho, en la que fui a celebrar cualquier cosa entre cervezas y cubatas con mis amigos y algunos estúpidos de agradable compañía, porque cualquier excusa es buena para beber, pero ese día teníamos un motivo de verdad, que no viene al caso. Entre risas y alcohol alguien me preguntó si podían venir los pasotas de turno a fumarse unos porros y pasar de todo, como si yo estuviera al mando, que no lo estaba pero mandaba más que nadie, y como si a mí me importara que vinieran, que me importaba. Accedí sabiendo que era un error, pues mi grupo de amigos se basa en la unidad del grupo y de discutir, hablar, ir y venir todos juntos a piñón, porque por eso salimos juntos, mientras que en el bando de los porros lo que importa es drogarse y pasar de todo. Llegó este grupo de personas y entre ellas estaba mi talón de Aquiles, anulando mi capacidad de razonamiento y haciendo saltar mis sentimientos por los aires, eso sumado a el alcohol que me volvía más básico a cada minuto que pasaba era una bomba lista para estallar en cualquier momento. ¿Cómo ignorar algo que duele todos los días y cuanto más cerca está más intenso es el dolor? Cuanto más daño sentía más bebía y así se convirtió la tarde en noche cuando de repente me encontré dentro de un autobús rumbo a casa, con sudores fríos, entre borrachos y pasotas, rabiando y maldiciendo a todo aquel que no fuera de mi íntima confianza. Al bajar del autobús, ya sólo por puro masoquismo, quería quedarme cerca de mi dolor, pero entre tanto estúpido no podía recomponer mi cuerpo sin que mi honor saliera dañado, así que doblé una esquina y eché por la boca a la mismísima muerte bañada en los más altos grados de alcohol mientras me ayudaba un hombre de confianza. Después de dos tragos de agua y volver a ser algo cerca de una persona decidí volver con el grupo de los pasotas, pero éstos ya abandonaban mi territorio. Yo como persona civilizada e incluso a ratos educada, si quedo con alguien lo mínimo que espero es un saludo de bienvenida y una despedida, pero esta gente no es de mi misma forma de pensar, así que tras despedirme de los que tenía por ahí cerca fui tras la persona de la que de verdad me quería despedir, mientras mis amigos me esperaban en un parque. Las formas son muy distintas entre dos personas con diferente aprecio entre ellas, yo me planté delante de alguien que no valora una despedida como yo, exigiendo una despedida, a cambio me llevé una discusión y mucha rabia. Ahí estaba yo una vez más, en mi pueblo, borracho, rabioso y con los sueños rotos, vamos como casi todos los fines de semana.

 

Mi más fiel compañera

Los sábados siempre me acuesto sólo y los domingos por la mañana siempre está conmigo. Y no precisamente para hacerme una visita breve, sino para pasar todo el santo día juntos.

A eso de la una de la tarde se empieza a filtrar la luz por mi rota persiana, se oyen ruidos por toda la casa de la gente que tiene cosas que hacer, entonces yo abro los ojos y ella ya está ahí, y la verdad es que mi compañera la resaca no le tiene mucho aprecio a la luz, ni a los sonidos fuertes, y además tiene un fuerte sabor a cerveza rancia. Una media hora más tarde, después de mirar las noticias del día en twitter y comprobar que nadie me echa de menos por whatsapp, consigo salir de la cama. Al abrir la puerta del cuarto me llega el sonido de la olla exprés y ese delicioso olor a cocido madrileño, que no sé si me va a resucitar o terminar de descomponer el cuerpo. Entro en la cocina y me pongo a desayunar el típico café anti-resaca, que también sabe a cerveza rancia, acompañado del primer alimento que vea por allí, y sí, sea el alimento que sea, generalmente también va a saber a cerveza rancia. Porque con una buena resaca por las mañanas lo único que no va a saber a cerveza rancia es una cerveza.

El resto de lo que yo llamo mañana, pero es comúnmente conocido como tarde, transcurre tranquilamente. Paso el tiempo tirado en el sofá hasta la hora de comer, inmóvil, para que la gente que tiene cosas que hacer no me detecte y me mande hacer cosas a mí también. Entonces llega la prueba de fuego, cara a cara el platazo de cocido y yo, no le doy tiempo a hablar, lo devoro sin clemencia y que sea lo que mi descompuesto cuerpo quiera. El tiempo empieza a pasar muy lentamente, ya no sé que hacer con mi inseparable compañera y empiezo a sentir la soledad de la resaca, porque una resaca sólo es resaca si estás solo, porque si estuvieras acompañado seguirías bebiendo. Mi amiga y yo primero nos vemos una película, después un partido de fútbol y acabamos metiéndonos con Casillas en twitter. Y nada, que la tía no me deja en paz ni dos minutos, es un suplicio. Me agota su presencia, me consume, incluso me planteo si debería plantearme el beber menos, o por lo menos me planteo que debería planteármelo por el bien de mi salud.

A eso de las ocho de la tarde, ya aburridos el uno del otro, cuando creo que he perdido la libertad de mi cuerpo, ocurre algo mágico, empiezo a notar como algo se mueve dentro de mí, siento mariposas en el estómago. Efectivamente, el momento había llegado, me estaba dando un apretón. Voy corriendo al baño y comienzo a parir restos de cosas que ni investigadores de la universidad de Oxford descubrirían su procedencia. Al acabar el doloroso acto tiro felizmente de la cadena, soy un hombre nuevo, sonrío mientras veo como se va mi compañera girando por el retrete rodeada de mierda.

¿Y qué importa todo mientras haya cerveza?

La mentira más repetida de la historia es aquella que suelta la típica persona que al entrar en un bar se pide una coca-cola light: “te lo puedes pasar igual de bien sin beber.” Lo peor de todo es que los individuos que dicen esta desfachatez se la creen. Casualmente suelen ser las mismas personas que dicen que no salen los viernes porque tienen cansancio acumulado de la semana. Gente extraña, sin duda.

Llevo varios minutos pensando como un grupo de amigos bebiendo coca-cola se lo puede pasar igual de bien que otro grupo bebiendo cerveza. Mi conclusión es que es imposible, al no ser que al grupo bebedor le pase alguna desgracia. El grupo no-bebedor podrá hacer locuras, contar chistes y alguna que otra tontería. Pero las locuras siempre serán más locuras con cerveza, los chistes siempre serán más graciosos bebido y las mayores tonterías se hacen borracho.

El bebedor es un ser entrañable, carismático, gracioso y filosófico. Me refiero al bebedor por vocación, al que lo lleva en la sangre, no a esos borrachos pesados que se quieren hacer los remolones y no los aguanta ni su madre. Principalmente el bebedor se lo pasa mejor que el no bebedor porque entiende el idioma de los bebedores. Bueno, en realidad nadie lo entiende, pero cuando llevas dos copas de más siempre tienes que aparentar saberlo todo y entenderlo todo. Mientras el no bebedor no entiende nada y se queda mirando con cara rara  a los bebedores, para después decir que se lo pasa mejor riéndose de los que beben, con esa risa floja que demuestra que no se entera de una mierda.

cerveza

¿Para qué quedan los amigos? ¿Para hablar? No señores, no. Eso es peor que pueden hacer los amigos, hablar a pelo, sin preliminares ni nada. Eso es de modernos y de guays. Si vas a quedar para hablar con un amigo, por lo menos tómate un par de cervezas antes y utiliza la cualidad del bebedor, actúa como si le entendieras. Ya lo decía mi amigo Barajas: “yo sobrio pierdo mucho, la gente queda conmigo para beber. ¿Qué otra cosa podríamos hacer sino?”.

Yo si entro a un bar y veo en una mesa a un par de amigos bebiendo café y en otra mesa a un par de amigos bebiendo cerveza, tendría claro en que mesa sentarme. Porque la vida se resume en eso: en una mesa llena de jarras de cerveza y patatas fritas y discusiones acaloradas (principalmente de fútbol o política) entre amigos alrededor de ella, que se zanjan cuando alguien dice: “sois unos tíos de puta madre.”

Uno de los placeres de la vida es tomarse un par de cañas en una terraza al sol, mientras notas como sube ese calorcito del alcohol a la cabeza dejándote medio atontado. Y eso, por mucho que les duela a los modernos, no te lo da la fanta de limón.

Las grandes historias nunca empezaron tomando un aquarius.

No hay nada como un bar

El nuevo spot de coca cola es una genialidad, es tan grandioso que se merece breve entrada en este blog.

Porque cuando tienes un día malo vas al bar a ahogar las penas, cuando tienes un día bueno también vas al bar, a continuar con la alegría. Cuando parece que el día va a ser triste y aburrido, siempre tienes una panda de amigos que te sacan de casa, intentáis improvisar planes que hacer y siempre acabáis en el bar, eso suelen ser los mejores días. Porque cuando te vas de paseo siempre acabas en el bar tomando el aperitivo. Porque en el bar te encuentras con gente que sabe de todo, no hay nada como las tertulias en el bar. Si llueve vas al bar a refugiarte, si hace buen tiempo te vas al bar, a la terraza, a tomarte una cañita fresquita. Ya no digamos cuando hay fútbol, cuando hay fútbol vas al bar, juegue quien juegue, y cantas los goles sean del equipo que sean, menos si son del Barça. Porque la felicidad consiste en ir al bar con tus amigos y ponerte hasta el culo de cerveza, mientras ves ganar al Real Madrid en una tarde de primavera.