El Niño Decimotercera

El peso de la derrota sobre los hombros de un madridista sólo es equiparable a la gloria de sus victorias. Dicen las malas lenguas que ser del Real Madrid es fácil, pero lo realmente fácil es celebrar lo que otros equipos dejan de ganar, o hacer del fracaso una seña de identidad. Los madridistas sólo podemos complacernos en nuestras conquistas, cualquier título logrado por otro equipo es un título perdido.

La histeria siempre acompaña a las derrotas del Real Madrid, ya venga del madridismo o del antimadridismo, siempre hay alguien que se encarga de hacer cundir el pánico. Sin ir más lejos, el pasado diciembre, justo un día antes de Nochebuena, parecía que había llegado el Apocalipsis a Chamartín con Messi siendo uno de los jinetes, el Barça había goleado en el Bernabéu y certificado que los blancos estaban muertos en Liga. Las calles aledañas al estadio parecían un funeral, el eterno rival nos había pasado por encima en nuestra propia casa y sólo se podía respirar dolor y pena a la salida del estadio, el Real Madrid había sido enterrado por enésima vez. Yo abandonaba el Bernabeú junto a mi madre en medio de tan desolador ambiente, caminábamos por Concha Espina intentando hacer humor de la situación, reír por no llorar, cuando nuestra atención se centró en quien sólo podía llorar. Un niño, de unos diez años de edad, caminaba muy firmemente de la mano de su padre mientras lloraba desconsolado. “Mira, así eras tú de pequeño” comentó mi madre, lo cual era falso, pues yo era mucho más escandaloso. Le respondí que seguía siendo igual, pero que ya no podía ponerme a llorar en medio de la calle, por muchas ganas que tuviera, porque debía conservar un mínimo de dignidad, lo cual hizo bastante gracia a las personas que andaban cerca nuestra y no pudieron evitar escucharnos, pero mi comentario era totalmente sincero.

Hay derrotas del Real Madrid que te desgarran el corazón, que te dejan “K.O” semanas y te roban la ilusión. Perder es la mayor de las miserias para los madridistas, tengan la edad que tengan. Pero en la derrota a veces no queda más remedio que dar un paso al frente, levantarte, sacudirte el polvo y prepararte para el siguiente desafío. Yo, que tantas veces había sido ese niño que abandonaba el Bernabéu entre llantos, sabía exactamente el paso que debía dar, me acerqué al muchacho y le dije: “Tranquilo chaval, que vamos a ganar la Champions. Vamos a ganar la tercera seguida, nadie lo ha hecho antes. La vamos a ganar, ya lo verás”. El padre me miró con cara de agradecimiento mientras el chico, obviamente, siguió llorando, cuando tu equipo ha sido vapuleado pocas palabras pueden consolarte. Ni siquiera pensé lo que dije, lo solté sin más, probablemente pensando en frío hubiera dicho otra cosa, pero los madridistas debemos mantener siempre la ilusión de ganar otra Copa de Europa, la ilusión no trata de racionalidad. Luego me di cuenta de la gran responsabilidad que llevaban aquellas palabras, los sueños de un niño estaban ligados a ellas y eso era un tema muy serio, se trataba de su felicidad, ni el Madrid ni yo nos podíamos permitir defraudarle de nuevo. Hay cosas como los Reyes Magos o el Real Madrid en las que hay que creer sin más, aunque sólo sea por la ilusión de los niños.

En la agónica odisea que fue traer la decimotercera Copa de Europa al Bernabéu no pude hacer otra cosa que acordarme de aquel chaval en cada paso hacia el título. Al Madrid no le quedó más remedio que hacer honor al nombre de la competición y noquear a los campeones que se iban cruzando en su camino. Primero llegó el campeón francés el día de San Valentín, el PSG comprobó que nadie estaba más enamorado de la Champions League que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un niño que iba a dormir muy dulcemente. Luego apareció la Juventus, que resistió como las cucarachas el ataque nuclear en forma de chilena de Cristiano Ronaldo en Turín, el campeón italiano se plantó en Chamartín como si la radiación le hubiese dado superpoderes, pero comprobó que nadie resiste más que el Real Madrid. Aquella noche pensé en que había un chaval que seguía soñando. El Bayern era todo lo que separaba al Madrid de una nueva final, el campeón alemán asedió sin descanso con todas sus armas el área de Keylor Navas durante 180 inacabables minutos, pero comprobó el poder del arma secreta del Real Madrid, Karim Benzema. Aquella noche pensé en que había un muchacho que al día siguiente iría al colegio vistiendo orgulloso la camiseta de su equipo. Los días previos a la final fueron insoportables como lo son siempre los días previos a una final de Champions, sólo pensar en la posibilidad de la derrota hacía que aquellas palabras pesaran como a veces pesa el mundo entero. Cuando Sergio Ramos levantó en Kiev la Champions no pude hacer otra cosa que gritar y festejar desenfrenadamente, el Real Madrid había vuelto a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo tenía la certeza de que aquella noche había un niño que era completamente feliz.

El Real Madrid, como los viejos rockeros o la mala hierba, nunca muere. La dificultad del madridismo reside precisamente en forjar sus conquistas a partir del dolor más profundo de sus fracasos, en levantarse aunque haya seis metros de tierra por encima. Eso no es fácil, eso es grandeza.

 

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Despedirse

Nunca fui más verdad que mi silencio

ahogado por mis propias palabras

por la hermosura y dolor que presencio.

 

Amargo sabor deja lo que acaba

añorando tu sonrisa esculpida.

Tanto que decir, que no digo nada.

 

Estas letras sin voz crean mi herida,

se rebelan contra lo inevitable:

que adiós no signifique despedida.

El fracaso de las palabras

Brillan saliendo desde la cabeza,

espantan si no tienen reflexión,

arden si nacen en el corazón,

difícil es conservar su pureza;

 

pues son salvajes como la maleza

si no se utilizan con precaución,

cualquiera puede ser su dirección

y caer en las manos de la torpeza.

 

Tesoro digno de ser admirado,

esplendorosas lucen sobre papel

 cuando el viento no se las ha llevado.

 

Siempre variable su significado,

para el escritor no hay castigo más cruel

que no encontrar el matiz extraviado.

La generación de la tragicomedia

Somos los jóvenes de ahora la generación de la tragicomedia, capaces de hacer un drama de cualquier grano de arena mientras nos parodiamos a nosotros mismos. “Todo es posible si lo intentas” es el lema por excelencia de la educación de hoy día, una fábrica de frustración de la que siempre son culpables los demás, nos han hecho creer desde pequeños que tenemos derecho a todo lo que queramos, es decir, nos han malcriado. Salimos del sistema educativo siendo unos incultos por la falta de diversión, o eso nos quieren hacer pensar aquellos que ven un crimen en que un niño no se divierta aprendiendo en el colegio, como si aprender tuviera que ser siempre divertido. Tenemos más medios que nunca al alcance y ni así conseguimos ocultar nuestra pobre formación académica, por lo que intentamos camuflar nuestra ignorancia entre títulos obtenidos a base de repetir palabras sin entenderlas. Nosotros, menos competentes que nuestros padres, exigimos tener más y mejores puestos de trabajo que ellos, más vacaciones, más nómina y menos trabajo. Nunca nos ha faltado de nada, pero tras la traumática experiencia de trabajar a media jornada un par de meses entendimos lo duro que es pertenecer a la clase trabajadora. Sabemos mejor que nadie que es lo que le conviene a la sociedad porque hemos leído a varios intelectuales, hemos visto películas de culto, seguimos el programa de Ferreras y hemos asistido a un par de conferencias políticas, pero no nos pidas situar el río Tajo en el mapa. Hemos descubierto que en el mundo hay muchísimas injusticias y venimos a arreglarlo, después de nosotros el mal desaparecerá de la Tierra, por algo nos llaman la generación más preparada de la historia, seguro que nadie había pensado en unas soluciones tan necesarias como las nuestras. Somos la generación con más derechos, con más privilegios y con más exigencias. Desconocemos el pasado pero justificamos nuestros radicalismos en él. Tenemos por bandera la libertad y la democracia porque entendemos por libertad que nuestras acciones no tienen consecuencias, aunque la democracia nos gusta algo menos cuando conocemos los resultados de las elecciones. Demandamos respeto por todo y para todo, pero no tenemos respeto alguno por la autoridad, ni por las instituciones, ni por la Historia, ni por los símbolos, ni por aquellos que osen negarnos algo, si alguien se cruza en nuestro camino es que es un fascista.

El Gaseosa

Recuerdo mi primera vez en un partido de la fase del KO de la Champions, el Bernabéu lleno, Capello en el banquillo y el Bayern de Munich enfrente. Era el partido de ida de octavos de final, la primera vez siempre es inolvidable y da mucho respeto. Aquel partido lo acabó ganando el Madrid, a la vez que empezó a perder la eliminatoria encajando un gol en el descuento. El autor de aquel gol fue Van Bommel, exjugador blaugrana, que lo celebró con unos cuantos cortes de mangas hacia la grada blanca, se ve que en Barcelona le enseñaron los mismos valores que a Piqué. Aquello despertó la furia en el público, fue en ese momento cuando emergió la figura de El Gaseosa, un socio abonado que se sentaba cerca mía por aquella época, el hombre parecía conocer a fondo a la familia entera de Van Bommel, pues no paraba de mandarles recuerdos histéricamente. “De esta nos vamos a acordar en Alemania, me cago en la puta” nos decía a los aficionados de alrededor el buen señor. Y vaya que si nos acordamos, a los diez segundos de comenzar el partido en Munich Roy Makaay ya nos estaba haciendo las maletas para volver a casa. Eran los años de la maldición de octavos en Chamartín, los años en los que compartí no poca gloria y muchas penas con El Gaseosa.

El Gaseosa tenía pinta de tipo duro, llevaba el pelo muy corto, un pendiente en la oreja izquierda y vestía casi siempre chaqueta de cuero. Vivía el fútbol de manera muy intensa, fuese el rival que fuese, él no podía parar de gritar improperios durante todo el partido. Su vocabulario era riquísimo en tacos, no he visto a nadie insultar mejor en mi vida. Pero si algo le caracterizaba de verdad era su pasión por Robinho, se le alegraba la cara cada vez que el brasileño tocaba el balón mientras señalaba animadamente: “mirad como burbujea”. Para él ver a Robinho era como ver el anuncio de las burbujas de Freixenet. Tal era su emoción cuando veía jugar al diez madridista que un día ya no pudo contenerse más y le gritó: “¡Vamos coca cola!” A partir de ese momento el fútbol en el Bernabéu nunca volvió a ser igual. Robinho empezó a recibir diferentes motes en todos los partidos; a veces era casera, otras fanta y en ocasiones incluso sprite, pero siempre era alguna bebida con gas. El ingenio de El Gaseosa no sólo le servía para insultar, sino también para carbonatar a un jugador y ganarse un apodo.

Después de caer en Champions a Capello no le quedó más remedio que la epopeya de ganar la Liga. Aquel final de temporada no apto para cardíacos lo viví yo con el madridista más histérico de todo el estadio sentado detrás, como si esa Liga no nos proporcionara ya suficiente histeria a todos. Recuerdo en especial, como todos los que vivimos ese partido, el gol de Higuaín al Espanyol en el último suspiro. Las gradas del Bernabéu temblaban, literalmente, y todo el estadio se fundió en una masa de gente abrazada que saltaba de arriba abajo. Yo lloraba desconsoladamente, porque no llorar con aquel gol, después de habernos ido palmando 1-3 al descanso, era de no tener corazón. Y fue en medio de ese abrazo multitudinario cuando me di cuenta de que El Gaseosa, con toda su mala leche y su pinta de tipo duro, tenía un corazoncito como el mío. Entre todas las cosas bonitas que rodean el fútbol también se encuentran los lazos entre las personas, es muy poderoso el vínculo que se puede forjar entre desconocidos que se ven cada dos fines de semana para compartir su pasión.

La temporada siguiente volvimos a ganar la Liga y volvimos a caer en octavos, esta vez contra la Roma y con Schuster en el banquillo, la maldición ya se estaba cebando con nosotros. De los seis años que duró el mal fario, yo viví los cuatro últimos con El Gaseosa. Caer en octavos era algo entendible si tu verdugo era el Bayern o aquel Arsenal de Henry, pero que te echara la Roma o el decadente Liverpool de Benítez era la mayor de las desgracias. Después de aquella famosa frase del chorreo y del baño que nos cayó en Anfiled, todavía tuvimos que soportar la mayor de las calamidades, a Pellegrini en el banquillo. Del chileno se puede decir que dejó huella en el madridismo, sobre todo en el Alcorconazo. A partir de esa infame eliminación yo empecé a ver a El Gaseosa capaz de saltar al césped a estrangular a un par de jugadores, o al propio entrenador. Eran los años de la dictadura de Guardiola, los madridistas empezábamos a tener la urgente necesidad de ganar La Décima para paliar nuestro dolor, además aquel año la final era en el Bernabéu, todo parecía predispuesto para coronar el sueño. Pero el Madrid se quedó en octavos otra vez y el sueño se convirtió en pesadilla, parecía que nada ni nadie podría evitar que el Barça ganara una Champions en nuestro estadio, hasta apareció aquel mercenario de Setúbal. El sueño lo acabó coronando Mourinho junto a su Inter, tal y como rezaba el tifo neroazurro antes de la final: “E ora insieme coroniamo il sogno”. El portugués no se ganó el banquillo blanco por ganar la Champions, sino por apear al Barça en semifinales y librarnos del mal. Mou llegó a Chamartín y la maldición de octavos se esfumó, volvíamos a estar en la lucha por el trono, pero por diversas circunstancias nunca llegamos a reinar bajo el mando del portugués.

En mi vida viví el fútbol tanto como en esa odisea que fueron los años de Mourinho en Madrid, ganar se había convertido en una cuestión de vida o muerte, casi literalmente. Tal era la intensidad que se palpaba en aquella etapa que cualquier aficionado medio del Bernabéu parecía El Gaseosa, así que El Gaseosa se convirtió en la versión madridista de Tano Pasman (aquel aficionado de River que gritaba furiosamente al televisor mientras su equipo descendía). La fiebre del Mourinhismo nos llevó a celebrar un Copa del Rey como una Champions y a ganar la gloriosa Liga de los récords, pero La Décima seguía sin llegar. Mourinho, como todos los grandes héroes de la Historia, también acabó cayendo. El Gaseosa había soportado a mi lado la maldición de octavos, el Alcorconazo y el Irunazo en Copa, el 2-6, el arbitraje de Stark en las semifinales de Champions, e incluso la marcha de su amado Robinho, pero la caída del portugués fue demasiado para él. Todos los que vivimos al pie del cañón los años de Mou tuvimos que reinventar nuestra forma de vivir el fútbol tras su paso, El Gaseosa lo hizo dejando de ir al estadio a ver los partidos.

Fue en aquellos años de la maldición de octavos, entre muchas lágrimas y noches sin dormir, cuando aprendí que cada eliminatoria de Champions había que vivirla como si fuera la última. Fue en esos locos años de Mourinho cuando aprendí a saborear la dulzura de pasar de eliminatoria mientras la mitad se quedan por el camino. Y fueron los madridistas como El Gaseosa los que me enseñaron, año tras año, en la desolación de la eliminación, a nunca perder la esperanza de ganar la Copa de Europa: “Tranquilo chaval, el año que viene la ganamos” me decían habitualmente a la salida del Bernabéu mientras me daban un par de palmaditas en la espalda. A veces el año que viene tarda en llegar muchos años, por eso tenemos que saborear cada trocito del camino que lleva a ganar la Champions. La última vez que vi a El Gaseosa fue en las semifinales del año de La Décima, ante la sorpresa general de todos los abonados de la zona nos espetó: “Yo no me voy de aquí sin ganar la Copa de Europa”.

 

Penaltis

Algunas noches, sin remedio, me acuesto pensando en aquella fatídica tanda de penaltis contra el Bayern en las semifinales de Champions del 2012. Aún recuerdo el silencio sepulcral del Bernabéu mientras el disparo de Ramos ponía rumbo a la estratosfera, hay heridas que nunca se cierran. Recuerdo el silencio y el azul del respaldo de mi asiento, porque eso es todo lo que me atreví a ver de aquella tanda, ante la atronadora falta de sonido miré desconsolado a mi madre: “a las nubes hijo, lo ha mandado a las nubes”. Después de aquellas lapidarias palabras mis lágrimas empezaron a saltar como los pasajeros del Titanic, sin esperanza alguna. Schweinsteiger (sí, he copiado y pegado el nombre) dio el tiro de gracia, La Décima se haría esperar, otra vez. Anteriormente Iker, cuyo nombre fue coreado por todo el estadio nada más finalizar la prórroga, paró sendos penaltis a Kroos y a Lahm, porque antes de su época de villano fue héroe, y de los que hacía soñar, pero los sueños a menudo se ven truncados por culpa de algún alemán. Caí derrotado en mi asiento y juré venganza mientras la fiesta alemana se apoderaba del Bernabéu, saboreando la siempre asquerosa sensación de perder la oportunidad de ganar la Copa de Europa, sensación satisfactoria solamente para el aficionado colchonero. La venganza llegó un par de temporadas después, pero siempre me quedará la espinita de no haber visto al mejor entrenador de Europa ganar la Champions con el mejor equipo de Europa. Aquella tanda me pilló a la vez que el amor adolescente, en cuestión de días mis sueños se vieron truncados, mi héroe derrotado y mi corazón roto.

Las primeras tandas de penaltis de las que tengo conciencia son las que tuvo que disputar España en el Mundial de Corea y Japón en 2002, con Casillas, otra vez, como protagonista. Se presentó España, tras una fase de grupos perfecta, en octavos de final contra la Irlanda de Robbie Keane. El delantero irlandés tuvo la gracia de empatar el partido en el último minuto y mandarlo a la prórroga, luego no tuvimos otra opción que sufrir una horripilante tanda de penaltis. Pasamos nosotros por fallar menos y Casillas se erigió como el Santo de España, siendo el culpable de dos de los tres penaltis errados por los irlandeses. La selección avanzaba a cuartos y todo el país empezó a colgar ajos de la puerta; a evitar andar cerca de gatos negros; a tirarse sal por encima del hombro al derramarse el salero y a besar el pan cuando se caía, pero ni así. De aquel partido de lo que más se acuerdan los españoles es de la madre del árbitro. El trío arbitral le hizo a España lo que Robert Redford y Paul Newman le hicieron a Robert Shaw en El Golpe, prepararon el escenario y nos robaron sin compasión. Ni haciendo veinte goles hubiera evitado la selección la tanda de penaltis, porque ninguno hubiera subido al marcador. Esta vez Iker fue humano, Joaquín erró, Corea metió los cinco y en este país asumimos que era imposible pasar de cuartos. Por aquel entonces yo era un niño sin conciencia futbolística y no sufrí mucho por la eliminación, pero los rituales supersticiosos cada vez que juega mi equipo ya no me los quita nadie.

Corría el año 2008, el canal Cuatro había adquirido los derechos de emisión de la Eurocopa de Austria y Suiza y decidió copiar el eslogan con el que el Real Madrid ganó la Liga de Capello: “Juntos podemos”, pero eliminaron la primera palabra. El lema de Cuatro se fue convirtiendo en el lema nacional a medida que España ganaba sus primeros partidos. Tras hacer pleno de victorias en la fase de grupos nos volvíamos a enfrentar a la maldición de cuartos, delante teníamos muchos años de supersticiones y a la todopoderosa Italia de Buffon, Pirlo y compañía, que venían de ser campeones del mundo, pero esta vez teníamos un mantra. Los dos mejores porteros del momento frente a frente, Casillas y Buffon mantuvieron un duelo titánico que condenó el partido a los penaltis, era imposible ver goles de otra forma. Hay situaciones en la vida que uno debe afrontar de frente y a pecho descubierto, por lo que decidí dar la espalda a la televisión cada vez que un jugador español se dirigía al punto fatídico. En Iker, por aquel entonces, confiaba plenamente y no estaba dispuesto a perderme sus milagros. La fórmula daba resultado, España metió los tres primeros y Casillas evitó que Italia hiciera lo mismo parándole uno a De Rossi, así que me tomé la libertad de ver a Güiza tirar el cuarto y, para mi desgracia, lo falló. El partido lo vi en casa de un vecino rodeado de amigos y familiares, que al instante me lanzaron miradas acusadoras, evidentemente se dieron cuenta de que el fallo no fue de Güiza, sino mío. Me sentí por unos minutos como se debió sentir Cardeñosa en el Mundial del 78, culpable de todos los males del país, luego Iker apareció para remediar mi error y aquel sentimiento pasó a Di Natale. Fàbregas metió el quinto y yo, obviamente, no lo vi. España acabó con la maldición de cuartos en el Prater de Viena, donde días más tarde ganaría su segunda Eurocopa. “Podemos”, por aquel entonces, no tenía nada que ver con Pablo Iglesias, sino con el sueño de unos cuantos millones de españoles de ver a su país hacer algo bien mientras se iba económicamente a la mierda. Más tarde Obama copiaría el lema de la selección para adaptarlo a su campaña en la carrera por la Casa Blanca. Años después también le plagiaron el eslogan al presidente de Estados Unidos para fundar otro partido definitivo de la izquierda española. Por lo tanto, se puede decir que el mundo gira alrededor del Real Madrid, pero esa es otra historia. Lo que queda claro es que Podemos nació de penalti.

La selección volvió a pasar por el punto fatídico en el verano de 2012 para ganar su tercera Eurocopa, fue en la semifinal en Donetsk, contra Portugal. Casillas, en pleno proceso de envilecimiento, paró uno, otro lo salvó su idilio con los postes. Ramos marcó a lo Panenka el penalti que meses antes debió marcarle al Bayern. Cesc, por tradición, marcó el quinto y España jugó y ganó su tercera final consecutiva. Aquella semifinal la vi en casa con parsimonia, vi con frialdad todos y cada uno de los lanzamientos, aquella selección ya no era la de todos, sino la de los jardineros de Guardiola. Aquel equipo nacional, comandado por un ingrato marqués, parecía haberle declarado una especie de guerra fría al Real Madrid por no haber cedido ante la dictadura del tiki-taka. En la vida siempre hubo prioridades y los triunfos de la selección pasaron a ser algo agridulces.

Era una calurosa mañana de mayo, yo intuí lo que se me venía encima, así que decidí emborracharme desde bien temprano para paliar los nervios. Empecé bebiendo con la familia, luego con los amigos y luego con los amigos y la familia, pero no sirvió para nada. Al sonar el pitido inicial parecía que me había tomado seis litros de Red Bull en lugar de cerveza, la final de la Champions había arrancado en Milán. Mi corazón aquel día perdió años de vida, pero logró aguantar los 120 minutos de igualdad que obligaron decidir al campeón desde el punto fatídico. Aún me pongo nervioso cuando veo las imágenes de Lucas Vázquez caminando hacia uno de los fondos de San Siro. Me temblaba todo el cuerpo, pero no había excusa, había llegado el momento de afrontar una tanda de penaltis como un hombre, ya no era un niño, esta vez tendría que quedarme frente al televisor, o eso pensaba yo hasta que Lucas Vázquez, el muy cabrón, porque no tiene otro nombre, empezó a hacer malabares con el balón mientras se dirigía a lanzar el primer penalti. Yo al borde del infarto y aquel tipo haciendo malabares, obviamente no pude seguir mirando. Pasé media tanda de penaltis arrodillado en las escaleras, rezando. Sólo entraba en el salón cuando el bullicio me indicaba que habíamos marcado, gritaba un poco y me quedaba a ver si llegaba el fallo rival. Parecía que por justicia divina esta vez sería el Atleti quien saliera agónicamente campeón, pero no todo es lo que parece y al final resultó que Dios es del Real Madrid. Juanfran la mandó al palo, Cristiano la metió y yo, por supuesto, no lo vi. Tras escuchar el orgásmico estruendo de la victoria supe que ya nada más tenía importancia, todo daba igual, el Real Madrid iba a volver a ser, irremediablemente, campeón de Europa, y yo lo sentí en lo más profundo de mi corazón. El resto fue locura, felicidad y gloria. Aquella final me pilló en la veintena, con ilusiones y objetivos que cumplir. Algunas mañanas, sin remedio, me levanto pensando en aquellos malabares de Lucas Vázquez en Milán, y sonrío, de repente todo está al alcance de la mano, porque hay alegrías que nunca se acaban.

Los últimos Jedi: una parodia de Star Wars

Los últimos Jedi: una parodia de Star Wars

La crítica nos presentaba este nuevo episodio de Star Wars como una película innovadora y sorprendente, y desde luego lo es. De hecho es tan sorprendente que uno empieza a plantearse si eso es una película de la Guerra de las Galaxias o del Universo Cinematográfico Marvel. Llega cierto punto de la película en el que es inevitable tener un mal presentimiento y pensar que en cualquier momento puede aparecer Chris Pratt rodeado de los Guardianes de la Galaxia.

El episodio VII y Rogue One habían conseguido recuperar la esencia de la triología original, jugar con la nostalgia del fan y explotar esos sentimientos, hacerle retroceder al pasado por unos instantes. Rian Johnson, por el contrario, decide matar cualquier esencia que quede de las películas originales y reinventar Star Wars, pero parece que se le olvidó que Star Wars ya estaba inventado mucho antes de que él llegara a la saga. El director rompe con cualquier lazo argumental del episodio anterior, lo que acaba dejando unas lagunas palpables en su historia que intenta camuflar con subtramas ilógicas y aburridas. Johnson viene a contarnos, entre bromas sin gracia y cameos de Superman y Terminator, que todo lo que habíamos visto en los episodios anteriores era mentira, en resumen, que un artista no necesita horas de trabajo y esfuerzo para desarrollar su talento, que cualquiera puede pintar la Capilla Sixtina.

Por momentos parece más una parodia que una película de Star Wars, hay escenas en las que da la impresión de que el verdadero objetivo de Rian Johnson es reírse en la cara del fan de la saga. Abunda el humor malo durante todo el largometraje, es evidente la mano negra de Disney, que por si fuera poco también nos introduce sus mensajitos moralistas. Sí que es cierto que la comedia siempre ha estado presente en la saga, pero no a estos niveles.

Las aventuras espaciales en una galaxia muy, muy lejana, se han convertido, sin previo aviso, en películas cómicas de argumento enrevesado que no lleva a ninguna parte. Hay momentos en los que incluso se echa de menos a George Lucas. Es una aberración, un producto Disney al que se le añaden cosas de Star Wars, pero desde luego no es Star Wars.