Hasta aquí la noche

Recuerdo una noche de luna llena, no mucho mejor que ésta, en la que estaba yo paseando por el parque con mi perra Dena. Era invierno y llovía a cantaros, Dena se camuflaba entre las sombras y yo chapoteaba en los charcos para llamar su atención y no perderla de vista. Era una noche triste, como casi todas, en la que dolía todo como siempre. Las noches siempre están cargadas de tristeza, pueden convertirse en lo más íntimo, en lo más privado del ser, en la recapitulación de toda una vida y todos los momentos que faltaron para que esa misma noche fuera perfecta, pero sin embargo nunca lo es.

Esta noche hay luna llena, o cerca de estarlo, tampoco soy experto en el tema, pero sé que podría haber sido perfecta. Un día como el de ayer escribí que los fines de semana siempre acabo igual; de madrugada, con algún trago de más y lleno de rabia. A veces algo va mal, te das cuenta de que hay que corregirlo pero nunca termina de arreglarse. Me he sentado al lado de mi noche perfecta, la he mirado de frente y luego de reojo, siempre con admiración, luego he visto como se esfumaba por mi culpa, o quizá no fuera culpable, pero se ha esfumado igual, dejando un sentimiento de responsabilidad inamovible. He visto escaparse millones de noches sentado en la barra del bar y al final esas han sido mis mejores noches, en las que recuerdo todo lo que no he sido y todo lo que soy gracias a ello.

A veces he llegado a ser realmente feliz en la nocturnidad, a veces parece que no hay un mañana, nadie piensa más allá del final de la noche e incluso hay personas que se paran a escuchar, o te hacen sentir como en casa y entonces no importa lo que venga después porque en ese momento eres libre, las preocupaciones ya llegarán mañana. Esas noches puedo ser yo, y todo lo que soy yo es una historia cuando mi compañía la encuentra digna de ser escuchada. Hace unos meses tuve una noche estelar, casi fugaz, en espléndida compañía que tan feliz me estaba haciendo que dejé la noche volar.

Al final acabé tumbándome en el césped del parque mientras llamaba a Dena, que campaba a sus anchas por la oscuridad fuera de control. Llegué a casa más o menos como llego siempre, con la sensación de haber estado metido en todos los charcos.

 

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